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Número 31 - 16 de abril, 2004
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Escatología (3)
Jesús el Juez

Pese a lo que hemos señalado en el anterior artículo (Jesús, el que volverá), no parece, sin embargo, que el retorno de Jesús pueda ser interpretado sólo desde una óptica amable como parte de la ideología del judeo-cristianismo palestino. Sin duda, constituía un poderosísimo aliciente, determinante además de comportamientos éticos concretos, en el seno del movimiento. Era el punto focal de referencia de una esperanza proyectada hacia un mañana que se adivinaba de liberación, justicia y recompensa. Pero tal perspectiva excluía sin paliativos a los que no estaban encuadrados en el movimiento. Para ellos, la segunda venida del mesías implicaría el desencadenamiento de un juicio terrible, fruto de no haberse adherido al grupo de los discípulos.

Indirectamente, o quizá no de forma tan indirecta, ésta es la idea que subyace al discurso petrino en Hch 2, 33 ss y que provoca el interrogante de los oyentes acerca de lo que deben hacer para evitar la condena en el mismo (un tema que analizaremos en el artículo siguiente). El Jesús, al que Dios reivindicaba como Señor y mesías, volvería pero, y esto era lógico, ese regreso no implicaría lo mismo para sus discípulos que para los que no lo habían aceptado. Estos, como mínimo, debían esperar ser colocados como escabel de sus pies (Hch 2, 34-5, ver Sal 110, 1). No hay nada en esta interpretación de original, ya que el Sal 110 es corrientemente interpretado en la literatura rabínica como mesiánico (Midrash sobre el Sal 18, 36; Gn Rab. 85, etc), pero sí deja de manifiesto lo que se daba por implícito en el retorno de Jesús.

Lo mismo puede decirse del discurso petrino de Hch 3, 12 ss. Jesús regresará (v. 19-21), pero, en su calidad de profeta anunciado por Moisés (v. 22-23, Dt 18, 15-6), todo aquel que no lo haya escuchado será desarraigado del pueblo de Israel y de las bendiciones anejas a tal condición.

El anuncio de juicio, sin duda, podía ser interpretado con un contenido eminentemente político - o torcido en ese sentido - y quizá ésa es la causa de que no aparezca mencionado en los interrogatorios de Pedro y Juan ante el sanedrín (Hch 4, 1-12; 5, 28-32) aunque el mensaje de que Jesús había resucitado y de la necesidad de conversión no resultaran omitidos. Jesús iba a volver pero ese retorno - que sólo podía ser contemplado como una bendición por los que creían en él - tenía todos los visos de resultar terrible para los que no lo hubieran aceptado. Como señala Hch 10, 42 desde luego formaba una parte esencial del mensaje y extendía tal juicio tanto a los vivos como a los ya fallecidos. Que tal expectativa no causó especial agrado en muchos de los que la escucharon resulta evidente de pasajes como el del linchamiento de Esteban (Hch 7, 56 ss), pero contribuyó considerablemente a alentar la paciencia y la buena conducta de la minoría judeo-cristiana en Palestina, tal y como se desprende de Santiago 5, 17 ss.

La venida de Jesús implicaba liberación para los que habían creído en él (5, 8) pero juicio condenatorio para los que no lo habían aceptado o no eran consecuentes con su fe en Jesús (5, 9).

APOCALIPSIS

En Apocalipsis, la idea de juicio ligada a la segunda venida de Jesús es aún más clara. La esperanza de los mártires - por no decir su reivindicación principal - es que Jesús ejecute su juicio sobre la humanidad (Ap 6, 10). De hecho, el texto parece indicar que ya habrá un juicio condenatorio de Dios sobre la humanidad incrédula antes de que Jesús vuelva. Sobre una situación mundialmente deteriorada por la guerra, el hambre y la muerte, y en la que los cristianos habrán comenzado a padecer persecución (6, 3-11) comenzarán a caer plagas divinas simbolizadas por las trompetas (8, 6-21; 11, 15-19) y las copas (15, 1-16, 21). La contumacia de la humanidad - unida a la persecución de los discípulos - provocará el retorno de Jesús, llevándose con él primero a sus fieles (19, 1-10, especialmente v. 2 y 11) y venciendo después a los seguidores de la Bestia (19, 11 ss). Al final del milenio, se producirá la resurrección de toda la humanidad y tendrá lugar el juicio ante el gran trono blanco y la condena de aquellos qu no creyeron en Jesús al lago de fuego y azufre (20, 11-15).

Aquí nos encontramos con una escatología más detallada que la presente en los discursos petrinos de Hch o en la carta de Santiago, aunque quizá habría que atribuir tal hecho a la circunstancia de que esta obra va dirigida a la comunidad y no a los ajenos a la misma. Se prevé una persecución de los discípulos por parte de los enemigos de Dios, una serie de calamidades de alcance cósmico, un arrebatamiento de los fieles al lado del Cordero, el regreso de éste para vencer a sus enemigos e inaugurar un reino milenario y, finalmente, la resurrección de toda la humanidad, siendo condenados los que no creyeron en Jesús al lago de fuego y azufre. De hecho, en buena medida, el Apocalipsis posee un mensaje especialmente sugestivo en la medida en que anuncia que Jesús viene pronto y que tal regreso implicará recompensa para sus fieles (22, 12ss) y exclusión para los que no lo son, aquellos a los que se denomina "perros" y que pertenecen a la categoría de los "hechiceros, fornicarios, homicidas, idólatras y todo aquel que ama y hace mentira" (22, 15, ver también 21, 8).

