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Número 26 - 9 de marzo, 2004
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JUan simarro

Las otras penas de muerte

No me voy a restringir a lo entendido estrictamente por pena de muerte, porque además de hablar de la pena de muerte como asunto legal, voy a tratar de otras penas de muerte que dimanan de asuntos financieros. Así, aunque haya unos ochenta países, la mayoría de ellos no occidentales ni democráticos, que practican la pena de muerte, aunque los Estados Unidos siga en la práctica de este homicidio judicial, aunque en China y en Irán se sigan dando el mayor número de ejecutados de nuestra historia actual, hay signos esperanzadores de la eliminación o la abolición de esta barbarie. Quizás a nosotros, los europeos, nos ha tocado la responsabilidad de concienciar al mundo de que la pena de muerte debe ser eliminada “cualquiera que sean las circunstancias”, según expresa un Protocolo del Convenio Europeo firmado por la mayoría de los países de la Unión Europea y, lógicamente, entre ellos España. Sin embargo, a pesar de la pena de muerte como homicidio judicial, a pesar de la concienciación que va surgiendo en torno a su abolición, ¿podría darse también la pena de muerte como homicidio financiero? Si Amnistía Internacional puede hablar de la pena de muerte como homicidio judicial, desde el compromiso social de los cristianos, desde la solidaridad internacional con los más pobres, desde las perspectivas de búsqueda de la justicia, se podría hablar claramente de homicidio financiero u homicidio por la insolidaridad económica de los acumuladores del mundo. La pena de muerte que sustenta nuestro sistema económico.

Por eso, con la misma fuerza que los países de la Unión Europea luchan por la abolición de la pena de muerte desde el punto de vista judicial, se debería luchar y denunciar la pena de muerte a la que se ven sometidos tantos coetáneos nuestros debido a la insolidaridad e injusticia de los actuales sistemas económicos neoliberales. Pero tendría que ser una concienciación que no quedara solamente en protocolos legales, que no quedara solamente en norma jurídica, sino que pasara a ser parte de nuestro ser y sentir tanto para los cristianos como para el resto de los ciudadanos no creyentes o con otras líneas de credo religioso. El rechazo a la pena de muerte, tanto legal como financiera, debería formar parte de nuestra sensibilidad más profunda, debería estar grabado en las entretelas de nuestro corazón.

Una reflexión que se puede hacer es que si en un año, en el mundo, se pueden dar unas mil quinientas ejecuciones como homicidio legal, el número de hombres, niños y mujeres que mueren a causa de la injusticia, por los homicidios financieros, se disparan en un número infinitamente superior. Y el mundo calla ante la muerte por la insolidaridad y la injusticia. ¡Tantos condenados a muerte por reducción a la miseria en el mundo hoy! Tantos condenados a morir antes de tiempo. Muchos hombres que hoy tienen una expectativa de vida entre los treinta y tres y los treinta y cinco años. Sin contar la muerte de tantos niños que se dan en el colectivo de los ochocientos millones de hambrientos del mundo. Aquí se une la pena de muerte financiera a “las penas de muerte” que tienen que pasar los pobres del mundo. “Penas de muerte” en sentido de dolores o tristezas de muerte.

No se les condena solamente a morir, sino a morir lentamente en medio de esas “penas de muerte” que tiene que pasar los pobres, los subalimentados, los hambrientos. Una lacra que se podría obviar a base de solidaridad humana y de práctica de la justicia. Vidas truncadas, lanzadas al precipicio de la muerte temprana por la violencia económica y por la lógica consumista de los países acumuladores.

Jesús entiende a los que mueren tan anticipadamente. Se identifica con ellos, porque Él también murió anticipadamente. Quizás no por pobreza y subalimentación, pero sí por la violencia que ejercieron contra Él por su identificación con los pobres, los marginados, los proscritos y los injustamente tratados. Eso le llevó a Él a tener que pasar por la vergüenza y el oprobio de la pena de muerte, a pasar por el hecho de tener una vida truncada con tanta anticipación... Porque los hombres matan, y lo hacen de muchas formas y maneras: violencia judicial, violencia económica, violencia política, violencia por la injusticia y por la desmedida acumulación de bienes. Son los matices de la pena de muerte a nivel general. Es la lógica sacrificial de un sistema económico injusto generador de muerte. Así, los pobres no lo son por fatalidades naturales. Son empobrecidos en el altar de esta lógica económica sacrificial.

Tantos empobrecidos del mundo que resultan, en última instancia, ser los condenados a muerte por los acumuladores del mundo. A ellos habría que pedirles responsabilidades. A ellos habría que juzgar. Contra ellos habría que lanzar la condena. Pero no a muerte, ya que estamos de acuerdo en que esta no se debe dar bajo ninguna circunstancia. Sería la condena a compartir y a practicar la justicia. Ayudarles a liberarse de la necedad de su acumulación. A mostrarles los estilos de vida y las prioridades de un Jesús, también condenado a muerte, de un Jesús que se vio limitado en la duración de su vida por la violencia de los hombres. Y los cristianos nos identificamos con este condenado que fue Dios mismo. Y, de la misma manera, nos deberíamos identificar con tantos condenados de la historia. Los condenados a muerte por la violencia multiforme que genera el egoísmo, la injusticia y la insolidaridad... Pero el cristianismo es justicia, amor y compartir. Es, por tanto, generador de vida. Porque ni la justicia ni el amor se pueden implementar ni favorecer con la muerte.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2004, Madrid, España.

 
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