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Velo islámico: ¿accesorio o símbolo?
Por primera vez en todo el tiempo que lleva Juan Simarro, buen amigo mío desde la infancia, escribiendo en “De par en par”, discrepo del contenido de un artículo suyo, desde luego bien escrito como todos, “Velo y laicismo combativo”. “¿Por qué se pone tanto énfasis en el velo de la mujer musulmana y no en la cruz que pueda llevar colgada al cuello con una cadenita de oro una chica cristiana?” es la pregunta que orienta el contenido del artículo en cuestión y la que se encuentra en la base del resto de las preguntas que formula al inicio del mismo. Por eso me centraré en ella. Y por eso la contestaré. El énfasis se pone en el velo porque no es un simple accesorio, sino todo un símbolo. Por añadidura, un símbolo que dice o expresa muchísimo más de lo que hoy pueda decir o representar la cruz, el otro símbolo citado.
El pensamiento modernista tiende a reducir el significado del símbolo. A confundirlo con un mero signo o una mera señal. En suma, a privarlo de su contenido. El velo islámico sería con arreglo a este modo de pensar una inocente pieza más del atuendo femenino. Una parte más de un traje típico o folclórico. Un mero accesorio. De ahí que, como mera tipicidad, pueda resultar lógica la pregunta mencionada, la total equiparación establecida con la cruz y los hábitos cristianos, y hasta cierto aire de superioridad frente al símbolo, al que se tacha de confusión de conceptos.
Pero el símbolo es mucho más que el sonido, color, gesto, figura u objeto que le sirve de soporte. Ciertamente, no todos los símbolos son idénticos ni se han formado del mismo modo, ni tienen la misma densidad, ni dicen exactamente lo mismo a lo largo de los siglos. Pero sí tienen en común el trascender con mucho la materialidad de aquello que les sirve de soporte. El velo islámico, por tanto, representa muchísimo más de lo que en dicho artículo se pretende. Representa una cultura, una religión, una política, un modo de entender la economía; en suma, todo aquello que hoy entendemos como un sistema socio-cultural en el sentido más amplio posible. Y esto no es confusión. Los elementos pueden y deben ser analizados racionalmente y por separado. Pero lo que no se debe hacer es negar la capacidad de aglutinación y simbolización del velo islámico.
Y no sólo el velo islámico. La cruz, el otro objeto mencionado en el artículo, también es un símbolo. Y como tal, tiene una significación global, nada confusa, que remite también a un sistema socio-cultural en sentido amplio. No puede reducirse a un mero objeto, como tampoco el velo. Representa inequívocamente un modo de entender la sociedad, la política y la religión diferente del representado por el velo islámico. Modo que ha cambiado con el trascurso del tiempo. Más bien por fuerza que de grado, la cruz , desde los albores de la Iglesia Imperial, allá en los primeros compases del siglo IV, ha ido perdiendo, por así decirlo, densidad simbólica. Afortunadamente, ha dejado de representar al emperador y al imperio; al señor feudal y al buen capitalista, así como a los sistemas socio-religiosos en cuyas cúspides figuraban. Desde esta perspectiva, el que unos se remitan a la vertiente religiosa, tal como hacen el presidente francés, J. Chirac, el cardenal Ratzinger y el Sr. Lehman, otros a la social, como la estrella cinematográfica, y aún otras, las manifestantes pro-islámicas en París, a la existencial (“nuestro velo es nuestra alma”), no es en absoluto confusión ni falta de claridad de ideas, es, sencillamente, que todos estos aspectos están coimplicados por la función simbólica del velo y cada cual opina sobre aquél que le interpela más vivamente.
La legislación francesa contra el uso público de este símbolo es un intento de disminuir la densidad simbólica de esta prenda femenina. Y por eso debiera ser bienvenida. Si Occidente es hoy un estado laico en el que la simbólica cristiana ha dejado de decir muchas cosas no me parece ningún atentado contra los derechos humanos que se pretenda lo mismo respecto de otras simbólicas religiosas, máxime cuando esta legislación se da de forma legítima para el propio estado, y no para otro que se haya ocupado o sojuzgado, como podría ser ahora mismo el caso de Iraq, en el que sí se están tratando de imponer pautas occidentales de forma ilegítima.
Impedir el uso público de este símbolo islámico es tanto como decirle al Islam algo que ya antes se le ha dicho al cristianismo: no puede utilizar sus símbolos públicamente si estos son densos; es decir, si tras ellos se esconde la pretensión de ocupar el espacio público para relegar los derechos humanos en nombre de unos principios religiosos. Si tienen significación pública y no privada. Hoy por hoy el velo islámico, al igual que antes el velo cristiano, representa la sumisión pública y no sólo privada, de la mujer al varón. Y no sólo eso. También un determinado concepto de la autoridad, a menudo lesiva de los derechos humanos. Derechos que no cabe identificar exclusivamente con el caso extremo de la ablación. Imponer a una mujer, por el hecho de serlo, un determinado atuendo y una determinada conducta social que le impide relacionarse con normalidad con los varones, desarrollar actividades públicas, practicar el deporte, recibir atención médica que no sea de persona de su mismo sexo, decidir con quién y cuando quiere casarse, o no hacerlo, y otras cosas de similar importancia, no será un atentado contra su integridad física, pero sí lo es, y en toda regla a pesar de los eslóganes en sentido contrario, contra su integridad y dignidad como persona. El cristianismo ha aprendido por la fuerza de los hechos a limitar y reconducir la significación de sus símbolos. Fue una experiencia histórica nada fácil que se fue abriendo paso a partir de las tristemente famosas guerras de religión de finales de la Edad Media, época en la que cada parte de la cristiandad llegó a tener una cruz diferente como símbolo (con Cristo o sin él), pero que a mí me parece del todo beneficiosa ya que nos acerca al cristianismo del siglo primero cuando la cruz, ese artilugio que el derecho romano utilizaba como castigo legal, era símbolo de infamia y sufrimiento, no de reconocimiento y triunfo social. Cuando para el cristianismo era un símbolo privado. Un símbolo que nada tenía que ver con los lujos y oropeles. Lujos y oropeles que, dicho sea de paso, Juan Simarro, contradiciendo su planteamiento de base, sí simboliza en el oro de la cruz que la niña cristiana lleva colgada del cuello.
Si el cristianismo ha tenido que aceptar por la fuerza de los hechos, y también de la ley, una limitación del alcance de sus símbolos, limitación que hoy consideramos imprescindible para recuperar nuestra identidad genuinamente evangélica y nuestra libertad profética, no sé por qué los símbolos islámicos, en esta Europa laica que habitamos, han de gozar de preferencia al respecto. Cualquier ayuda en se sentido, si es legítima, debiera ser bienvenida y no criticada.
David Casado Cámara es economista y tesorero de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
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