Número 26 - 12 de marzo, 2004
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Editorial
Pedro Tarquis

Atentado del 11M

He vivido a lo largo del día de hoy -11 de marzo de 2004- mi trabajo como médico en un gran hospital de Madrid en las dimensiones más profundas del ser humano, en lo positivo y en lo negativo.
A las 8'30 comenzaron a llegar heridos, decenas de heridos provenientes de los atentados que se han cometido en la capital de España.

Diez, veinte, treinta, treinta y cinco… hasta más de setenta. Siete de ellos muy graves, falleciendo uno al poco de ingresar. Las noticias seguían sucediéndose: más de mil heridos en total, repartidos por todo Madrid. Cerca de 200 muertos. La mayor masacre después de la guerra civil en España.

Angustia, terror, sufrimiento, familias buscando por los hospitales, sin atreverse a ir al depósito de cadáveres a pesar de no aparecer los seres queridos por ninguna otra parte. Amigos y conocidos que me llamaban con un temblor inevitable: ¿no sabrás algo de…?

Más de doce horas de vivir miedos y muerte, pero también la entrega desinteresada de todos quienes tenían algo que hacer. Trabajadores que se quedaban tras una noche de guardia, profesionales que dejaban su día libre para echar una mano, que seguían al acabar su jornada para ayudar en lo posible. Una avalancha de donantes de sangre que colapsó las necesidades y el espacio físico.

Y luego los políticos: Ministros, altos cargos, Presidentes y Secretarios generales. Visitando a los heridos. Escuchando: “yo estuve junto a la bomba, pero sólo tengo un pequeño golpe. En mi vagón todos los demás murieron. He vuelto a nacer”.

Es curioso. Algunos han vuelto a nacer, y todos hemos vuelto a morir un poco con esos cerca de 200 cadáveres que hasta hace unas horas reían y soñaban, y que hoy podríamos ser cualquiera de nosotros.

Quizás si cada día mantuviésemos esa generosa entrega que recuerda la imagen de Dios que el ser humano lleva dentro, llegaría a acabarse el odio y la violencia entre los hombres.

Mientras esto llega, que no llegará nunca en esta tierra, vivamos un estallido de amor en la rutina de cada día. Es mucho más fácil dar la vida entera un día que entregarla al máximo cada mañana. Eso no cambiará el mundo, pero sí nuestro entorno. Y, sobre todo, evitará que sea el mundo el que nos cambie a nosotros.

Porque amar, en definitiva, es morir un poco –o un mucho- para que otros vivan. Y si no, pregúntenle a aquel judío de Galilea que nació en Belén.

Pedro Tarquis es médico y director de Protestante Digital

 
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