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Número 31 - 13 de abril, 2004
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De par en par
JUan simarro

Releer la Biblia en clave de mujer

Acudí con mi mujer al culto que los evangélicos hicimos en memoria de las víctimas del 11-M en el salón de cultos del Centro Betel. Yo estaba satisfecho de que, finalmente, entre muchos hombres que precedieron y salieron a hablar -alrededor de diez- saliera a finalizar el acto una mujer con una oración. Era una de las pocas pastoras que hay en España. Una de las dos que conozco en Madrid. Pero al salir, mi mujer me dijo que era una vergüenza que hubieran participado tantos hombres y solamente una mujer. Y es que en la Iglesia evangélica, aun siendo mucho más avanzada que otras confesiones religiosas en dar cauce a la participación de la mujer, incluso en el pastorado, sigue aún vigente cierto patriarcalismo, el varón como representante de esa comunidad evangélica, el varón representante de una comunidad que, en líneas generales, es mayoritariamente es femenina.

La mayoría de las mujeres de nuestras iglesias, así como de otras comunidades pertenecientes a otras confesiones religiosas, encuentran cada vez más impropio, inadecuado y, se podría decir que hasta ridículo, el que la iglesia y las estructuras eclesiales vayan tan a remolque de lo que va marcando la sociedad y la cultura. Hoy, que la sociedad civil reconoce en todos sus ámbitos – aunque en la práctica haya todavía sus dificultades – que la mujer participe en paridad al varón, la iglesia se queda anclada en el pasado.

Hoy, el tren de la sociedad civil avanza a una marcha que el tranvía religioso no alcanza. Es posible que en algún momento histórico del pasado la religión se haya situado a la vanguardia del pensamiento, pero hoy, ya en el siglo XXI, la religión se queda rezagada, renquea, se arrastra como un pesado fardo ante la participación de la mujer. Y es que la sociedad, la ciencia y la cultura valoran el presente y se proyectan hacia el futuro. Son aliadas de una mujer que lucha por incorporarse al tren de la modernidad y reivindican su participación. Pero las religiones están ancladas en el pasado y su motor de arrastre son tradiciones culturales ya caducas.

Y eso que hablo desde la perspectiva protestante que han tenido una mayor incorporación de la mujer tanto al pastorado como a otros órganos de gestión de las iglesias, como son los propios Consejos de Iglesia que son el motor de las decisiones eclesiales. No obstante, no hemos llegado aún a la integración paritaria de la mujer. La iglesia ha practicado una injusticia que se ha institucionalizado contra la mujer. Pero hay datos y se encienden muchas alarmas de que la mujer sigue viva en las congregaciones, que reivindican su situación y que el sistema patriarcal heredado de la propia cultura en la que se escribieron los libros bíblicos empieza a agrietarse. Muchas mujeres protestantes reivindican la igualdad total de la mujer y una participación paritaria a todos los niveles.

Y la crítica, lógicamente no la hago contra el protestantismo en sí, menos aún contra el cristianismo que ha sido, en Jesús, un reivindicador de la participación de la mujer. La crítica va en contra de tantas discriminaciones de género que subyacen detrás de muchas manifestaciones religiosas, incluyendo las evangélicas, y que son discriminaciones basadas en condicionamientos culturales en donde se han anclado las religiones, así como en egoísmos en defensa de posicionamientos patriarcalistas.

Hoy en día muchos evangélicos dirán que la mujer es igual al hombre en cuanto que tiene la posibilidad de salvación por gracia al igual que el varón, pero en el ámbito eclesial la seguiremos manteniendo en funciones diferentes, que no son ni más ni menos que funciones de sumisión, silencio y obediencia al varón. Reconociendo igualdad paritaria en el orden de la salvación, se mantendrá la sumisión y la dependencia en la práctica diaria de la misión de la iglesia. Si Pablo dijo que no hay judío ni griego, se vio cómo posteriormente siguieron las tensiones entre ambos grupos, las discordias entre judíos y gentiles. Si Pablo también dijo que no hay esclavos ni libres, la historia muestra que después, hasta el mismo apóstol tiene que decir “siervos obedeced en todo a vuestros amos terrenales”. Y si dijo que no hay hombre ni mujer, después tuvo que decir “vuestras mujeres callen en las congregaciones”... quizás impulsado por los valores culturales de la época, pero ese silencio está empezando a romperse, lo cual puede significar que el Cristo roto está empezando a recomponerse. Porque son condicionamientos culturales que no encajan en los entramados culturales de hoy. Porque el mensaje del Evangelio permanece inalterable, pero respeta también las formas culturales... Se produce la inculturación del cristianismo.

Así, quedar a remolque de la cultura, es anclarse en un pasado de muerte. Un cristianismo desinculturado o anclado en las culturas patriarcales del pasado, es una rémora y un freno que hay que evitar. Y hay que evitarlo porque la iglesia se empobrece, se queda mutilada, sesgada. Porque el cuerpo de Cristo está descompuesto y roto. Porque falta la visión totalizante del cristianismo... Falta la incorporación de la mujer a nivel paritario.

Pobre iglesia la sólo gobernada por varones de traje gris, dando igual que sean con o sin alzacuellos. Pobre iglesia si falta la sensibilidad de la mujer asumida en su totalidad. La iglesia sin la plena participación de la mujer pierde vitalidad, se racionaliza y se parte. Por eso la mujer debe romper su silencio. ¡Que hablen y se expresen! ¡Que griten aunque sean sus desacuerdos! ¡Que reivindiquen su participación, aunque sea en unos funerales tan tristes como los del 11-M! Que aporten nuevos visiones morales y nuevos compromisos.

Jesús las apoyó e integró en su ministerio en la tierra. Y la Biblia puede tener una relectura que rehuya los patriarcalismos ancestrales. Una relectura de la Biblia en clave de mujer. Una relectura de la Biblia que no esté en choque con las actuales claves culturales. El mensaje se puede inculturizar. Así será, eso auguro, que, aunque sea casi a la fuerza, participación de la mujer en todos los ámbitos eclesiales es imparable. Sobre todo si los parámetros culturales no cambian. La inculturación de las estructuras eclesiales no se hará esperar.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor
y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2004, Madrid, España.

 
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