| España entera llora
‘Por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad. Mi porción es el Señor, dijo mi alma; por tanto, en él esperaré.
Bueno es el Señor a los que en él esperan, al alma que le busca. Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor. Bueno le es al hombre llevar el yugo desde su juventud.
Que se siente solo y calle, porque es Dios quien se lo impuso; ponga su boca en el polvo, por si aún hay esperanza; dé la mejilla al que le hiere, y sea colmado de afrentas.
Porque el Señor no desecha para siempre; antes si aflige, también se compadece según la multitud de sus misericordias; porque no aflige ni entristece voluntariamente a los hijos de los hombres.
Desmenuzar bajo los pies a todos los encarcelados de la tierra, torcer el derecho del hombre delante de la presencia del Altísimo, trastornar al hombre en su causa, el Señor no lo aprueba.
¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? ¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado.
Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos al Señor; levantemos nuestros corazones y manos a Dios en los cielos; nosotros nos hemos rebelado, y fuimos desleales; tú no perdonaste.
Desplegaste la ira y nos perseguiste; mataste, y no perdonaste; te cubriste de nube para que no pasase la oración nuestra; nos volviste en oprobio y abominación en medio de los pueblos.
Todos nuestros enemigos abrieron contra nosotros su boca; temor y lazo fueron para nosotros, asolamiento y quebranto; ríos de aguas echan mis ojos por el quebrantamiento de la hija de mi pueblo. Mis ojos destilan y no cesan, porque no hay alivio hasta que el Señor mire y vea desde los cielos; mis ojos contristaron mi alma por todas las hijas de mi ciudad.
Mis enemigos me dieron caza como a ave, sin haber por qué; ataron mi vida en cisterna, pusieron piedra sobre mí; aguas cubrieron mi cabeza; yo dije: Muerto soy.
Invoqué tu nombre, oh Señor, desde la cárcel profunda; oíste mi voz; no escondas tu oído al clamor de mis suspiros. Te acercaste el día que te invoqué; dijiste: No temas.’
(Lamentaciones 3:22-57)
Uno de los géneros literarios que sirven para encauzar las emociones más profundas del ser humano es la lírica y dentro de ella cabría citar la elegía como vehículo idóneo de expresión artística del dolor. El sufrimiento ha sido, es y será el yunque en el que la sensibilidad y el genio artístico ha fraguado sus más logradas creaciones. Puestos a elegir algún monumento literario de ese género, dentro de las letras españolas, es posible que haya tres, para mi gusto, que descuellen por encima del resto. Uno sería la magistral pieza de Jorge Manrique (1440-1478) titulada Coplas a la muerte de su padre , otro sería la no menos genial de Rodrigo Caro (1573-1647) titulada A las ruinas de Itálica , y el tercero sería el memorable poema de García Lorca (1899-1936) titulado Llanto por Ignacio Sánchez Mejías . En la primera de estas obras, de forma particular, se constatan algunas realidades de esta vida: su transitoriedad y efímera gloria, que producen un hondo pesar por la pérdida de aquello que otrora fuera grande, dando paso a una reflexión acerca del valor de las cosas que verdaderamente importan, siendo así portadora de un mensaje de profunda carga moral.
Pero no sólo en la literatura española ha ocupado la elegía un lugar de primer orden: También en la literatura de todos los tiempos y lugares. Por eso en la Biblia no podía faltar este género en algunas de las más elevadas composiciones jamás escritas. Sus poetas, como David o Jeremías, supieron plasmar el dolor inconmensurable que les produjo la pérdida de una vida (Saúl) o de una nación (Judá). Sin duda la pieza elegíaca por antonomasia de la Biblia es el libro de las Lamentaciones, redactado tras la hecatombe nacional que resultó en el hundimiento de aquel pueblo y en su consiguiente cautiverio. La consumada maestría alcanzada en ese poema se aprecia al constatar que se trata de un acróstico, esto es, un conjunto de versos cuyas letras iniciales siguen el orden de las veintidós letras del alfabeto hebreo. Está compuesto de cinco capítulos arreglados por el criterio mencionado, de los cuales los dos primeros capítulos y los dos últimos contienen veintidós versículos, teniendo el tercero sesenta y seis y estando agrupado en una serie de veintidós estrofas triples que siguen la cadencia del alfabeto hebreo. De manera que en esa composición se aúnan técnica y dramatismo, arte y hondura en un nivel que sólo alguien inspirado por Dios puede alcanzar.
