| Necesitamos
una cultura evangélica
Es posible que en estos últimos años,
los evangélicos hayamos dado un paso de gigante hacia la
difusión de la cultura evangélica. Aquel principio de “primero
vivir y luego filosofar” siempre suele ser verdadero y ahora,
que ya no se nos aplasta como a cucarachas, parece el tiempo
propicio para la manifestación del “ser evangélico” en nuestra
sociedad española. Nuestras editoriales están haciendo un
esfuerzo excepcional y cada día viene a la luz un nuevo libro.
Los seminarios están formando a muchos jóvenes desde otra
visión del hombre, conscientes de que el pensamiento mueve
el mundo y abre las corrientes afectivas. En algunos lugares
se evangeliza desde la obra teatral y desde otras manifestaciones
artísticas. Las conferencias, los coros de “espirituales” están
llenando salones, sin que nos puedan tachar de proselitismo.
Y es que ya no se nos mira de reojo sino más bien se nos
admira por traer a la sociedad y a nuestra civilización ese
toque de espiritualidad que necesita el desorientado hombre
de hoy. Pero esto ¿es suficiente?
Creemos que la generación venidera y que podríamos
denominar “de la democracia”, puede malograrse.
No porque no esté preparada intelectualmente, sino
porque, quizás, no esté motivada para la creación
de pensamiento “evangélico”. Crear no
es fácil. El hecho de la realización de una
idea, la fuerza motriz de las imágenes, requiere un
tiempo de reflexión y estudio, porque para que una
idea mueva el mundo y sea revolucionaria, antes ha de expresarse
en el libro antes que en la calle. Necesitamos una alta cultura
evangélica que trascienda hacia las capas mas bajas
para que produzca una orientación psíquica
desde lo metafísico, lo moral y lo histórico.
Igual que el subconsciente de hábitos colectivos y
la levadura histórica del catolicismo español
ha hecho que España no haya dejado de ser católica,
(por contradecir un poco a Azaña), es necesario que,
desde la libertad de creación y desde la riqueza del
pensamiento teológico y especialmente bíblico,
emerja una cultura que nos distinga e identifique.
¿Porque decimos esto? Pues sencillamente porque la
experiencia del catolicismo-romano en la España anterior
a la República había llegado a tal grado de
infertilidad creadora que España no contaba nada ni
dentro ni fuera. Las editoriales vivían de traducciones;
las revistas eran portavoces de lo extranjero y el ambiente
universitario era mas protestante que católico en
manos de la Institución Libre de Enseñanza.
Las masas industriales se nutrían del pensamiento
anticatólico o al menos de las organizaciones de izquierdas.
Había muchos católicos intelectuales pero pocos
intelectuales católicos o lo que es lo mismo, no había
una pujante ciencia católica. Cuando se promulgó en
1932 la Constitución Apostólica “Deus
scienciarum Dominus” ninguna de las Facultades españolas
reunía las condiciones de esta Constitución.
En 1936, cuatro años después, ninguna había
logrado normalizar su situación y abrir las clases.
Las consecuencias escandalizaron a la juventud que consideró una
tragedia esa inapetencia intelectual. ¿Le podrá pasar
esto a nuestras generaciones jóvenes y ser engullidas
por esta cultura de lo trivial y de la indiferencia?
Llama mucho la atención en un libro de los años
40 “El catolicismo y la cultura” de Alberto Bonet,
en el que expone la contribución del pensamiento español
a la idea de libertad en la época moderna, que se
apropie de la alta cultura teológica española
del siglo XVI como producto genuino católico. Esto
no es nuevo en el catolicismo, que siempre ha seguido los
pasos de la Reforma aunque haya sido a distancia, y que sin
duda se apropiará de nuestras señas de identidad
en cuanto nos descuidemos. Dice que el molinismo, el probabilismo
de Medina, el experimentalismo psicológico de Huarte
de San Juan, el humanismo de Luis Vives y otros como Cervantes,
Santa Teresa o Fray Luis de León han sido producto
de la alta cultura católica.
Claro que decir esto en 1943 era fácil porque nadie
se lo rebatía pero hoy todo el mundo sabe que todos
estos nombres y otros estuvieron perseguidos por la Inquisición
por luteranos o calvinistas. Tal es el caso del casi desconocido
Huarte de San Juan, hombre posiblemente relacionado con la
Corte de Juana de Albert y con Calvino. Pero esto nos refuerza
mas aún en la necesidad de crear pensamiento y alentar
a esta nueva generación para que no se adormezca y
distraiga en las trivialidades de la cultura del “Gran
Hermano” y las vulgaridades de la cultura “rosa”.
Es necesaria una cultura evangélica donde Dios esté en
el primer lugar y nuestro estilo de vida sea un reflejo de
ser los hombres que han bebido en la sabiduría bíblica.
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Manuel
de León es escritor, historiador, y director de "Vínculo"
(revista de las Iglesias de Cristo de España).
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