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Número 30 - 06 de abril, 2004
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JUan simarro

La crucifixión de Jesús, un crimen

Cuando hablamos de la cruz de Jesús o de la crucifixión, muchas veces no pensamos que se trata de un crimen contra el Maestro. Desde el punto de vista religioso o espiritual, pensamos que simplemente la crucifixión fue una opción de Jesús para darnos vida, o que fue así la voluntad del Padre. Damos gracias a Dios por ese sacrificio voluntario en la cruz del Calvario y, raramente, nos paramos a pensar en lo que de persecución, crimen y muerte injusta hay en la cruz de Jesús.

Y no lo debemos olvidar, porque fueron los compromisos de Jesús, su enfrentamiento con los poderosos de la tierra, su lucha a favor de los pobres y de los oprimidos, su condena de acumulación de riquezas y su toma de partido a favor de los más desfavorecidos, lo que le ganó la antipatía, el odio y la persecución de los poderosos de la época. Los poderosos política, religiosa o económicamente. También los religiosos estuvieron implicados en el asesinato de Jesús. Por tanto, además de su vertiente de sometimiento a la voluntad del Padre, estaba la persecución y el odio de los poderosos contra él, que le llevó a que le quitaran la vida cruelmente.

¿Y por qué hemos de pensar en la vertiente de odio y de crimen de la muerte de Jesús? Porque su muerte está ligada desde el principio a un mensaje duro de Jesús a favor de los pobres. Porque fueron sus posicionamientos ante los más poderosos y ante los más pobres los que le llevaron a la cruz. Yo creo que cuando Jesús hace la declaración programática de su ministerio según se narra en Lucas 4, hablando de las buenas nuevas a los pobres, de la libertad a los cautivos y de la liberación de los oprimidos, ya se estaba fraguando una condena a muerte, o si se quiere, el crimen por asesinato del justo. Y recordar la dureza de la muerte de Jesús, nos va a llevar a pensar en las causas de esa muerte injusta o crimen cruel. En las bienaventuranzas y ayes de Lucas, se da la bienaventuranza “Bienaventurados los pobres” que va seguida de los ayes que vendrán a los ricos y a los saciados. Eran mensajes que causaban las iras de los poderosos. La muerte de Jesús se iba ratificando con cada uno de estos mensajes.

Pero lo más duro del caso no era solamente las palabras de Jesús, sino sus acciones, sus estilos de vida y sus compromisos. Sus palabras estaban avaladas con sus hechos. Su compromiso contra los marginadores, acumuladores y poderosos del mundo, ya sea desde el punto de vista político, económico o religioso, iban conformando su asesinato. Y pensar en la cruz sólo como voluntad del Padre o como sometimiento voluntario, elimina todas estas facetas tan importantes del compromiso de Jesús, y caemos en una crucifixión que va a dar lugar a una contemplación de la cruz como algo bonito, incluso como algo artístico... y se pierden las dimensiones del compromiso de Jesús defendido con la entrega de su propia vida. Quitamos a la cruz su imagen cruel y brusca de ser un asesinato por decantarse en la defensa y en el compromiso con los más débiles. Cuando le quitamos esta crueldad y esta dureza a la cruz, caemos en un cristianismo descafeinado, acomodado, de disfrute y falto de compromiso. El crimen es sólo para regocijarnos en él y hacemos de la cruz un simple elemento de decoración. Le podemos poner hasta diamantes y zafiros. La podemos hacer un elemento que represente la riqueza del mundo. ¡Nada más lejos del significado de la cruz! Símbolo de crimen injusto al que luchó por buscar la justicia y la defensa del débil. Crimen al que luchó por desbaratar los planes de los opresores, al que puso al descubierto la injusticia de los poderosos de la tierra.

Y es que, además de morir voluntariamente y por la voluntad del Padre, también moría porque toda su vida se orientó a hacer la voluntad de ese Padre celestial. Pero fueron los que no quisieron someterse a esa voluntad divina que imponía un nuevo reinado de Dios basado en la justicia y la defensa de los oprimidos, los que le mataron. No sólo, pues, mató a Jesús, la voluntad del Padre, sino la mala voluntad de los que se oponían a que en el mundo reinara esa voluntad divina representada por Jesús mismo.

Así, la misión de Jesús estuvo marcada, desde su nacimiento, por su Evangelio, que era Evangelio a los pobres, y desde este lugar teológico, el de los pobres, lanzaba sus mensajes de salvación, liberación y búsqueda de la justicia en contra de los poderosos del mundo. Y esto le llevó al asesinato de la cruz. Muerte injusta. Muerte cruel. Por ponerse del lado de los humildes y en contra de los poderosos y opresores. Ya lo anunció María en el Magnificat o Cántico de María, cuando dijo: “Quitó de los tronos a los poderosos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos”. Ya con estas palabras de María cuando Jesús estaba en su vientre, ya se estaba presagiando una muerte cruel de Jesús. Muerte que, aunque se debe a la voluntad del Padre, no hay que olvidar que también se debe a la mala voluntad de los que no quisieron aceptar el mensaje liberador de Jesús... Y le asesinaron. Dureza y crueldad que no hemos de olvidar de la cruz de Jesús.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor
y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2004, Madrid, España.

 
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