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Número 24 - 27 de febrero, 2004
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dLirios y troyanos
LUIS MARIÁN

El otro maltrato de la mujer

Existe algo mucho más escaso, fino y raro que el talento.
Es el talento de reconocer a los talentosos.
Elbert Hubbard

FOTO: Save the Children India

Cuando se lee que el considerar y esperar de una mujer lo mismo que de un hombre es “caer en el paganismo moderno y antibíblico” no se puede más que estar en desacuerdo. Valorar y tratar a una mujer de igual a igual con el hombre es precisamente lo contrario, un grito del legado evangélico de occidente que pretende recuperar un poco de justicia. Otra cosa distinta es que haya quien no pueda o no quiera ver el trasfondo tremendamente machista de las culturas que se pasean por las escrituras bíblicas. La propia Palabra de Dios define el sometimiento de la mujer por parte del hombre como un suceso indeseable, fuera de los propósitos iniciales de Dios, un acontecimiento proveniente de una dura maldición : “Tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti” (Génesis 3, 16).

Que los apóstoles se echasen las manos a la cabeza simplemente porque Jesús hablase con una señora da cuenta del misógino contexto aludido. Si se examinan, simplemente por encima, las condiciones que rodean a las féminas de cualquier tiempo bíblico se puede considerar como poco menos que un milagro el hecho de que Débora pudiera liderar Israel (Jueces 5), o que Junias se convirtiese en apóstol de la iglesia primitiva (Romanos 16, 7).

Cuando se aborda el tema no tarda en surgir la cuestión citada por Pablo respecto al velo que solía cubrir la cabeza de la mujer en su tiempo. Cabe recordar que este hábito no pertenecía siquiera a la Ley mosaica, pues lo que Pablo hace es una referencia a las formas de vestir más políticamente correctas de su tiempo, aludiendo a una costumbre social que se interpretaba de diferente forma según los casos. El propio Antiguo Testamento relaciona el velo cubridor (probablemente de origen mesopotámico) con el ejercicio de la prostitución (Génesis 38, 14-15 y 19). Y es que en la cuestión no hay nada de imperativo divino y mucho de modas que van y vienen. Nada que ver, pues además, el argumento en pro de su uso no puede sustentarse en alusiones a “la propia naturaleza que os lo enseña” (1ª Corintios 11, 14) pues la palabra usada para naturaleza (phisis) es la misma con la que se define “costumbre”, siendo esta acepción y no otra que pareciese establecer una relación entre pañuelos y disposiciones genéticas.

La propia rigurosidad de ciertas traducciones de las Escrituras no está exenta de tintes machistas. La popular mujer virtuosa de Proverbios 23 debe su adjetivación a un calificativo que se vierte de forma diferente si es usado para hombres en algunas versiones. Una mujer de excelencia en los negocios, emprendedora y que además ejerce de esposa, provoca, por ejemplo, que la Septuaginta vierta el término como “mujer varonil”, con lo que se constata la poca voluntad de igualdad de género de todos los tiempos.

La actitud de Jesús no resulta especialmente machista para un lector occidental del siglo XXI, pero ¿alguien puede imaginar el escándalo que supuso el trato a la mujer por parte de un Mesías del siglo primero?

No creo que sea la sana doctrina lo que impulsa al colapso del plan de Dios en las vidas de las Déboras y Junias de nuestros días. El evangelio busca que todo se haga sea bajo un marco de libertad y responsabilidad ante Dios, pero nunca se invita a practicar actitudes provenientes de manipulaciones religiosas o culturales. Ningún varón está legitimado a usar versículos descontextualizados para mutilar y reprimir los talentos que el Espíritu Santo ha dado a mujeres, y que dicho sea de paso, en no pocas ocasiones superan los de los hombres. Aplicar un estilo de vida heredado del siglo XIX para justificar la inseguridad de muchos líderes masculinos es como poco injusto. Todavía hay quienes no aguantan que una mujer esté más capacitada que uno, les es deshonroso y el orgullo varonil no siempre está presto a aguantarlo. La madurez emocional no es cuestión de años, sino fundamentalmente de desearla para sí, incluso a costa de nuestro diabólico orgullo, lo cual, como trueque no está nada mal.

Cuando la machista presión del entorno obliga a una mujer preparada y llena de dones a simplemente custodiar sus cookies mientras docenas de personas permanecen expuestas al daño del liderazgo de un marido inseguro e incompetente, es difícil convencerse que este sea “el orden de Dios”. Yo para mi iglesia no quitaría a Débora para poner a un neófito, por mucha testosterona que éste tenga, y honestamente, considero que Dios tampoco. Si Jesús escogió a doce hombres es porque la sociedad de su tiempo nunca miraría a los ojos de una mujer a no ser que sea para marginarla o algo peor, y en esto también se muestra la misericordia de Dios doblándose ante nuestras miserias.

En el tiempo de Cristo, el mensaje del evangelio tenía el deber de impregnar el planeta, pero sus habitantes no estaban preparados para recibir a quienes también son “imagen y semejanza de Dios”. El sexo despojado de la cultura, la formación y la proyección personal necesitaba estar sujeto a un marido si no quería perecer. No había otra, como de la misma manera Pedro recomendaba a los esclavos que permaneciesen sujetos a sus amos (1ª Pedro 2, 18). Y muchos hoy no lo entienden, y continúan apoyando el sometimiento de la mujer del mismo modo que hace unos años se animaba al ejercicio de la esclavitud. Los mismos versículos y la misma descontextualización siguen provocando dolor e injusticia. Simplemente no. Cristo no vino para prorrogar la maldición. Si la mujer ha podido recuperar un poquito de su lugar original no ha sido gracias al olor a muerte de Génesis 3 ni a los pregoneros de maldiciones, sino a la obra del Mesías que ha rescatado al sexo marcado como débi l para que ahora pueda decir que en Cristo fuerte soy . No es cosa de los tiempos, sino de imponer bendición donde hay mortandad.


Luis Marián trabaja en Madrid como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con no creyentes.

 
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