| El
hombre-rey se muere
Una de las expresiones que más
usamos en estos días es no tengo tiempo, especialmente
cuando se trata de algo especialmente desagradable y molesto.
Pero en este mundo lleno de incertidumbres hay una cita ineludible
a la que todos debemos enfrentarnos con total seguridad.
De esto habla El rey se muere, la obra de Ionesco que se
representa esta temporada en el Teatro de la Abadía de Madrid. Según su director José Luis Gómez,
se trata de “una de las metáforas dramáticas
más profundas e implacables sobre la muerte que ha
producido el teatro”. Nos recuerda que igual que vinimos
a este mundo, así también lo hemos de dejar.
Y para eso ¿quién está preparado?.
Una de las expresiones que más usamos en estos días
es no tengo tiempo, especialmente cuando se trata de algo
especialmente desagradable y molesto. Pero en este mundo
lleno de incertidumbres hay una cita ineludible a la que
todos debemos enfrentarnos con total seguridad. De esto habla
El rey se muere, la obra de Ionesco que se representa esta
temporada en el Teatro de la Abadía de Madrid. Según
su director José Luis Gómez, se trata de “una
de las metáforas dramáticas más profundas
e implacables sobre la muerte que ha producido el teatro”.
Nos recuerda que igual que vinimos a este mundo, así también
lo hemos de dejar. Y para eso ¿quién está preparado?
Después de una noche de juerga, el fatuo rey Berenguer
I (Francesc Orella) aparece en casulla, báculo y pantuflas.
Los sonidos de la fiesta que oímos al entrar en la
sala desaparecen, y el monarca de una corte que se creía
atemporal, recibe la noticia de que va a morir. Asiste así a
los últimos momentos de su vida junto a su primera
esposa, Margarita (Susi Sánchez), vestida color de
fresa, mientras su segunda esposa, la reina María
(Elisabet Gelabert) aparece ante él toda de luto.
Ella sin embargo es optimista y decidida, haciendo de guía
con el médico del futuro difunto, mientras que su
otra esposa intenta suavizar su agonía, junto a la
enfermera Julieta y un alabardero.
El rey muere es el relato es la crónica de una muerte
anunciada. Todos lo saben, pero él no quiere creerlo.
Piensa que es una pesadilla y duda que ese momento esté cerca,
por lo que no deja de dar órdenes con la soberbia
de aquel que piensa que está al control de todo. Orella,
que ha sido elegido mejor actor español en los últimos
Premios MAX del año pasado, presenta al protagonista
con una terrible angustia por continuar su existencia. A
lo largo de la obra su personaje pasa de la rebeldía
a la aceptación, y de la inquietud a la impotencia,
mientras se prepara para una batalla perdida, ya que su muerte
está escrita al final de la obra, por lo que no queda
más que un “tremendo dolor por la propia desaparición”.
Eugène Ionesco nació en la localidad rumana
de Slatina en 1912. Antiguo fascista exiliado en Francia,
intenta sobrevivir como poeta surrealista, hasta dedicarse
al teatro. Autor marginal, representa sus obras en pequeñas
salas del barrio latino, hasta que en los años cincuenta
se da a conocer como uno de los principales escritores del
teatro del absurdo, al lado de dramaturgos como Samuel Beckett
o FernandoArrabal. Ionesco ha sido un autor poco representado
en nuestro país, probablemente porque sus textos exigen
actores capaces de lidiar con largos y complejos parlamentos.
José Luis Gómez hizo Las sillas en 1997, pero
había entrado hace ya cuarenta años en el Instituto
de Arte Dramático de Westfalia en Alemania con el
monólogo final de El rinoceronte como prueba de acceso.
Ionesco escribió más de treínta obras
hasta su muerte en París en 1994. Ingresó como
miembro de la Academia francesa por esta obra de 1962,
que ahora se representa en Madrid. El rey se muere es para
el director José Luis Gómez, el espectáculo
de mayor complejidad técnica que ha abordado La
Abadía. Esta obra ha sido puesta en escena por maestros
como Bergman o Welles, pero en España la montó ya
José Luis Alonso en el Maria Guerrero de Madrid
en 1964, con la escenografía de Francisco Nieva
y la interpretación de José Bódalo.
Alonso la vió como “una obra teológica”,
pero para Gómez,”lo teológico por definición
habla de Dios, e Ionesco pensaba que Dios es innombrable
y la realidad divina inasible”. Por lo que para él
esta obra “habla de la naturaleza humana de una manera
desveladora”. Berenguer es un nombre que el autor
da a otros protagonistas de sus obras, por lo que sería
en realidad cualquier persona. El crítico de El
País, Eduardo Haro Tecglen, la sigue viendo sin
embargo como una representación de “la muerte
de Dios”. Para él, aquí “el Omnipotente,
el Absoluto, ve morir su creación, deshacerse su
reino y los campos, los hombres”. No hay que olvidar
que Ionesco tenía un enorme interés por la
religión, que compartía con algunos de sus
amigos y compatriotas en el exilio, como Cioran y Eliade
En la obra original, el rey muerto se queda en su trono,
desapareciendo poco a poco, y con él, las paredes,
las puertas, todo lo material zozobra ante la bruma de una
luz gris, que podría ser la nada. Es “el último
examen”, para el cual “nadie repite curso”,
en un mundo que padece de su misma agonía. El rey
se muere es en ese sentido una alegoría sobre la soledad
del ser humano enfrentado a este último trance. ¿Es
la muerte entonces el fin para Ionesco?. Según José Luis
Gómez, “el texto apunta hacia otro horizonte
después de la muerte”, aunque éste queda
vago e impreciso. Dios ha manifestado sin embargo su gracia
por la aparición de Jesucristo como el Salvador que
va a quitar la muerte y sacar a luz la vida y la inmortalidad
por el evangelio (2 Timoteo 1:10).
¿Cuál es ese evangelio? Que Dios nos llama,
no conforme a nuestras obras, sino según su propósito
de gracia (v. 9). Prepararse para la muerte no es por lo
tanto un ejercicio de mórbida introspección,
sino el descubrimiento de que Dios no nos trata tal y como
merecemos, sino que ha querido mostrarnos su amor, dándonos
a su Hijo cuando estábamos muertos y sin esperanza
en este mundo. El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo
nos puede hacer así “renacer para una esperanza
viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos” (1
Pedro 1:3). El viejo sueño del hombre puede así ser
hecho realidad por el nuevo nacimiento que Dios da a todo
aquel que en Jesucristo encuentra la vida. Porque todo aquel
que en él cree tiene vida eterna (Juan 3:16).
José
de Segovia Barrón es periodista, teólogo y pastor
en Madrid.
© J. de Segova, Madrid, España.
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