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Número 28 - 28 de marzo, 2004
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Jorge fernÁndez

Derechos humanos: la opción sexual

Ante la posibilidad de que la ONU incluya a la opción sexual como uno de los Derechos Humanos fundamentales del hombre (lo que podría llegar a convertir en delito a cualquier declaración en contra de la homosexualidad), se me ocurren dos o tres reflexiones:

1.- Que los cristianos debemos estar siempre determinados a obedecer a Dios, antes que a los hombres . La desobediencia civil no debe ser nunca el primer recurso (ni el segundo, ni el tercero, si los hubiera), sino el último. Pero llegado el caso - y la historia está repleta de ejemplos al respecto- debemos asumir esta posibilidad valientemente y aceptando todas las consecuencias.

2.- Que, no obstante, los cristianos - y muy especialmente los pastores- debemos buscar la guía del Espíritu Santo para saber cómo actuar y qué contestar a los sinceramente interesados, a los curiosos y a los provocadores que quieran conocer nuestra opinión al respecto . Y creo que también será oportuno asesorarnos jurídicamente para saber cuándo uno pueda estar incurriendo verdaderamente en un delito, ya que tampoco se trata de que, por falta de una "santa astucia", un hombre de Dios sufra la humillación de ser tratado como un delincuente. Jesús es un buen ejemplo de esa "santa astucia" en sus respuestas a los tramposos y a los provocadores, como cuando le preguntaron por el tributo al César, por poner un ejemplo.

3.- Que no nos vendrá nada mal, por nuestra parte, una revisión de los argumentos y de los términos que empleamos a veces para reprobar ciertos comportamientos humanos - como en el caso que nos ocupa - dejando de lado aquellos que puedan resultar gratuitamente ofensivos para las personas y escogiendo las palabras y el tono adecuados para nuestra denuncia profética. No me refiero a dar un mensaje híbrido ni desapasionado, sino a que el celo y la pasión por la verdad sean encausados por la sabiduría de Dios y el amor de Cristo.

Referirnos a la homosexualidad con calificativos como "vergonzoso", "repugnante" o "inmoral" -por ejemplo- puede ser interpretado de una manera u otra, según quien nos escuche e, incluso, esto puede resultar objetivamente injusto si no aplicamos los mismos calificativos a otros comportamientos que los merecen tanto o más, como ser la violencia de género o el cohecho.

Llamar a las cosas por su nombre - en mi modesta opinión - es decir que la homosexualidad es PECADO, y punto. No sólo su "práctica", sino su mera aceptación y apología. Y lo es, en la misma medida en que lo son el adulterio, la prostitución, la pornografía y el sexo fuera del matrimonio (unas prácticas mucho más aceptadas en nuestra sociedad y que, tal vez por eso, no tienen a nadie que las reivindique ante la ONU). Todos estos son comportamientos sexuales claramente contrarios a la letra y al espíritu de la Ley divina.

Me parece una estrategia equivocada, por tanto, el tratar de descalificar las conductas y las ideas de las personas con otra cosa que no sea la Escritura (y ésta interpretada a la luz del Nuevo Testamento), y mucho más en este caso, en el que concurren tantas sensibilidades. Creo, además, que el tema de la "homosexualidad" será una prueba de fuego para aquellos cristianos que suponen que su misión es simplemente "mejorar" la sociedad y no "salvarla" (no ellos, sino el Evangelio, se entiende) , tal vez porque todavía no quieren darse cuenta de que, no podemos esperar que una sociedad postcristiana (tirando más a " neopagana " y que yo prefiero ver como " pre-cristiana "), adopte las verdades absolutas del cristianismo como propias.

Nuestro llamado tiene que ser a la conversión de todos los hombres, más que a la preservación de unas normas de comportamiento social. Como pastor me da igual si una persona (tanto hombre como mujer), que practica la homosexualidad, es mala gente o bellísima persona; si vive en la marginalidad o si se trata de un alto ejecutivo empresarial; mi deber es ayudarle a reconciliarse con Dios y, para ello, llamarle al arrepentimiento y a la fe. Entendiendo, por supuesto, que todo "verdadero" arrepentimiento implica la renuncia a cualquier conducta o idea que resulte contraria a la santidad y al amor de Dios. "…No peques más…", fueron las palabras - tiernas, pero firmes - de Jesús a la mujer sorprendida en adulterio.

Sinceramente, no me imagino qué Juez podría multarme o llevarme a la cárcel por "calumnias e injurias" si, como pastor, me mantengo firme en esta posición teológica, sin incurrir en otro tipo de descalificaciones. Al fin y al cabo, ningún ciudadano está obligado a formar parte de la Iglesia para poder disfrutar de sus derechos en calidad de tal.

Por último, una palabra de esperanza para quienes crean que estamos ante una batalla perdida. En nuestros 15 años de ministerio entre personas con problemas de conducta (drogadictos, prostitutas y chaperos; ladrones y asesinos), también nos hemos encontrado con unos cuantos homosexuales a quienes hemos visto, con nuestros propios ojos, rendirse ante el amor, la santidad y la autoridad de Jesucristo (¡no confundir con religión, por favor!). Hombres y mujeres que han aceptado "la opción sexual de Dios", que les fue dada desde el vientre materno, y con la que hoy se identifican sin conflictos.

Algunos de ellos hoy están felizmente casados y son un testimonio vivo del poder transformador del Evangelio. Pero para poder ver este tipo de "milagros" - como en todas las cosas -, la Iglesia debe proclamar un mensaje claro y coherente; un mensaje que debe ser presentado con un espíritu compasivo y sin fariseísmos de ningún tipo; un mensaje que debe ser sostenido con la fe y la humildad correspondientes, confesando junto con el apóstol Pablo: "…que Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores , de los cuales yo soy el primero …" (1 Tim. 1:15).

Jorge Fernández, nacido en Argentina, es pastor de una iglesia local en Madrid y miembro de la Junta Directiva de Diaconía España
© ProtestanteDigital.com, 2004 (España)

 
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