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Número 25 - 7 de marzo, 2004
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CÉsar vidal manzanares

Algunas consideraciones sobre el voto

Las elecciones generales están a la vuelta de la esquina y por eso de que parece que, a juicio de tirios y de troyanos, nos jugamos mucho he considerado pertinente formular algunas consideraciones sobre el voto exponiéndolas - claro está – al juicio de mis hermanos en la fe.

En primer lugar, debo decir que no creo que votar sea obligatorio. En las Escrituras no hay referencias a esa circunstancia – a pesar de que los ciudadanos romanos tenían ese derecho en distintas elecciones – y por ello me parece totalmente respetable la postura de aquellos creyentes que consideran que los gobiernos de este mundo están bajo el poder del Diablo (Lucas 4, 5-8) y que por ello deberíamos rehusar apoyarlos aunque nos sometamos a ellos humilde y piadosamente (Romanos 13, 1 ss).

Sin embargo, no es menos cierto que a partir de la aparición de los sistemas liberales hay muchos creyentes que opinan que debería votarse como un verdadero deber moral y tampoco me siento autorizado para enmendarles la plana. Si, efectivamente, entre las dos opciones indicadas – votar o no - se elige madura y sopesadamente la segunda la siguiente consideración sería a quién debe votarse. Por orden de prelación creo que habría que atender a las cuestiones morales que afectan a nuestra sociedad y a continuación aquellas que tienen que ver con el bien común en un sentido más amplio y clásico del término.

Por citar aspectos concretos, no creo que un creyente debiera apoyar con su voto a programas electorales que, por ejemplo, pretendan erosionar aún más la situación de la familia – verdadero blanco de campañas continuadas durante décadas – que estén dispuestas a otorgar categoría legal a las uniones entre homosexuales, que prometan legalizar las adopciones de niños por parejas homosexuales, que deseen ampliar los supuestos de aborto o que se muestren comprensivos ante fenómenos como el terrorismo. Es posible que haya gente que piense que todas estas cuestiones son compatibles con una confesión de fe cristiana pero, sinceramente, ese punto de vista choca con afirmaciones tajantes contenidas en la Biblia y que, por si fuera poco, tienen una inmensa repercusión social. La manera en que nuestra sociedad entró ya hace años por la vía de la permisividad en estos temas – algo muy progre, por otra parte – constituye, a mi juicio, una indiscutible forma de suicidio ético, cultural y social y lo menos que debería esperarse de un creyente es que, aparte de denunciarlo, no colaborara con él.

Supongamos, sin embargo, que todos los partidos políticos que concurren a los comicios rechazan esas posibilidades; imaginemos que todos aborrecen la agenda del lobby gay, que todos son contrarios al aborto y que todos van a rechazar fenómenos como la violencia terrorista sin ambigüedades ni fisuras. En ese caso, ¿qué debería votar un creyente? Creo que la respuesta pasa por un nuevo juicio sensato y maduro sustentado no sobre las palabras y las proclamas sino sobre los logros; sobre las obras – que son amores – y no sobre las buenas razones. En otras palabras, habría que atender a aspectos como la creación de empleo, el crecimiento económico, el aumento de las pensiones, el equilibrio presupuestario o la mera estabilidad institucional, es decir, aquellos aspectos que indiquen una buena gestión porque eso es lo que deberíamos exigir de nuestros políticos de la misma manera que al dentista le exigimos que nos atienda bien la dentadura y no que nos diga cómo arreglaría el mundo con su utopía particular.

Supongamos que, hechas todas estas consideraciones, un creyente no supiera a quién votar. Por ejemplo, le agradaría votar a un partido que se manifiesta contrario a ampliar los supuestos de aborto pero cuya gestión se ha traducido en varios millones más de parados o, por el contrario, observa que un partido ha incrementado en millones el número de empleos pero al mismo tiempo respalda la adopción de niños por parejas homosexuales. En un caso así, ¿qué debería hacer? Creo que sólo le quedarían dos opciones: o bien abstenerse – que sería una postura bien respetable – o bien optar por lo que considera un mal menor como puede ser defender una opción moral – oponerse al aborto, a los matrimonios homosexuales, al terrorismo – aunque, por ejemplo, quizá la gestión no sea tan afortunada en cuestiones económicas.

Hasta aquí llegan mis consideraciones referidas a creyentes en cuanto individuos particulares. ¿Qué deberían hacer las organizaciones eclesiales o paraeclesiales en relación con el voto? Por supuesto, una posibilidad sería la de predicar la abstención por las razones arriba señaladas – y, de hecho, hay denominaciones que, históricamente, mantienen ese punto de vista – y otra sería la de señalar directrices de aplicación general como las que, modestamente, he pretendido exponer en las líneas precedentes. Soy de la opinión de que eso no resulta especialmente necesario en la medida en que un cristiano debe conocer la Biblia y ser capaz de sacar consecuencias de ella al respecto pero una orientación general no tiene porqué no orientar y, al mismo tiempo, respetar la libertad de los creyentes.

Otra opción es la de indicar taxativamente a qué partido votar o no. Desde mi punto de vista, semejante conducta es discutible moralmente - ¿alguien se imagina a Jesús haciendo algo parecido? Yo, sinceramente, no – pero, sobre todo, demuestra una grave falta de sensatez desde un punto de vista espiritual y social. Las razones para afirmar esto son varias. La primera que implica arrastrar a todo un colectivo a una situación delicada en caso de que las elecciones no se desenvuelvan como se ha pretendido; la segunda, que es uno de los caminos más rápido para que las fuerzas políticas consideren erróneamente a ese colectivo. Si éste además se permite afirmar, por ejemplo, que cuenta con muchos más miembros de los que tiene no sólo no aumentará su credibilidad sino que hará que muchos lleguen a la conclusión de que es una versión cutre y pobre de grupos como el lobby gay que está empeñado en convencernos de que el diez por ciento de esta sociedad es homosexual. La tercera razón es que nadie tiene derecho a correr el riesgo de dividir a los creyentes por cuestiones políticas. El hermano Pepe o la hermana Lola pueden simpatizar o incluso militar en una formación concreta. No puede hacerlo una denominación, una iglesia o un organismo paraeclesial a menos que esté dispuesto a que lo identifiquen con una opción concreta y también con sus errores, y a menos que no le importe sembrar las semillas del desgarramiento del Cuerpo de Cristo por razones políticas. La última – a mi juicio, la más importante – es que la misión de la iglesia consiste en predicar el Evangelio y ser sal y luz en este mundo, y no en buscar tratos de favor ni rebañar votos por cuenta o en contra de ningún partido. Es verdad que los hijos de la oscuridad son muchas veces más sagaces que los hijos de la luz pero semejante circunstancia no constituye una excusa para que nos dividamos aún más siguiendo los patrones del mundo y mucho menos para que nos dediquemos a caer en la imprudencia o incluso en la sandez en esta sociedad que tanto necesita de la luz del Evangelio. Dicho sea, con todos los respetos.

César Vidal Manzanares es un conocido escritor, historiador y teólogo.
© C. Vidal, 2004, España.

 
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