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Número 23 - 20 de febrero, 2004
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dLirios y troyanos
LUIS MARIÁN

Los abusos mayores

FOTO: Save the Children India

La ONG Save The Children ha ofrecido recientemente los siguientes datos: En el año 2001, entre 30.000 y 35.000 españoles viajaron a Latinoamérica para tener relaciones sexuales con niños. La ONG estima que hay cuatro millones de sitios web que contienen imágenes de sexo con menores. Sólo en Madrid se han descubierto cuatro videoclubes que ofrecen películas de sexo con niños. Cada año 3.552.000 personas en el mundo reconocen viajar motivadas por tendencias pedófilas, según la Organización Mundial del Turismo

Si sólo en España existen 30.000 personas que anualmente son capaces de invertir su dinero en un viaje transatlántico para practicar la pedofilia, ¿cuántos españoles, menos pudientes quizás, la practican en nuestro propio país?, ¿cuántas personas pagan por el acceso a videos de sexo con menores?, ¿cuántos son los que visitan alguno los cuatro millones de sitios web con pornografía infantil…?

Leí hace algún tiempo que el 17% de los europeos había sufrido algún tipo de abuso sexual en su infancia. Haciendo caso a los datos, sabemos estadísticamente que cuando formamos un grupo de solamente diez personas, ya sea en el bar, en la cola del cine o en la panadería, dos de ellas han sido abusadas en su infancia.

Que una de las mayores degeneraciones humanas sea practicada por tantos y tantos millones de personas en el mundo pone en el brete del análisis a cada uno de los que decimos amar a Dios y su justicia. ¿Es la iglesia un oasis de ungüento para estas heridas invisibles? El caso es que el freno a la masiva desaparición de lugares de culto cristiano en Europa pasará inexorablemente por nuestra capacidad de consolidarnos en genuinos hospitales del alma. Y no es que debamos ser fieles a Dios para que otros lo conozcan, no. Pero ocurrirá que muchos que ahora gimen se encontrarán con el Padre cuando aprendamos la fidelidad. Cuestión de santa causalidad.

La realidad es que ante este holocausto del abuso sexual y psicológico se hace acuciante el crear un carácter colectivo, un ambiente donde todos los que decimos ser cristianos sepamos que el horror del pasado no se ignora sino que se mira y reconstruye con la autoaceptación dada por Dios en su palabra. Sólo así se camina hacia el futuro, pues el arte del perdón enseña que las heridas no se tapan llenas de pus (¡que asco!). Primero se tratan, y aunque duela, no se deja de echar agua de vida oxigenada hasta su completa desinfección. Quizás el proceso tarde, pero sólo después de este mal rato se puede seguir adelante, ya que tras seguir el tratamiento será mucho más difícil que alguna bomba antigua nos vuele en pedazos a mitad de camino.

Cuando la Escritura nos anuncia que el enviado de Dios viene trayendo “el aceite de la alegría” (Isaías 61, 3) se declara nuestra responsabilidad para usar ese óleo y ungirnos unos a otros. Infancias y adolescencias robadas no pueden ser tabú para nadie que dice pertenecer al cuerpo de Cristo, y menos aún para quien ejerce de líder o responsable entre los hijos de Dios. Estamos necesitados de una escuela de sanidad, porque de momento, cuando no se sabe muy bien como tratar a personas con vivencias delicadas lo mejor es ser honestos y no hacerlo. Un remedio facilón y espiritualoide puede ser más dañino aún que el opaco silencio, por lo que necesitamos psicólogos del Reino que cubran la demanda de alegría.

Ojalá este carácter de alerta ante el dolor de las entrañas sea uno de los rasgos más conocidos de la iglesia del nuevo siglo, de ese pueblo que parece navegar en patera en medio de olas de injusticia. Ojalá el toque del Espíritu se pueda palpar en nosotros como el reflejo del nuevo amanecer soñado por Dios, de ese sueño que ya caía goteando de las muñecas de quien decía ser El Sanador del mundo. Aquel anhelo derramado que dibujaba prados humanos llenos de coloristas mariposas que una vez fueron gusanos. Y es que desde entonces, el aceite de la alegría permanece untado en nuestras manos y no se va. Otra cosa es que no lo usemos y que se venda a la teología de la insensibilidad. Aquella donde el poder real del abrazo, la sabiduría, la amistad y la entrega a la restauración sobrenatural del Espíritu está en la lista de actitudes apócrifas. Aquella maldita teología de conceptos que rehuye a instalarse en los basureros es la que no deja que los heridos resuciten, y si hay algo que nos da la identidad es la resurrección.


Luis Marián trabaja en Madrid como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con no creyentes.

 
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