| ¿Quién será el referente moral de España en los próximos cuatro años?
El resultado de las últimas elecciones legislativas va a significar, presumiblemente, un cambio muy considerable en la vida de España durante los próximos años. Presumiblemente también ese cambio va a tener repercusiones en terrenos como la economía, la sanidad, el empleo, el posicionamiento internacional de España y, por supuesto, la calidad de vida de sus habitantes.
Sin embargo, no es mi intención ocuparme de esos temas en estos momentos. Decidir sobre el mejor modelo educativo, económico, impositivo o territorial queda en última instancia al arbitrio de cada persona y, de buena fe y con convicción, se puede pensar que lo mejor para una sociedad es subir los impuestos o, por el contrario, que una medida semejante es una pedrada en el ojo para el empleo, el saneamiento de las cuentas del Estado y el crecimiento económico.
Por el contrario, sí desearía detenerme en otra consideración y es la referida a la aprobación de normas que chocan directamente con bases morales no referidas ya a la ética cristiana sino a una ética anterior, la natural, sin la que ninguna sociedad puede aspirar a subsistir. La llegada del PSOE al poder va a implicar en el espacio de muy poco tiempo el intento de aprobar cuatro leyes anunciadas en su programa electoral y que están referidas a cuestiones como la aprobación de los matrimonios homosexuales, la legalización de la adopción de niños por parejas homosexuales, la despenalización total del aborto y un ataque furibundo de carácter laicista contra la libertad de enseñanza enmascarado de supuesta neutralidad cuando no es sino una pretensión de adoctrinamiento en manos del poder estatal.
A mi juicio, sólo hay dos posibles caminos para hacer frente a esa situación. Uno es el de guardar silencio, considerar que a fin de cuentas este mundo es perverso y, por lo tanto, la perversidad no debería sorprendernos y emplearnos a fondo en intentar obtener alguna concesión del nuevo gobierno. El otro camino es el de asumir nuestro papel de sal y luz, de referentes morales ante esas situaciones, y manifestar nuestra más firme repulsa frente a semejantes quiebras de la ley moral que incluyen el asesinato de millares de inocentes en clínicas abortistas – un floreciente negocio sobre el que no suele hablar nadie quizá porque sus propietarios son miembros de no poca monta de la progresía española – o la entrega de criaturas en manos de parejas homosexuales, un comportamiento, dicho sea de paso, que ha sido rechazado por sentencia del tribunal de Derechos humanos de Estrasburgo.
La primera vía nos coloca en el camino de callar a cambio de unas migajas (que ni siquiera son seguras) pero también en el de traicionar nuestra misión de advertir a esta sociedad de que va hacia un hundimiento moral cada vez peor, de que Dios descarga Su juicio sobre ciertos pecados y de que sinceramente es dudoso que el Señor vaya a pedir disculpas por lo que hizo en Sodoma y Gomorra simplemente porque así lo hayan decidido los progres de este país.
La segunda vía es mucho más difícil. Implica
ir de cara a la corriente, no tener temor salvo de Dios y abandonar
la mentalidad de ghetto que nos ha caracterizado durante años.
Tiene también – no voy a negarlo – sus peligros frente
a un partido que se ha mostrado a lo largo de su historia decidido
a cambiar la mentalidad de la gente desde arriba a cualquier
precio. Sin embargo, personalmente, yo no veo otra salida coherente
con nuestra misión de ser sal y luz. Eso o dejamos a
la iglesia católica el papel de ser el único referente
ético en una sociedad que se desploma moralmente y va
a hacerlo de manera más estrepitosa en los próximos
años. Si así sucede, por favor (y por decencia),
ahorrémonos las jeremiadas sobre que los poderes públicos
no nos ayudan porque habremos sido nosotros mismos los que nos
habremos arrojado al abismo con un peso atado a los pies.
César Vidal Manzanares es un conocido escritor, historiador y teólogo.
© C. Vidal, España 2004, ProtestanteDigital.com |