| EL LENGUAJE DE LAS FUENTES, por
Gustavo Martín Gazo,
Cátedra, Juan I. Luca de Tena, 15, 28027-Madrid. Madrid 2003, 206 páginas (CRÍTICA DE JUAN DE RABAT)
Lo advierto: quienes no toleren burlas ni disminución humana de personajes bíblicos, que no lean esta novela. Gustavo Marín, escritor vallisoletano, obtuvo con ella el Premio Nacional de Literatura y otra de sus obras, LAS HISTORIAS DE MARTA Y FERNANDO, fue distinguida con el Premio Nadal en 1999.
Según cuenta el propio novelista, su infancia estuvo marcada por la devoción a una imagen de la Virgen María instalada en el colegio al que asistía, llamado precisamente de San José.
Estos son los dos personajes principales de la novela. Pero aquí aparecen totalmente deformados. Gustavo Marín pinta a una María y a un José distorsionados, borrosos en su imagen física, hundidos en la adversidad, aunque unidos por los más fuertes lazos de amor que en la tierra puedan tejerse.
El tema del amor tiene aquí un tratamiento originalísimo. José se considera un personaje desdichado al no poder realizar nunca sus apetencias sexuales, ya que los ángeles intervenían siempre para impedírselo. Lo único que le es dado a José es cuidar de María, ordenar su ropa, levantarla de vez en cuando en brazos y acariciar la ropa que cubría su cuerpo. Los ángeles no le permitían ir más allá.
Queriendo o sin quererlo, el autor, que ha tenido en cuenta el “Evangelio apócrifo de la Natividad, sigue la tradición católica que presenta a José viejo y achacoso y a María joven y lozana. Esta pintura católica, que no responde a la verdad, trata de negar que María tuviera otros hijos después de haber dado a luz al Salvador del mundo. Los Evangelios afirman lo contrario. Cuando Jesús se presenta en la sinagoga de Nazaret, cuidad en la que había sido criado, sus conocidos comentan “¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Jacobo, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas con nosotros?” (Mateo 13:55-56).
Cuatro nombres de hombres y la mención de hermanas, en plural. Dejándolas en dos, la revelación inspirada del Nuevo Testamento confirma que Jesús fue el mayor de como mínimo siete hermanos.
El autor de EL LENGUAJE DE LAS FUENTES prescinde de la realidad histórica en beneficio de la imaginación. María y José son los protagonistas de la ficción. A estas dos figuras cumbres de la hagiografía cristiana se unen los ángeles, cuya misión es la de abrir un abismo de incomunicación entre los esposos.
Los ángeles de EL LENGUAJE DE LAS FUENTES aparecen como auténticos diablos. José los espía intentando averiguar quiénes son y qué pretenden apartando de él a la esposa. Por otro lado, le tortura la relación que María mantiene con ellos en algunos momentos, cuando se deja cargar a las espaldas de un ángel raptor.
Dice Gustavo Martín: “los ángeles de mi novela no son sino variantes del autómata. Dios los construye con finalidades diversas, y ellos guardan las fronteras del universo y de la razón”.
Los celos, ese monstruo de ojos verdes que perdió a Otelo, dan pretexto al autor para escribir páginas bellísimas, de la 123 a la 130, sobre las sospechas de José. El episodio de María acudiendo a una cabaña perdida en el bosque para encontrarse con un ángel, la impaciencia del esposo ante la tardanza de la mujer, el dolor de creerse engañado, el enfrentamiento de José con el ángel, elevan la imaginación del autor a alturas formidables.
EL LENGUAJE DE LAS FUENTES no se divide en secciones, ni en capítulos. No hay interrupciones de principio a fin. Exige un esfuerzo de concentración y de gran aliento. Es la técnica elegida por el autor, que envuelve en un fluido misterioso y dulcificado los aspectos más duros y sombríos de sus personajes.
Juan de Rabat es escritor y crítico literario.
