| Ser responsables
Es interesante a la par que tenso el panorama que se dibuja en España tras el atentado del 11M. Al igual que tras el 11S en Estados Unidos, ya nada volverá a ser igual, aunque algunas cosas parezcan las mismas.
Por ejemplo, la necesidad de control de los líderes islámicos radicales que residen en España. Una asociación de inmigrantes marroquíes (ATIME) se ofrece a ayudar a erradicar a los imames extremistas que residen en España. A pesar de ser una asociación laica, responde al interés de buscar la paz (y evitar el conflicto, a partes iguales). No en vano aglutina a su alrededor a unos 500.000 musulmanes, el 90 por ciento de quienes profesan el islam como religión en España. Con este fin, denuncian que muchos de los imames que predican en España son wahabitas, es decir, radicales y adoctrinados y pagados en algunos países del Golfo.
Su propuesta al nuevo Gobierno socialista es la constitución de un "Consejo islámico" elegido democráticamente. Este organismo sería el encargado de supervisar las mezquitas y designar a los imames que las dirijan.
Sin embargo, quien representa a estos imames es la Comisión Islámica de España, el organismo creado en 1991 en la sede del Ministerio de Justicia para que sirviera de interlocutor oficial con el Estado. Y no le hace demasiada gracia que le quiten o reduzcan su papel, aunque evidentemente no ha podido o sabido ejercer la vigilancia de lo que ocurría en el interior de su cercado.
El pueblo, representado en ATIME, no atesora el criterio que exige la “aristocracia”, aunque tiene la capacidad de la fuerza de sus bases. Y la “aristocracia” tiene poder teórico pero no lo asume (por la razón que sea) a la hora de controlar algo tan esencial como la ética y la libertad frente al terrorismo cruel y tiránico. Reina pero no gobierna. Representa pero no es capaz de implantar de fondo y en su conjunto una identidad acorde a los principios de su propia fe y de la cultura de la paz.
Una tercera opción sería una política por parte del Gobierno de represión de las libertades, de control estricto de cada movimiento, pero esto engendraría marginación, y en las tinieblas de la marginalidad es cuando se forjan las peores reacciones posibles.
Ya no es sólo cuestión de libertad religiosa, sino también de seguridad nacional. Reflexionemos porque es responsabilidad de todos, y a todos nos afecta.
Algo similar le ocurre a la Iglesia católico-romana con la pederastia. Ha sido incapaz de controlarla, y le está suponiendo un coste moral, de credibilidad y de imagen terrible. Pero nadie, ni desde “arriba”, ni menos desde “abajo” ha sido capaz de ponerles freno hasta ahora. Veremos en el futuro. Ojalá que sí, porque al final (como ocurre con el islamismo) la idea que queda al final es la de que “la religión mira lo que hace.”
La Iglesia protestante, en sus distintos niveles, tiene también sus puntos débiles. Diferentes y propios, pero no vamos a entrar en ellos. Para esto se bastan los buenos colaboradores de Protestante Digital, que ya exponen libremente sus valiosas opiniones en formas de crítica constructiva.
Pero no está de más recordar que cuando veamos las barbas de nuestros vecinos cortar, pongamos las nuestras a remojar. Si no somos serios y responsables como primera prioridad, alguien nos acabará pidiendo cuentas algún día. Podemos darlo por seguro, porque además estarán en todo su derecho. |