| Entre la ortodoxia y la herejía: la tercera vía
Encontrar una tercera vía entre la ortodoxia y la herejía siempre ha sido un camino difícil de transitar, porque o te llamarán hereje o te tacharán de fundamentalista. La ortodoxia sucede a la creencia. El creyente llama a todos los hombres a compartir su fe, mientras que el espíritu de ortodoxia, el dogmático, rechazará a todos los hombres que no quieran compartir su fe con él.
Pero no son solo las religiones las que proclaman y ejercitan el espíritu de pureza y verdad de sus dogmas, sino que en nuestros tiempos también el materialismo, el cientifismo y múltiples manifestaciones laicas, ejercen y confrontan sus dogmas como si fuesen religiones. A favor de principios como la cultura, la razón y la inteligencia aparecen los ortodoxos y, con cara de pocos amigos, nos explican que para que el hombre sea libre y alcance la mayoría de edad, tienen que desaparecer las religiones o al menos pasar al plano individual y reducido a la esfera de intimidad.
Ya no nos dicen que somos el opio adormecedor del pueblo y hasta creen que las religiones son buenas para la estabilidad social, pero nos imponen la inteligencia (en el caso del ortodoxo intelectual) o nos imponen la chabacanería e insustancialidad (en el caso de los programas basura televisivos o revistas del corazón, etc.) como representaciones de un laicismo puro y duro. ¿Es que acaso el hombre tendrá que estar siempre encadenado tanto en espíritu como en su cuerpo y no podrá escoger libremente? ¿Será verdad que el hombre desde que nace le acogen clamores de todas partes y la sociedad le atará a sus yugos sin ninguna posibilidad de creer con el espíritu y adherir con el corazón?
Jean Grenier afirmaba que la ortodoxia atentaba contra la inteligencia que tiene el derecho a pensar libremente y ser al mismo tiempo la supremacía de lo espiritual. “A mi juicio—decía a un político ortodoxo– no hay cultura sin libertad de cultura, no hay pensamiento sin libertad de pensamiento. Estar libre de saber no implica estar libre de pensar. Por el puro hecho de estar convencido de que se piensa rectamente, por el solo hecho de estar en la ortodoxia y yo no, usted no puede dejarme indefinidamente libre”.
También la ortodoxia en las religiones, proclamada como única y verdadera, según Emile Burnout, ha sostenido la intolerancia como principio fundamental de autoridad y condición para subsistir. Pero esto no debe ser así. Cuando Cristo llama a todos los cansados y trabajados a ir a Él, es para darles descanso. El llamamiento es a “todos” los que necesitan la salvación, entendida esta, en todas las dimensiones en los que el ser humano está cayendo al precipicio.
La iglesia primitiva entendió como ortodoxia lo que hoy se entiende por herejía. Hoy la gran herejía de nuestro tiempo es buscar la seguridad espiritual en formas institucionales y denominacionales que excluyen otras formas de vivir la piedad y que impiden la reflexión teológica. La iglesia nacida en el seno de Jesús es un movimiento, un organismo de múltiples corrientes culturales, teológicas y de grupos con visiones diferentes.
Hoy debemos buscar una tercera vía, que no solamente
excluya aquellas formas monolíticas de autoridad, doctrina
y disciplina eclesiástica, sino que fomente la pluralidad
con nuevas formas creativas y estimule al amor y las buenas
obras desde una actitud crítica con el hedonismo moderno.
La vida cristiana no es fácil ni cómoda y estoy
de acuerdo con los que estimulan y conducen hacia una tradición
evangélica como la primitiva. Lo que lamentamos muchas
veces es un activismo alejado de lo que deberían ser
unas relaciones interdependientes de unas iglesias con las
otras, que supusiesen un acicate y hasta una provocación
para no ser negligentes con nuestro llamamiento cristiano.
Manuel
de León es escritor, historiador, y director de "Vínculo"
(revista de las Iglesias de Cristo de España).
© M. de León, Asturias, España.
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