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Sin el fruto de tu vientre
Apóstol Pablo en su carta a los Filipenses: "He aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación..."(Fil 4:11-12). Debiéramos tomar estas palabras para hacerlas una máxima en nuestras vidas, de seguro la visión de la senda por la cual transitamos sería muy distinta. Y al derramarlas sentí cómo esa súplica no se perdía entre las corrientes de aire, sino que colmada de fe desembocaba en los oídos de Dios...
No es fácil aconsejarte. Sé que mis palabras sólo serán vocablos de quien emite instrucciones sin estar esclavizado por el problema. No soy la víctima, pero ello no significa que no pueda ponerme en tu piel. Únicamente estoy capacitada para hacer cosas como darte cariño, animarte, regar tus jardín con una fina lluvia de alegría, y lo más importante, pedir a nuestro Rey la concesión de ese deseo que constituye tu mundo actual.
Puedes ubicarte en el extremo del desamparo, verte con ojos de dolor y sufrir calladamente la asfixiante pena. Pero también puedes situarte en el terreno de la esperanza, saber que Dios tiene un plan para tu vida. Él conoce sobradamente todo cuanto necesitas y, si es voluntad suya, concederá las peticiones de tu corazón.
Atiéndeme si puedes, oye estas palabras. No son frases que al emitirlas mitiguen mi sentimiento de impotencia, son promesas de Dios y te las ofrendo como regalo de amistad. Hoy, cuando al pensar en ti clamé al Padre, sentí la torpeza de no poder aliviar tu dolor. En contraposición, supe apreciar que estaba haciendo lo mejor que podía hacer para ayudarte...
El conocimiento de tu condición te hace creer diferente a las demás, viviendo como si tu invisible esterilidad estuviese al alcance de los ojos de todos. Eso te entristece instándote a deshojar el presente encerrada en tu solitaria amargura. Pero olvidas cuán especial eres. El hecho de no poder concebir un hijo no te inutiliza. Quiero hacerte ver cuanta grandeza posees, las virtudes que hacen de ti una mujer como ninguna otra.
Eres esa amiga a quién recurrir, ese hombro en el cual llorar, las manos a estrechar cuando las cosas no van bien. Por favor ¡No me vuelvas a decir que estas vacía!...
Aminoro mi carrera, te espero. Aguardando tu llegada para verte por fin ataviada de alegría. Ahora todo es confuso, pero pasará. Y si nunca llega a realizarse ese sueño y no consigues experimentar lo que es engendran una vida, aún así, seguirás siendo especial.
Arraigo la alentadora promesa de Dios invitándonos a CONFIAR, ESPERAR EN ÉL, Y ÉL HARÁ. Por ello, despojada de prisas aguardo expectante su respuesta a cada uno de nuestros ruegos. Ansío ver realizados mis deseos y los tuyos, pero sobre todo, que sea manifestada en nosotras la voluntad suprema de quien mejor sabe aquello que nos conviene.
Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, 2004, España |