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Maldad del juicio precipitado
“Da, pues, a tu siervo corazón entendido para juzgar a tu pueblo,
y para discernir entre lo bueno y lo malo”
1 Reyes 3, 9
La rapidez se ha apoltronado en nuestro mundo sin avisar de su compulsiva invasión. Siendo tan fulgurante como es no podía ser de otra manera, y el caso es que nuestros tiempos hacen que hasta la oferta de ocio nos acabe estresando. Entre tanta carrera, el inhóspito hábitat del mundo rápido se convierte en escondrijo ideal para el engaño, un lugar donde la carnavalera apariencia de verdad permite al embuste disfrazarse a diario, ¿o ya habría que decir al minuto?
El caso es que la información nos satura, nos pervierte, y nos llena la cabeza de cuervos empeñados en sacarnos los ojos. Nos es imposible ir filtrando datos e ir indagando en las fuentes o en las motivaciones de quienes nos proporcionan cantidades ingentes de información.
Da rabia, pero ante la imposibilidad de saber si lo que veo u oigo puede ser verdad o no, asumo que mis criterios se ven golpeados por una espantosa lluvia meteórica de infamias y difamaciones que no sé si están ahí o no. Nadie nos alerta de este cáncer, pero nuestras bocas y corazones se vician de esta falta de tiempo para el sosiego reflexivo y la demanda de parámetros de juicio suficientes como para esbozar una coherente actuación.
Ante tan espeluznante desconcierto uno tiene que decidir ser prudente; tardo para hablar y para ejecutar juicio. En las iglesias se escuchan multitud de oraciones que piden salud, buena economía y el fin de los impíos que atosigan a los justos. Poco eco de plegarias como las de Salomón, a quien Dios le dice: “ agradaste al Señor porque has demandado esto, y no pediste para ti muchos días, ni pediste para ti riquezas, ni pediste la vida de tus enemigos, sino que demandaste para ti inteligencia para oír juicio, he aquí lo he hecho conforme a tus palabras; he aquí que te he dado corazón sabio y entendido ” 1ª de Reyes 3, 11-12.
Es fácil decir que Manolo o Juan es mejor cristiano que Andrés o Josefa. Las comparaciones son el habitual recurso para nuestros juicios rápidos cuando la realidad de fondo no es otra que nuestro desconocimiento acerca de la profundidad con la que Dios escudriña las personas. Podemos decir que Antonia es de carácter irascible, y que el encargado de recoger los bancos de la iglesia es un creyente de menor categoría que el carismático predicador de turno. Torpeza humana, pues no sabemos hasta que punto un individuo queda marcado por su trayectoria de vida, los dones naturales, sus padres, los ambientes sufridos, o hasta de su condición biológica.
Quizás quien sólo quita los asientos y gruñe de vez en cuando es quien estaba abocado a ser un violento violador o asesino, pero gracias a su disposición hacia la obra de Dios ahora está allí, como un gigante de fe ante los ojos de Dios, y como un atrofiado enano ante los humanos. Quizás ese gran predicador estaba llamado a servir a Dios en asuntos más arriesgados como el ser misionero en medio de una guerra africana. Quien sabe si su miedo lo ató a la comodidad de un púlpito en un país tolerante o a la complacencia de una feligresía agradecida. Para Dios, este orador es un cobarde, para los hombres y mujeres un héroe de la fe. De nuevo la parábola de los talentos muestra un mundo de corazones invisibles al ojo humano.
Una mezcla de humildad y rigurosidad no vendría mal a una iglesia que quiere parecerse a Jesucristo. El dolor que nos infringe un comentario injusto acerca de nuestra persona no sólo lo hacen los demás, tú y yo también los ejecutamos, sólo que unas veces nos damos cuenta y otras jamás se nos revela. Traer una nueva y fresca dinámica de búsqueda y súplica de sabiduría en los juicios que ejecutamos trae paz. Abrir la mente, desear la verdad, no pensar que la mayoría siempre tiene razón, y andar en el temor de Dios abre caminos que jamás fueron conocidos para nosotros. Y es por ahí por donde debemos caminar firmes, y con pies de plomo. Más despacito.
Dios se revela en el Antiguo y Nuevo Testamento como el único que escudriña los corazones (Jer. 11, 20; Ap. 2, 23). Nosotros, a menudo, cuando callamos estamos más guapos, más sabios y más exentos de satánicos juicios injustos “ porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido ” Mateo 7, 2. Es bueno a veces canjear oraciones de autocomplacencia por la demanda de sabiduría.
Luis Marián trabaja en Madrid
como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante
de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado
al diálogo con no creyentes. |
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