| Mente cristiana y autoestima
La palabra autoestima se prodiga en medios de comunicación, libros de autoayuda, textos profesionales de la educación, salud mental y ayuda social,... Sin embargo, en algunos medios religiosos de la iglesia, se mira con cierto recelo pues se asimila a autosuficiencia, orgullo y presunción, en contraposición a la humildad que debe presidir el carácter cristiano. Pero, ¿qué es autoestima?, ¿cuál es su origen y manifestación?, ¿cuáles son las bases bíblicas de la autoestima?, ¿cómo lograr un carácter equilibrado mejorando la autoestima?.
Autoestima es la estima propia. Es el componente emocional del autoconcepto o representación mental que tenemos de nosotros mismos. La autoestima es un concepto global, de tal forma que uno puede tener una buena o mala autoestima en general, pero también es un concepto parcial, de tal forma que uno puede tener un buena autoestima profesional pero mala autoestima personal o viceversa, y todavía ésta se puede subdividir en autoestima física, intelectual, social, sexual, ... pudiendo existir diferencias entre sí.
La autoestima es la virtud de carácter que nos permite regular nuestra conducta con metas de superación personal, marcándonos objetivos a corto, medio y largo plazo que nos motiven a perseguir un proyecto vital. La autoestima está relacionada con el valor que damos a la vida, a los demás y a nuestra propia dignidad como personas, de tal forma que nos cuidamos y cuidamos de los demás sin abandonarnos a la apatía, el abatimiento y el desespero frente a la rutina o adversidades de la vida. Por autoestima, las personas hacen aquello que les hace sentir bien: cuidan su estado de salud, buscan la excelencia en su trabajo, cultivan su vida espiritual, realizan actividades recreativas de ocio y tiempo libre, cultivan las relaciones familiares y sociales, dando a los demás el trato que les gustaría recibir.
El origen de la autoestima está en los primeros años de desarrollo infantil, dependiendo de las pautas de crianza con atención de las necesidades básicas de higiene, alimentación, abrigo y afecto incondicional, así como las necesidades más elaboradas de educación con un equilibrio entre el amor y el ejemplo, con un uso adecuado de pautas correctivas de conducta, son determinantes en la formación de una buena autoestima.
En efecto, niños criados con desapego, abandonados a sus necesidades más básicas, crecen con carencias de afecto que están en el origen de una pobre autoestima. Estilos educativos de sobreprotección o autoritarismo, con un exceso de afecto o de normas mal entendidos, también producen una baja autoestima por los sentimientos de inseguridad y temor que producen en la personalidad del niño.
Ya como adultos, podemos tener una buena autoestima profesional, pero a la vez tener una autoestima emocional o social disminuidas por los sentimientos infantiles de inseguridad y temor antes mencionados. Esto se manifiesta en conductas externas de pasividad o agresividad en el manejo de conflictos interpersonales, con dificultad para ejercer derechos básicos como expresar sentimientos negativos, pedir algo, decir no ante peticiones poco razonables, dar una opinión, aceptar o rechazar críticas, actuar de forma diferente a como los demás esperan, etc...
Continuará (Siguiente artículo: Bases bíblicas de la autoestima)
Francisco Gómez Moreno es psicólogo y profesor de consejería del Centro de Estudios Teológicos CET-CARISMA.
© F. Gómez Moreno, ProtestanteDigital.com, España (2004. Madrid) |