| 11M: la soledad de los móviles
Desde este artículo especial, quiero mostrar mi profundo sentir con las víctimas de la masacre de Madrid. Y para ilustrar mi dolor, me voy a fijar en el contraste de la explosión de muerte, la violencia del fuerte estampido de las bombas, con los sonidos posteriores que se podían oír desde el bolsillo de los ya muertos, de los que ya no contestarán jamás a estos sonidos suaves de los teléfonos móviles. Sonidos suaves, musiquitas elegidas por la preferencia de su dueño.
La mano que apretaba con urgencia la tecla para ver quién le llamaba, no la volverá a apretar más. Porque casi siempre es urgente ver quien ha puesto en funcionamiento nuestra música elegida: será la novia, la madre, el hijo, el abuelo que tiene un problema. En el 11-M sonaban por otra causa. Se estaba dando la noticia del atentado en todos los medios de comunicación. Se desata la ola de los móviles. ¡Qué será de mi hijo, de mi padre, de mi mujer, de mi novia...! Porque iban en ese tren. Así, móviles sonaban junto a los cadáveres, músicas que marcaban la soledad del que no encuentra respuesta. Sonidos que indicaban la danza de la muerte: ¡Mi novia, mi hijo, mi padre..., no coge el teléfono! El alma se parte y las lágrimas corren a borbotones.
Los móviles que se han hecho como un instrumento de comunicación, se comunicaban con la ausencia de respuesta. Varios timbrazos, la sucesión de tonos musicales... sin que llegue la voz de la persona amada. Teléfonos aliados con la soledad, el silencio y la frialdad de la muerte. También eran teléfonos móviles los que estaban en las mochilas cargadas de dinamita y servían para causar la detonación. Los móviles como herramienta mortífera: ¡Malditos terroristas! Malditos desalmados que no han respetado ni a la infancia, ni a la mujer, ni al estudiante, ni al trabajador. El último muerto era una niña de siete meses. No pudo llegar a conocer el uso del móvil. El sonido que le quitó la vida era tan fuerte que la ensordeció para siempre.
Prefiero ver los móviles comunicando ideas de amor, de solidaridad... o de enfado y de odio. Pero no del odio que quita la vida. El mismo día del atentado me fijé en un niño de color, de unos seis años que iba delante de su padre hablando con un móvil. Iba feliz y sonriente. Su móvil funcionaba y encontraba respuesta. Quizás, su madre al otro extremo, estaba contenta... viva. El móvil tenía sentido. Daba vida a la relación materno-filial. Pero los móviles que sonaban entre los cadáveres de Atocha se transformaban en sonido de muerte, de terror, de lágrimas para los que no encontraban la respuesta. Sonidos que rompían la seriedad de los coches fúnebres. Pasé ese mismo día por Atocha, cerca de la estación del Ave y me quedé sorprendido al ver una fila de coches fúnebres esperando cargar una carga que no debieran haber cogido aún.
Luego, después, muchos móviles se quedaron muertos, sin posibilidad de llamar. Se habían puesto filtros y estaban colapsados. Demasiada gente queriendo llamar y los móviles no obedecían. Lloraban tristes. Se cortaban sus sonidos, decían no tener cobertura. Hicieron como la Alambra de Granada que se quedó a oscuras. Es mejor la oscuridad para llorar la muerte. Que no nos vean. Que nadie contemple nuestra tristeza. Que el móvil se apague, que la voz se quiebre. Hoy todos hemos perdido algo. Nos faltan doscientos y muchos otros cientos sufren en los hospitales. Otros, los familiares, casi agonizan en el pabellón del IFEMA donde está la morgue. Muchos van agarrados a sus móviles, escuchando consejos de sus familiares. Muchos móviles se llenan de lágrimas, o se empapan de la nariz que fluye o de la boca que no puede cerrarse. El móvil es el testigo de excepción del dolor de los familiares.
Que nunca más se dé esta situación. Que los móviles sigan sonando alegres, porque ya no va a haber más atentados, más terror. Que los móviles se usen para la comunicación humana, para que todos estemos más cercanos, para compartir alegrías... y quizás algunas penas, porque la vida es así. Pero que no se usen los móviles para el terror, que no vuelvan a sonar masivamente sin respuesta, porque a su dueño le han quitado violentamente la vida. Que sus músicas sean un canto a la vida, un canto al trabajo y al estudio, porque sus dueños los pueden usar en libertad: ¡Hola, Papá! Estoy bien. Estoy contenta. El profe me ha puesto un sobresaliente... Y que el padre estalle de alegría ante la vida que fluye en plenitud y libertad porque el terror ha sido eliminado y las pistolas y las bombas se han callado.
Juan Simarro Fernández, licenciado
en Filosofía,
escritor
y director de Misión Evangélica Urbana
de Madrid.
© J. Simarro, 2004, Madrid, España. |