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Número 27 - 21 de marzo, 2004
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pablo Martínez VILA  

El pragmatismo en la Iglesia

Quizás lo más triste del pragmatismo es comprobar cómo se infiltra también en la iglesia de forma sutil. Los criterios pragmáticos están influyendo sobre todo en dos áreas: la evangelización y la eclesiología.

EVANGELIZACIÓN

En la primera, preocupa cómo el éxito o fracaso de una campaña evangelística se mide, ante todo, por las cifras: el número de decisiones, de contactos, etc. Este énfasis puede llevar a situaciones grotescas como afirmar que «en las campañas de estos, años tuvimos 33.3 conversiones» (¡cita textual!). Las cifras tienen su lugar y no queremos menospreciar su importancia. Pero no es bíblico evaluar el éxito de un proyecto de evangelización en términos primeramente de resultados contables. No es nuestro tema aquí, pero la fidelidad al mensaje evangélico, el valor del testimonio colectivo, el impacto espiritual sobre personas anónimas (que no tomaron una «decisión) o la bendición sobre los creyentes que participaron en la evangelización son sólo algunos de los parámetros que ninguna estadística puede medir.

Forman parte de realidades mucho más profundas que escapan a las herramientas precisas, pero muy superficiales, del pragmático.

Otro ejemplo en esta área es el contenido del mensaje. No se puede presentar el Evangelio primariamente como un manual de autoayuda, algo que «funciona y va bien»: «Prueba a Cristo v verás lo bien que te va». Este énfasis, aunque de buena fe, refleja la influencia pragmática del mundo sobre la Iglesia. Por supuesto que el mensaje de Cristo tiene elementos de autoayuda y su poder para transformar vidas es maravilloso. Dios cambia las miserias morales y emocionales de existencias arruinadas en vida abundante. Pero esta no es la razón primera para predicar el evangelio. La razón primera es que Cristo es la verdad y la vida. Todo lo demás viene como consecuencia, por añadidura.

ECLESIOLOGÍA

La influencia del pragmatismo sobre la eclesiología se percibe también en el énfasis primordial en el crecimiento numérico de una iglesia local. ¡Benditas sean las iglesias grandes! ¡Ojalá hubiera muchas en nuestro país! Grande fue la iglesia de Jerusalén y nos ha quedado como modelo en muchos aspectos. Pero el éxito de una iglesia local no se puede medir, primeramente, por su crecimiento numérico.

La meta de una iglesia no es crecer con muchos miembros, sino que todos los miembros crezcan n la imagen de Cristo. Un énfasis prioritario en los números puede desvirtuar la importancia bíblica de la madurez espiritual y la santidad, que son aspectos a cultivar no sólo de manera individual, sino también comunitaria. Dicho esto, una iglesia que no crece en absoluto en número debe examinarse, porque algo falla en su vida.

Pablo Martínez Vila ejerce como médico psiquiatra en Barcelona (España), donde también colabora corro anciano en una iglesia bautista. Además es presidente honorario de los GBU y presidente de la Alianza Evangélica Española, y un conocido conferenciante y expositor bíblico en España y otros países.

© P. Mnez. Vila, revista Andamio (GBU), España 2004, ProtestanteDigital.com

 
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