| La muy mala educación
‘Hijo mío, está atento a mi sabiduría, y a mi inteligencia inclina tu oído, para que guardes consejo, y tus labios conserven la ciencia. Porque los labios de la mujer extraña destilan miel, y su paladar es más blando que el aceite; mas su fin es amargo como el ajenjo, agudo como espada de dos filos. Sus pies descienden a la muerte; sus pasos conducen al Seol. Sus caminos son inestables; no los conocerás, si no considerares el camino de vida. Ahora pues, hijos, oídme, y no os apartéis de las razones de mi boca. Aleja de ella tu camino, y no te acerques a la puerta de su casa; para que no des a los extraños tu honor, y tus años al cruel; no sea que extraños se sacien de tu fuerza, y tus trabajos estén en casa del extraño; y gimas al final, cuando se consuma tu carne y tu cuerpo, y digas: ¡Cómo aborrecí el consejo, y mi corazón menospreció la reprensión; no oí la voz de los que me instruían, y a los que me enseñaban no incliné mi oído! Casi en todo mal he estado, en medio de la sociedad y de la congregación.
Bebe el agua de tu misma cisterna, y los raudales de tu propio pozo. ¿Se derramarán tus fuentes por las calles, y tus corrientes de aguas por las plazas? Sean para ti solo, y no para los extraños contigo. Sea bendito tu manantial, y alégrate con la mujer de tu juventud, como cierva amada y graciosa gacela sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y en su amor recréate siempre. ¿Y por qué, hijo mío, andarás ciego con la mujer ajena, y abrazarás el seno de la extraña? Porque los caminos del hombre están ante los ojos del Señor, y él considera todas sus veredas. Prenderán al impío sus propias iniquidades, y retenido será con las cuerdas de su pecado. Él morirá por falta de corrección, y errará por lo inmenso de su locura.' (Proverbios 5:1-23)
La última película del director de cine español Pedro Almodóvar, La mala educación, ya ha conseguido batir marcas de recaudación en los primeros días de su proyección pues solamente en el primer fin de semana alcanzó la cifra de 250.000 espectadores. La trama de la película se desenvuelve en el entorno de un colegio católico de la España de los años 60, cuando el eje fundamental de la educación era la represión de los deseos sexuales. Junto a esa represión, y como resultado de la misma, se producen los encuentros de carácter homosexual entre un profesor y dos alumnos que marcarán para siempre la vida de sus protagonistas. Aunque la película no es autobiográfica el mismo Almodóvar sabe de lo que habla pues pasó por uno de esos colegios, como muchos de los que ahora rondamos los 50 años, pudiendo su homosexualidad confesa no ser ajena a la educación recibida en aquella fase de su vida.
Para bien o para mal, las décadas de los años 40, 50 y 60 en España estuvieron presididas por la omnímoda presencia de la Iglesia Católica en todos los aspectos de la vida privada y colectiva, no habiendo parcela en la que su presencia no fuera patente. El problema de esta impuesta hegemonía (como de cualquier otra) es que creó tres tipos de personas: los que voluntariamente concordaron con la misma, los que externamente se adaptaron para no complicarse la vida pero en su fuero interno no creían en nada, y los que resolvieron rebelarse contra tal estado de cosas. Los primeros y los terceros eran minoría, los segundos la inmensa mayoría, de ahí que el cine español de la última etapa de los años 60 y primera de los 70 se centrara en la denuncia de todo el entramado de hipocresía social en la que España estaba sumida.
Y como ocurre con la ley del péndulo, que se desplaza de un extremo a otro, así ocurrió cuando la dictadura feneció: de un moralismo ridículo basado en las apariencias se pasó a la exaltación del libertinaje como conjuración de todos nuestros males. Pero en realidad este vuelco significó salir de la sartén para ir directamente a las brasas, como sucede siempre que se cabalga a lomos de esos caballos llamados Imposición y Desvarío. De hecho podríamos decir que el moralismo basado en las apariencias y el libertinaje obsceno son las dos caras de una misma moneda o como los hermanos siameses que comparten un mismo cuerpo pero cada uno tiene su propia cabeza. Ese moralismo y ese libertinaje se necesitan el uno al otro y viven el uno del otro.
El problema de la educación de aquellas décadas se puede resumir en una sola palabra: Obsesión. Había una obsesión patológica con el sexo que dejó profundas huellas en las generaciones de entonces. Todo lo que tuviera que ver con el sexo era pecaminoso y todo lo pecaminoso era el sexo, de manera que había una ecuación muy sencilla en la que no importaba el lugar donde colocaras cada factor: Sexo = pecado y pecado = sexo. La evidente deficiencia de esta pedagogía no podía tener sino consecuencias nefastas. De ahí que los protagonistas masculinos de las películas españolas, las ‘españoladas', de finales de la dictadura sean personajes atrapados en un solo conflicto: el sexo.
Están, pues, justificadas las críticas que el cine de entonces y la película de Almodóvar, ahora, hacen sobre la educación de aquellos años. El problema reside en que esos críticos no tienen algo mejor que ofrecernos. Es decir, la solución a la moralidad-de-apariencias antigua no está en el haz-lo-que-te-venga-en-gana moderno. Seguramente dentro de unos años, y algunos tal vez ya no estemos aquí, haya quien eche una mirada retrospectiva a nuestro tiempo y al sistema educativo permisivo que ahora tiene la hegemonía, para descubrir los muchos males que el mismo ya está produciendo en las generaciones actuales.
Niños y jóvenes, los adultos del mañana, creciendo sin orientación, sin directrices, sin principios, en una confusión moral en la que se les entrega, como hacían los antiguos cananeos, a ese moderno Moloc que es el sexo. Los extremos se juntan, dice el sentido común y la experiencia y, efectivamente, eso es lo que ha pasado en España con la educación de los años 60 y la de finales del siglo XX y principios del XXI. La de los años 60 tenía un referente: Obsesión enfermiza por el sexo; la de finales del siglo XX y principios del XXI tiene otro referente: Obsesión idolátrica por el sexo. Al final, ni unos ni otros han situado el sexo en su perspectiva correcta y unos por defecto y otros por exceso lo han convertido en una maldición.
Pero el texto bíblico arriba citado sí sabe sortear ambos extremos y situarlo en la perspectiva equilibrada. Allí se condena sin paliativos la promiscuidad sexual, describiendo con todo realismo las pérdidas temporales y eternas que acarrea, no obstante sus prometedores inicios. Mas a continuación se habla del sexo en su lugar natural: el matrimonio, ilustrándolo mediante los simbolismos del agua (que apaga la sed, que es abundante, que es renovable, que es propia, que es gozosa) y de la gacela (bella, tierna, delicada y deleitosa). Allí está la verdadera fuente de satisfacción sexual, allí, dentro del matrimonio, la auténtica embriaguez de placer que comienza y termina bien. La mala educación no fue exclusiva de los años 60, sino que es también característica de este comienzo de siglo. Pero hay una buena educación, la que está contenida en el Libro arriba citado. ¿Vamos a dejar que nos la enseñe?
Wenceslao Calvo es conferenciante
y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2004, Madrid, España. |