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Número 26 - 12 de marzo, 2004
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Enfoque
JUAN ANTONIO MONROY

Sufrir por amor

Cuarenta y tres años antes de que Jesucristo naciera, el poeta latino Ovidio (Publius Ovidius Naso) en su ya clásica obra ARTE DE AMAR, opinó que amar es sufrir; el amor hiere el corazón y agita sobre uno sus encendidas antorchas, acribilla con sus saetas y sus fuegos resultan abrasadores (Libro Primero).

Cincuenta y dos años después del nacimiento de Cristo, Pablo de Tarso confirma la opinión de Ovidio y dice a los corintios de Grecia que “el amor es sufrido”, el amor “ todo lo sufre”. (1ª de Corintios 13).

Han transcurrido veinte siglos desde que esos dos gigantes del pensamiento nos dijeran que los enamorados son postulantes al sufrimiento y, ahora, la moderna ciencia nos dice que si, que llevaban razón, que tanto Ovidio como Pablo fueron psicólogos aventajados en las artes amatorias.

La revista inglesa SCIENCE acaba de publicar el resultado de un interesante experimento. Se ha estudiado el comportamiento de 16 parejas mediante técnicas de imagen cerebral.

A ver si consigo expresarme en lenguaje de la calle.

Los autores del trabajo administraron pequeñas descargas eléctricas en la mano de las mujeres mientras se medía la actividad neuronal. A continuación, la descarga recayó sobre los compañeros de las participantes. Las parejas estaban en lugares separados de tal manera que no podían verse entre ellas. Pero a los hombres se les mostraba sobre una pantalla un signo que indicaba el momento en que su pareja recibía el choque.

Los resultados sugieren que nuestras emociones comprenden y expresan los sentimientos de los otros, asegura Tania Singer, investigadora en el Instituto de Neurología de la Universidad de Londres y autora principal del estudio.

La periodista Ángela Boto describe la experiencia con más gracia: “Para los amantes, el conocido refrán “ojos que no ven, corazón que no siente” no es aplicable porque, al menos sus redes neuronales sufren con sólo imaginar que el otro lo pasa mal”.

“El amor siempre sufre –predicaba Gandhi- cualquiera sea el dolor de la persona amada”.

Dos en una carne debe ser esto, que duela a uno el dolor del otro. En una pareja de enamorados el dolor de ella, sea físico o moral, es el dolor de él. Y el dolor de él es el dolor de ella. La incorporación amatoria llega a ser de tal naturaleza que los dolores aislados los sienten en común. Los males de uno se reflejan en el otro. Tanto que la capacidad de sufrimiento es el termómetro que indica la temperatura del verdadero amor.

Ser dos en una carne significa que una vida sufre en silencio las penas de la otra vida, aunque disimule el dolor con música de calle y presente cada día unos ojos sin nubes.

El sufrimiento amoroso alcanza su paroxismo en la leyenda de Orfeo. Poco le importa que su amada Eurídice yazca en las profundidades del infierno. ¿Acaso no es infierno la imposibilidad de sufrir por amor?

Los grandes amores en la literatura y en la vida real han sido siempre amores trágicos, amores sufridos.

El sufrimiento es el primer alimento del amor; de tal manera que todo amor que no se nutre de sufrimiento está expuesto a enfermar y a morir. Se ha dicho que nunca es más fuerte el amor que al comprender que va hacia quien le hará sufrir.

¡Qué bellos resultados los de la investigación dirigida por la señora Singer en Londres! Una descarga eléctrica en la mano de la mujer la siente el hombre en su corazón. El resultado habría sido el mismo en el corazón de la mujer si la descarga eléctrica se hubiera producido en la mano del hombre.

Por otro lado leemos que en los países occidentales de Europa y Estados Unidos siete de cada diez matrimonios acaban en divorcio. La proporción nos parece exagerada, pero es el dato que nos dan las estadísticas.

¿Estaremos necesitados de descargas eléctricas en el corazón, en el cerebro, en la vida de pareja? Hombres y mujeres huyen del amor, no soportan el menor sufrimiento y se parapetan tras mezquinos egoísmos. Así nos va. La soledad sentimental, la falta de amor está conduciendo a la depresión, a la esquizofrenia, a la locura.

© J. A. Monroy, ProtestanteDigital.com, 2004 (España)

 
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