Hoy, que España entera llora; hoy, cuando los psicólogos nos dicen que es bueno llorar y expresar los sentimientos, tal vez sea la ocasión para abrir la Biblia por ese libro de Lamentaciones y llorar con él y por medio de él. Por eso quiero aludir al pasaje arriba citado, extraído del capitulo tercero, y deducir varios pensamientos que el mismo me sugiere:
La magnitud de la tragedia . Se trata de una catástrofe de dimensiones colosales, pues es nada menos que la pérdida de su entidad como nación, de sus instituciones y de su ancestral hogar nacional, simbolizado en la ciudad de Jerusalén, además de la pérdida de incontables vidas humanas.
El atenuante de la tragedia . Que podría haber sido peor (la aniquilación total), de no haber sido por un solo factor: La misericordia de Dios, que en medio del desastre mitigó su dureza.
El dolor por la tragedia . El autor, que representa el sentir de todo su pueblo por lo que ha sucedido, da rienda suelta a su aflicción en ese llanto del que hablan nuestros psicólogos.
El autor de la tragedia . Este es uno de los puntos en el que el análisis de Lamentaciones se aparta del nuestro, porque los caldeos no son los autores últimos del desastre, sino que por encima de ellos y detrás de ellos hay una causa primaria que no es otra que el mismo Dios. Si su soberanía es absoluta ello quiere decir que su voluntad, la perfecta y la permisiva, está tras todos esos acontecimientos. Lo que ha pasado no es la mera consecuencia del devenir militar o político de un pueblo sino un acto judicial de Dios. Es el lado severo (ese lado que en aquel entonces no se quería ver y que actualmente se niega) de su carácter.
La maldad detrás de la tragedia . Dicho lo anterior, para el autor de Lamentaciones queda clara una cosa: Dios no es cómplice de las maldades que los caldeos han cometido en Jerusalén, de las cuales sus autores tendrán que dar cuentas a su debido tiempo.
La reflexión en la tragedia . Hay un ¿por qué? existente en este pasaje que no va dirigido para cuestionar a Dios o sus métodos sino para cuestionar la falta de conciencia de pecado (vocablo ridiculizado entonces y ahora) en el pueblo. En otras palabras, lo que ha ocurrido es lo que tenía que ocurrir porque el requisito para que se produjera el desastre, la provocación deliberada y reiterada contra Dios por parte del pueblo y de sus gobernantes, hacía mucho tiempo que estaba presente. Ese ¿por qué? es perturbador porque recalifica a los que a sí mimos se consideran inocentes llamándolos culpables.
La actitud ante la tragedia . La reflexión anterior debe guiar a un cambio de actitud, que consiste en esperar en Dios, buscarlo y convertirse a él. ¿Habrá algún español que, tras el 11-M, busque a Dios?.
La luz tras la tragedia . Esa luz es la respuesta consoladora de Dios al alma que, desde su oscuridad, gime y clama. La misma respuesta amorosa que él dará hoy también a cualquiera que le busque y se vuelva a él. Es decir, en este libro en el que resaltan cualidades de Dios en las que no nos gusta pensar, como su justicia, su ira y su santidad, también descuellan otras, como su compasión y ternura, en un admirable equilibrio que tantas veces nosotros no somos capaces de retener.
Soy consciente de que el mensaje de Lamentaciones es muy difícil de digerir (como ocurre con toda la Palabra de Dios), porque allí hay un llanto añadido al aludido por nuestros psicólogos, un llanto que no es causado únicamente por la tremenda pérdida humana y material sino uno originado por la conciencia de fracaso ante Dios.
En este llanto hay una clase de tristeza que no está presente en el otro llanto y esa tristeza es la tristeza según Dios. Una tristeza que, lejos de desembocar en la desesperación y el endurecimiento, produce arrepentimiento para vida. Ojalá (esta palabra procede del árabe y significa ‘y quiera Dios') que los españoles encontremos el camino a esa clase de tristeza, pues de lo contrario cosas peores que el 11-M nos pueden acontecer.
Wenceslao Calvo es conferenciante
y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2004, Madrid, España. |