| Los supervencedores
‘¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?... Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.’ (Romanos 8:35, 37)
El pasado día 4 de marzo moría Fernando Lázaro Carreter y su fallecimiento se convertía en noticia de portada en los medios de comunicación españoles. No es normal que la muerte de un miembro de la Real Academia Española tenga esa repercusión, pero es que la proyección de Lázaro Carreter había traspasado los muros de esa venerable institución para llegar, con algo tan abstruso como es la gramática, a la calle misma. Si se realizara una encuesta entre personas cultas inquiriendo nombres de miembros de la Real Academia es muy posible que muchas se quedaran en blanco sin poder citar ni uno solo; sin embargo, el nombre de nuestro personaje era conocido, gracias, sobre todo, a sus sabrosos artículos periodísticos titulados ‘El dardo en la palabra' en los que, cual quijote idealista, salía al amparo de esa su indefensa dama que era la lengua española, maltratada y amancillada por esos monstruos inmisericordes que son los medios de comunicación.
Armado sólo con su pluma, semana tras semana, ponía en la picota las patadas que propinan al diccionario presentadores, locutores y periodistas. Puedo entender al ex-futbolista Emilio Butragueño quien manifestaba, en su pesar por su muerte, cuánta vergüenza le daba hablar con Lázaro Carreter ante el temor de pronunciar una palabra o una frase incorrecta. Y sin embargo, los artículos-denuncia de Lázaro Carreter eran digeribles hasta para sus aludidos, por dos razones: La primera es que nunca atacaba al trasgresor sino a la trasgresión misma (y prueba de ello es que jamás mencionaba el nombre del causante del daño); la segunda es que sus artículos estaban impregnados de una socarronería no ofensiva que atenuaba el tono de sus críticas.
Pero las patadas al diccionario no son un problema exclusivo de los oradores: también lo son de los escritores. Conozco a más de un licenciado y a algún doctorado cuyas faltas de ortografía son más propias de alguien que no ha terminado la Educación Primaria que de alguien que ha pasado por la Universidad. Y no me refiero a ese tipo de faltas de categoría más escrupulosa, como saber distinguir cuándo se acentúa cuando, sino de aquellas otras garrafales, como la del letrero de mis tebeos de la infancia que rezaba: Biba yo. Pero en fin, tal vez la salvación para estos atropellos ortográficos sea la proposición que hiciera Gabriel García Márquez de eliminar las reglas ortográficas y que cada cual escriba como le venga en gana. Claro que el remedio puede ser peor que la enfermedad, porque si llo esqrivo como se me hantoge y tú azes lo mismo hentonzes esto puhede acavar sihendo huna berdadera hanarkía y hun kahos avsoluto .
No sé si Lázaro Carreter escribió algún artículo sobre el prefijo super de nuestra lengua, actualmente manoseado hasta el desgaste. Si algo es bueno en grado óptimo es superbueno; si una persona es muy encantadora es supermaja, si un producto tiene un precio prohibitivo es supercaro. Lo que es de mal gusto en extremo es superhortera y el que es más transparente que el cristal es supersincero. Una modelo importante es una supermodelo y alguien dichoso por encima del resto es una persona superfeliz. Los hay que están siempre superliados y no solamente muy ocupados como los demás mortales y hasta hay sujetos superenrollados que son la mar de superdivertidos. De manera que el fácil recurso gramatical está al alcance de cualquiera y ya no hay que devanarse los sesos para encontrar superlativos a los calificativos, basta con poner delante el prefijo super a cualquier palabra y ya la habremos catapultado hasta las cimas más elevadas. El superlativo de pobre ya no es paupérrimo sino... Sí, has acertado. Y el de malo ya no es pésimo sino... ¡Bingo! Has vuelto a acertar. El resultado es que el vocablo super, a fuerza de sobreexplotarlo, ha perdido todo su poder, como Superman ante la kriptonita. Y así tenemos que todo, hasta lo más corriente, es súper, lo que inevitablemente conduce a una fundada sospecha de que estamos frente a un abuso simplista del lenguaje que no lleva más que a un agotamiento del mismo; de esa forma ya nada sobresale ni resalta (ése es el verdadero significado de super) sino que todo está situado en un mismo nivel, el de lo ordinario, de forma que queriendo ensalzar las cosas, lo que hemos hecho en realidad ha sido rebajarlas al reducirlas todas a un solo patrón monocorde y fastidioso.
Y sin embargo, cuánta riqueza hay en ese prefijo, y si no que nos lo diga el Nuevo Testamento, especialmente en los escritos del apóstol Pablo. Las grandezas del evangelio son de una magnitud tal que han de expresarse con ese vocablo. Y aquí ya no se trata de abuso del lenguaje ni de recursos fáciles para cubrir el expediente, sino de la realidad misma de las cosas de Dios. De esa manera encontramos que la gracia a nuestra disposición es superabundante (Romanos 5:20; Efesios 2:7; 1 Timoteo 1:14), o que la vía del amor es un camino superexcelente (1 Corintios 12:31) o que el poder manifestado en los creyentes es supereminente (Efesios 1:19) o que el conocimiento de Cristo es superelevado (Filipenses 3:8) o que la gloria venidera es superexcelsa (2 Corintios 4:17). Todo estos pasajes, aunque en nuestras versiones no estén traducidos de esta manera, tienen en común una cosa: el vocablo griego huper, equivalente a nuestro super, potenciando a los demás calificativos. Pero para que nadie piense en un evangelio barato reducido a palabras elevadas, allí (en el Nuevo Testamento) también se nos habla de la superpecaminosidad del pecado (Romanos 7:13), esa negra realidad que pone un oscuro contrapunto a las maravillas anteriormente mencionadas.
El pasaje bíblico arriba citado hace referencia a
un determinado tipo de personas; son unas que están
en conflicto con enemigos descomunales: Tribulación,
angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro y
espada. Y sin embargo se les denomina con el calificativo
de supervencedores (ésa es la traducción literal
en lugar de más que vencedores). Una cosa es ser vencedor,
que es la persona que derrota al enemigo, y otra ser supervencedor,
que es la persona que desarma al enemigo y lo convierte en
su aliado, transformando su fuerza destructiva en constructiva
y haciéndolo camarada suyo en lugar de antagonista.
Pues bien, eso es lo que ocurre cuando el cristiano, al igual
que Cristo y a través de él, sabe tomar el sufrimiento
y servirse del mismo para que redunde en el propósito
que Dios tiene para con él: hacerlo conforme a la imagen
de su Hijo. En vista de todo esto ¡Que seamos súper
en el sentido auténtico de la palabra!
Wenceslao Calvo es conferenciante
y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2004, Madrid, España. |