 |
Libertad y sufrimiento
¿Aquello que fue, ya es; y lo que ha de ser, fue ya; y Dios restaura lo que pasó
Eclesiastés 3, 15
Asumimos que gran parte del sufrimiento humano se debe a nuestra libertad de decisión. El hecho de que no seamos marionetas o autómatas nos da una libertad que nos convierte en los seres más sublimes del Universo conocido, capaces de elegir entre perdonar o aniquilar, amar o torturar, aceptar o discriminar… Hablar de sufrimiento es hablar también de nuestra mediocridad, de la de todos, porque: ¿cuánta de nuestra infelicidad está causada por la envidia, el orgullo o la autocompasión?
Nuestras heridas emocionales no son siempre causa ajena; a menudo emergen de nosotros mismos, de nuestra incapacidad para ser felices con lo que tenemos mientras perseguimos lo que deseamos. Y es que el libre albedrío es luz y sombra, pues se erige como cenit de las cualidades humanas a la vez que se enarbola como una de las armas más destructivas que existen. ¿Merece la pena pagar el precio?, ¿hubiésemos preferido la idea de los autómatas para no sufrir? Quizás no.
Existen sufrimientos de difícil explicación: una violación en el ascensor, un terremoto, unas siamesas unidas por el cráneo, una inundación, o la desolación del reciente Jueves Sangriento... y enseguida surge la pregunta: ¿dónde está Dios? Es inútil tratar de ofrecer una explicación plenamente satisfactoria para ciertos tipos de tragedias, por lo que se comprenden planeamientos del tipo: “si Dios existe y es bueno, lo que entonces no podrá ser es Todopoderoso”. En cierto modo se trata de una reflexión honesta, pero dejarla ahí tampoco resulta justo.
¿Qué les ayudó a los esclavos negros de América del Norte a componer canciones llenas de esperanza en medio de la más patente injusticia?, ¿qué sostenía a los creyentes sinceros que disentían de la religiosidad de la Inquisición española?, ¿qué hacía que aquellos que iban a ser arrojados a la arena del circo romano no renegaran de su experiencia con Dios?
Muchas personas han descubierto un propósito para sus vidas del que ningún dolor les hace abandonar. Para quienes han decidido creer, el Jesús de los evangelios no se muestra como un abuelo bobalicón al que todo le da igual, sino que más bien se presenta como quien hace justicia y humilla al soberbio. Para el que ha descubierto la alquimia de la vida en un Dios que ha venido a quitar la culpa y a perdonar las propias injusticias existe una esperanza en un mundo mejor. La creencia en los Cielos y en la vida eterna no esquiva -como Marx pensaba- la lucha por la equidad en esta tierra. Todo lo contrario, pues Cielo y Tierra se funden en la esperanza -presente y futura- ofrecida por el Cristo de los evangelios.
La justicia de la vida futura ofrece una luz para el problema del sufrimiento. En realidad es la única luz para el dilema del mal, como tampoco olvidamos que dolor es en ocasiones un elemento positivo: actúa de alarma preventiva ante agresiones peores, del mismo modo que experimentamos que el carácter y la madurez se forjan ante situaciones difíciles. Pero incluso así, reconocemos que el sufrimiento no deja de ser el enigma con más capacidad para enloquecer a los hombres y mujeres. El dolor da cuenta de nuestra pequeñez y nos apunta para gritarnos que no estamos al control de la nave, como si macabramente se burlase de nuestra artificiosa autosuficiencia. A fin de cuentas, el hecho de confiar en la justicia divina es la única promesa válida, ya que todo lo demás es un sucedáneo, un eufemismo que recubre la exaltación del fraude universal de una existencia sin Dios.
Si Juan 3, 16 se convierte en la condensación máxima del evangelio, otro “3, 16” –en este caso el de Eclesiastés- se levanta como la gran esperanza blanca ante el horror: “Vi más debajo del sol: en lugar del juicio, allí impiedad; y en lugar de la justicia, allí iniquidad. Y dije yo en mi corazón: Al justo y al impío juzgará Dios; porque allí hay un tiempo para todo lo que se quiere y para todo lo que se hace.” Mientras luchamos por la equidad, sólo nos queda esperar ese día, soñar con un nuevo lugar y desearlo ahora entre nosotros. Nos toca batallar y confiar en que Dios hará el resto, pues a pesar de todo, merece la pena agarrarse a Cristo, la única paz definitiva, la respuesta completa al problema del terror. No hay más.
Luis Marián trabaja en Madrid
como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante
de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado
al diálogo con no creyentes. |
|