| Cristiano
y política
Creo que ninguna iglesia podría ni
querría defender, con la Biblia y la ética en la mano, que
la línea política de un cristiano pueda estar por encima
de su vida, fe y conducta. Pero, al menos en España, esto
parece estar cambiando en algunos sectores.
Hace poco, una conocida entidad evangélica puso objeciones
a que una persona –buen creyente, sin ningún
género de dudas- escribiese el prólogo de un
libro, aunque era a quien por lógica le podría
corresponder, además de ser el sugerido por el autor
del mismo. La razón: su estrecha relación con
un conocido partido de izquierda, el Partido Socialista.
También hace poco se ha producido una repentina preocupación
ante la participación de un conocido conferenciante
evangélico en un acto cultural, debido a que se había
descubierto -¡nada menos!- su vinculación con
el Partido Popular y una clara ideología de derechas.
Poco vale su pública defensa de la fe en el Cristo
resucitado, de la veracidad de la Biblia y de su fe en Jesús
como único y suficiente Salvador.
Para quienes defendemos la separación Iglesia-Estado,
estas actitudes no sólo sorprenden, sino que preocupan.
Que sepamos, en el cielo no se pide a nadie su carnet o creencia
política, sino su fe en Jesús. Mezclar ambos
conceptos, fe y política, es inadmisible en el Estado;
pero más inadmisible aún en la Iglesia. Salvo
que hablemos de opresores, tiranos y asesinos, lo que supondría
una exigencia de voz profética y moral, que no política.
Es verdad que ningún partido político es intachable;
pero lo mismo dicen los políticos de las instituciones
religiosas. Es también verdad que las posiciones que
cada cual tomamos nunca están libres de equivocaciones,
aunque la peor equivocación es no tomar posicionamiento
alguno, un pecado muy frecuente entre quienes quieren evitar
problemas o estar a bien con todos, y que Jesús nunca
ejerció en su vida pública.
Moraleja: demos libertad en la conciencia de cada cual para
elegir su creencia política, y mantengamos el auténtico
vínculo de la fe. Algo que defendemos por encima de
todo en esta revista. Ojalá que haya creyentes (que
no iglesias) comprometidos políticamente en todos
y cada uno de los partidos democráticos; y que desde
dentro estén a favor de la justicia y en contra de
la corrupción; que vivan la verdad y denuncien la
manipulación; que trabajen por la solidaridad y se
enfrenten al negocio vil. Con sus equivocaciones y errores,
pero con ideales y valores cristianos claros, aplicables
a todos los partidos.
En definitiva, seamos sal en medio del mundo, y no “puros
y santos” saleros que salen del mundo para no salar,
sino mantenerse incontaminados en blancos monasterios sociales.
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