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Número 26 - 12 de marzo, 2004
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dLirios y troyanos
LUIS MARIÁN

Batalla contra el mal (I)

¿Ningún hombre conoce lo malo que es
hasta que no ha tratado de esforzarse por ser bueno.
Sólo podrás conocer la fuerza de un viento
tratando de caminar contra él, no dejándote llevar
C. S. Lewis

FOTO: Save the Children India

Es posible que el sufrimiento humano sea la principal causa de ateísmo en el mundo. Todos nos preguntamos por qué hay tanto dolor en el mundo; en cualquiera de ellos. Y en consecuencia afirmamos que los agravios no deben quedar impunes, pero... ¿qué pasaría con nuestras injusticias si Dios existiese?, ¿es acaso insensible el Jesús de la Biblia? Afirmar que “Jesús murió por nosotros” es precisamente eso, reconocer que su historia, la del Hijo de Dios, es la historia de la repetitiva y desconcertante injusticia.

Lo que presenciamos ante el espectáculo de los evangelios es a un Mesías echándose el sufrimiento humano sobre sus espaldas. Probablemente este peso fuese, en términos exponenciales, infinitamente mayor al de la propia cruz que transportó hasta el monte Calvario. El final de la historia -¿final ó comienzo?- ya todos lo conocemos. El inocente paga la culpa, la nuestra, por supuesto. Pero ante tanto llanto y desgarro de entrañas, la sangre del Gólgota se asoma como susurrándonos que toda esta extrañeza del maldito dolor es momentánea. Lo que está claro es que creer en otra cosa es golpearse contra un muro de perpetuas lamentaciones.

La resurrección se presenta como el comienzo del acto de un contundente ajuste de la anormalidad que nos rige y que ya comienza a gestarse en esta vida. El aceptar su entrega por nosotros nos sitúa en el inicio de una relación personal con Él y por este motivo podemos ver familias reestructuradas, maltratadores arrepentidos, extoxicómanos con oficios, y un sinfín de milagros que sólo se explican tras comprender cual es la decisión más importante que puede tomar un ser humano: decidir ser salvado. Desde el instante en el que damos el paso de acercarnos al Padre vemos sus gestos en lugares donde antes no los veíamos. Recibimos nuevos ojos. A partir de ahora asumimos –aunque no siempre entendemos- que Dios está a nuestro lado, en medio del dolor al igual que en el placer y el agradecimiento. Jesús, con su muerte y resurrección, se revela como la eterna opción al sinsentido . Tomarlo o no es de nuevo otra opción. Es el todo o la nada.

Para contribuir en este proceso de reconstrucción necesitamos juntar los codos y sacudir la diabólica individualidad. El “Yo a lo mío y tú a lo tuyo” no colma la angustia de la oración de Cristo cuando gime ante al Padre diciendo: “la gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno” (Juan 17, 22). Ante tal magnitud de gigantes y demonios no hay lugar para el perverso prestigio espiritual o eclesiástico, no vale el compararse para auto complacerse. En el Reino de los Cielos las cosas funcionan de otra manera.

Juan Simarro nos recuerda a menudo que el cristianismo que no llora unido con el prójimo es vacua religiosidad, repugnancia de capilla añadiría yo con la plena conciencia de ser el primero en la lista del debe . Dios sabe que se le suele esquivar usando misticismo de oferta –la peor de las hedónicas excusas- para hacer de la comodidad uno de los más venerados ídolos del cristianismo moderno, un lugar de paganismo donde el auto centrismo rompe y mutila cualquier intento de colaboración entre las diferentes misiones y entidades de la obra social cristiana. Es la trampa de evitar ser vulnerables, de no querer comunicarnos, no abrazarnos y no unir los átomos que forman la materia viva, y todo, a causa del artificioso brillo del miniéxito sectario.

Quizás la III Conferencia que Diaconía España organiza en Madrid – 19 al 21 marzo. www.diaconia.es - pueda ser otro pequeño paso en pos de la unidad dentro de la acción social de este solidario país (pues así lo ha demostrado desde el ámbito católico y secular). No sé, pero el caso es que nos gustaría pensar que los protestantes españoles estamos comenzando a mirarnos unos a otros, como pareciendo que se rompieran diabólicas altiveces antiguas, como si surgieran primaverales brotes de unidad ante la lucha contra el incomprensible dolor. El evangelio nos exhorta a que el débil diga que es fuerte, y eso es lo que comenzamos a ser. Por esta razón y esperanza es por lo que reclamamos la necesidad de una red tensa y con muchos nudos, sabiendo que el mal nos mira con ojos inyectados en sangre, sabiendo que estando solos hay miedo, pues cuando falta amor cunde el pánico. Mientras tanto Jesús sigue suplicando: “que sean uno Padre, como tú y yo lo somos”. Amén.


Luis Marián trabaja en Madrid como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado al diálogo con no creyentes.

 
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