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Número 22 - 10 de febrero, 2004
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MANUEL DE LEÓN

Necesitamos una cultura evangélica

Es posible que en estos últimos años, los evangélicos hayamos dado un paso de gigante hacia la difusión de la cultura evangélica. Aquel principio de “primero vivir y luego filosofar” siempre suele ser verdadero y ahora, que ya no se nos aplasta como a cucarachas, parece el tiempo propicio para la manifestación del “ser evangélico” en nuestra sociedad española. Nuestras editoriales están haciendo un esfuerzo excepcional y cada día viene a la luz un nuevo libro. Los seminarios están formando a muchos jóvenes desde otra visión del hombre, conscientes de que el pensamiento mueve el mundo y abre las corrientes afectivas. En algunos lugares se evangeliza desde la obra teatral y desde otras manifestaciones artísticas. Las conferencias, los coros de “espirituales” están llenando salones, sin que nos puedan tachar de proselitismo. Y es que ya no se nos mira de reojo sino más bien se nos admira por traer a la sociedad y a nuestra civilización ese toque de espiritualidad que necesita el desorientado hombre de hoy. Pero esto ¿es suficiente?

Creemos que la generación venidera y que podríamos denominar “de la democracia”, puede malograrse. No porque no esté preparada intelectualmente, sino porque, quizás, no esté motivada para la creación de pensamiento “evangélico”. Crear no es fácil. El hecho de la realización de una idea, la fuerza motriz de las imágenes, requiere un tiempo de reflexión y estudio, porque para que una idea mueva el mundo y sea revolucionaria, antes ha de expresarse en el libro antes que en la calle. Necesitamos una alta cultura evangélica que trascienda hacia las capas mas bajas para que produzca una orientación psíquica desde lo metafísico, lo moral y lo histórico. Igual que el subconsciente de hábitos colectivos y la levadura histórica del catolicismo español ha hecho que España no haya dejado de ser católica, (por contradecir un poco a Azaña), es necesario que, desde la libertad de creación y desde la riqueza del pensamiento teológico y especialmente bíblico, emerja una cultura que nos distinga e identifique.

¿Porque decimos esto? Pues sencillamente porque la experiencia del catolicismo-romano en la España anterior a la República había llegado a tal grado de infertilidad creadora que España no contaba nada ni dentro ni fuera. Las editoriales vivían de traducciones; las revistas eran portavoces de lo extranjero y el ambiente universitario era mas protestante que católico en manos de la Institución Libre de Enseñanza. Las masas industriales se nutrían del pensamiento anticatólico o al menos de las organizaciones de izquierdas. Había muchos católicos intelectuales pero pocos intelectuales católicos o lo que es lo mismo, no había una pujante ciencia católica. Cuando se promulgó en 1932 la Constitución Apostólica “Deus scienciarum Dominus” ninguna de las Facultades españolas reunía las condiciones de esta Constitución. En 1936, cuatro años después, ninguna había logrado normalizar su situación y abrir las clases. Las consecuencias escandalizaron a la juventud que consideró una tragedia esa inapetencia intelectual. ¿Le podrá pasar esto a nuestras generaciones jóvenes y ser engullidas por esta cultura de lo trivial y de la indiferencia?

Llama mucho la atención en un libro de los años 40 “El catolicismo y la cultura” de Alberto Bonet, en el que expone la contribución del pensamiento español a la idea de libertad en la época moderna, que se apropie de la alta cultura teológica española del siglo XVI como producto genuino católico. Esto no es nuevo en el catolicismo, que siempre ha seguido los pasos de la Reforma aunque haya sido a distancia, y que sin duda se apropiará de nuestras señas de identidad en cuanto nos descuidemos. Dice que el molinismo, el probabilismo de Medina, el experimentalismo psicológico de Huarte de San Juan, el humanismo de Luis Vives y otros como Cervantes, Santa Teresa o Fray Luis de León han sido producto de la alta cultura católica.

Claro que decir esto en 1943 era fácil porque nadie se lo rebatía pero hoy todo el mundo sabe que todos estos nombres y otros estuvieron perseguidos por la Inquisición por luteranos o calvinistas. Tal es el caso del casi desconocido Huarte de San Juan, hombre posiblemente relacionado con la Corte de Juana de Albert y con Calvino. Pero esto nos refuerza mas aún en la necesidad de crear pensamiento y alentar a esta nueva generación para que no se adormezca y distraiga en las trivialidades de la cultura del “Gran Hermano” y las vulgaridades de la cultura “rosa”. Es necesaria una cultura evangélica donde Dios esté en el primer lugar y nuestro estilo de vida sea un reflejo de ser los hombres que han bebido en la sabiduría bíblica.

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Manuel de León es escritor, historiador, y director de "Vínculo"
(revista de las Iglesias de Cristo de España).

© M. de León, Asturias, España.
 
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