© J. de Rabat, ProtestanteDigital.com, 2004 (España)
IGLESIA, SOCIEDAD Y ÉTICA CRISTIANA, José María Martínez
y José Grau, Ediciones Evangélicas Europeas, calle Murcia 33, Barcelona 1971, 113 páginas. (CRÍTICA DE JUAN A. MONROY)
Es el segundo libro escrito por José María Martínez en colaboración con otro autor. Pero aquí, a diferencia de en ESCOGIDOS EN CRISTO, la aportación de cada uno está definida.
Después de un prólogo de ocho páginas escrito por Ernesto Trenchard, cuya personalidad esquematicé en mi último comentario, José María Martínez escribe 24 páginas en las que abunda en la primera parte del título que ostenta el libro: IGLESIA Y SOCIEDAD.
La tesis de Martínez enlaza perfectamente con las enseñanzas del Nuevo Testamento. La Iglesia forma parte de la sociedad y tiene la obligación de alimentarla para el cielo, primero para el cielo, pero también para la tierra. “No es nueva la observación de que no sirve predicar el Evangelio a un hombre hambriento”, escribe Martínez. Pone como ejemplo de la actividad social de la Iglesia la mayor parte de hospitales, leproserías, colegios y universidades en el centro de África y en amplias regiones de la India, todo ello fruto del trabajo de misioneros “conservadores” en teología, imbuidos del espíritu de amor al prójimo.
En los cuatro capítulos que forman la primera parte del libro el autor trata de algunos conceptos y movimientos sociológicos difundidos por entonces, el concepto que se tiene del mundo bíblico, la paradójica posición del cristiano respecto al mundo y la necesidad de un cristianismo integral.
José Grau, tan magnífico como incomprendido, relativamente e injustamente olvidado cuando recorre las últimas distancias de vida terrena camino de una eternidad que tiene bien ganada, es autor de la segunda parte del libro.
Grau es un escritor abundante, editor y distribuidor de libros muy leídos, destacado en un primer plano del protestantismo español, predicador solicitado por Iglesias de todo el país y conferenciante de proyección internacional.
Cuando presenta la aportación de Grau en este libro, Trenchard dice que pinta “un cuadro espeluznante que debiera hacernos volver con afán a la Biblia para deleitarnos a su clara luz que disipa el relativismo moral y nos coloca de nuevo ante el Dios Creador, juez de todos los hombres, plenamente revelado en la persona de Cristo”.
Fiel a mi sistema de dar a conocer los contenidos de las obras que comento, me ocupo de la sección del libro escrita por José Grau.
En su primer capítulo, “la nueva moral”, profundiza y discute los postulados de quienes “intentan fundamentar una ética humanística sobre las bases de la comprensión psicológica del ser humano”. Por las páginas de este capítulo desfilan nombres de hombres que radicalizaron la teología de la muerte de Dios en nombre - ¡qué ironía!- de una nueva moral: Robinson, Van Buren, Hamilton, Altizer, Bonhoeffer, Fletcher y Cox. Para Grau, el Evangelio de la salvación en Cristo, que se ha trasladado del terreno de la demagogia al sincretismo de la fe cristiana, ha sido reducido a una simple caricatura por éstos teólogos que han escrito sobre la muerte de Dios y han querido sustituirlo por el endiosamiento del hombre.
El libro lo cierra Grau con unas reflexiones en torno a las exigencias de la ética cristiana. Sus palabras finales son un aldabonazo a la conciencia de los cristianos que seguimos vivos e interesados por estos temas 33 años después de que fueran escritos: “En la medida que seamos fieles a la Palabra de Dios y sepamos discernir las señales de nuestro tiempo, en esta medida estaremos en el camino de las soluciones éticas”.
Juan Antonio Monroy es un conocido escritor y conferenciante internacional © J. A. Monroy, ProtestanteDigital.com, 2004 (España)
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