El resto de las obras relacionadas tradicionalmente con Juan presentan un punto de vista similar, aunque menos cargado de imágenes simbólicas. También en ellas está presente la idea del juicio condenatorio sobre aquellos que no recibieron a Jesús y la conexión de aquel con el retorno del mismo, aunque ya se haga presente ahora (Jn 3, 16ª8; 5, 22-30; 1 Jn 4, 17, etc).

RESTO DEL NUEVO TESTAMENTO

Una idea similar se contempla, aunque con diversos matices, en el judeo-cristianismo de la diáspora. La carta a los Hebreos conoce, por ejemplo, un juicio particular después de la muerte (9, 27), pero, a la vez, cree en un juicio terrible para los apóstatas y los incrédulos. Este es relacionado con la venida de Jesús (10, 26-39), que será de salvación para los que creen en él (9, 28). También la 1 Carta de Pedro contiene referencias a Jesús como juez.

Como se le atribuye en Hch 10, Pedro vuelve a conectar el juicio de Jesús no sólo con los que estén vivos cuando él regrese sino también con los muertos (4, 5). Para aquellos que no son cristianos, el juicio sólo puede ser una expectativa terrible y más cuanto que tendrán dar cuenta de sus actos ante Jesús (4, 4 ss), pero para los discípulos la creencia en el mismo sólo debe llevarles a vivir más de acuerdo con las enseñanzas recibidas (4, 1-19), viviendo correctamente entre los gentiles (2, 12), sometiéndose a las instituciones políticas del tipo que sean (2, 13-17), soportando la violencia ajena sin desencadenar la propia, sabedores de que ése fue el ejemplo que siguió el mesías al encomendar el juicio al que "juzga rectamente" (2, 19-25). En otras palabras, sólo Cristo aparece dotado de la legitimidad para ejecutar juicio y justicia sobre los que hacen el mal, más específicamente, los que no creen en él y maltratan a los cristianos, y los mismos serán desencadenados en su momento.

La misma tesis es recogida en 2 Pe (2, 9; 3, 7 ss) - donde además encontramos referencia a otros juicios divinos como precedente (2, 4 ss) - y en Judas (14-5) donde además se toma como punto de arranque una interpretación particular de Enoc 1, 9.

En cuanto a los escritos paulinos, existen también pasajes que relacionan la idea del juicio con Jesús y con su venida (Rom 2, 16; 2 Tes 2, 1-12; 2 Tim 4, 1, etc).

CONCLUSIONES

Una vez más, el judeo-cristianismo palestino aparece en las fuentes como el origen de una visión concreta de Jesús que resulta de especial trascendencia para su óptica de presente y de futuro. El Jesús que resucitó no sólo volverá a recompensar a sus fieles sino que además es retratado como el juez condenador de los incrédulos. Esta visión implica que la Historia tendrá un fin y una consumación pero, a la vez, que la visión de éstos ya determina el presente. Si los discípulos recibían presiones o eran víctimas del desprecio - posiblemente, incluso de la persecución - y de la injusticia, su respuesta no había de ser la violencia o la canalización de la esperanza hacia soluciones inmediatas y alternativas. Lo que se esperaba de ellos era que se sometieran a las autoridades establecidas, que soportaran con paciencia el mal - al estilo del Jesús injustamente condenado - y que proyectaran su esperanza hacia el juicio futuro ligado al retorno de Jesús. Cuando él volviera, los que creyeran serían liberados, mientras que los incrédulos recibirían el castigo, una venganza de Dios, absolutamente merecida, que se descargaría sobre los mismos a causa de sus pecados. Entre éstos, el definitivo, por supuesto, era el de no haber recibido a Jesús.

Ante una perspectiva de ese tipo, cabía preguntarse cómo responder ante esa visión del futuro, ya desde el presente. Es más. La misma predicación de los discípulos pretendía - y en esto tomaba pie de Jesús - que los oyentes adoptaran una postura acorde con lo que ahora se anunciaba. Jesús volvería pero no podía ser indiferente para cada sujeto individual el que lo hiciera como libertador o como juez condenador. A la respuesta que, según el judeo-cristianismo palestino, había que dar frente a esta disyuntiva dedicaremos nuestro próximo artículo.

Con todo, antes resultaría conveniente contrastar esta vivencia de la iglesia primitiva con la actual. Lejos de buscar “integrarse” en la sociedad, obtener cuotas de poder político o contar con “presencia”, la iglesia primitiva era consciente de que su razón de ser estaba en su fidelidad a su llamamiento de transmitir el mensaje. Este mensaje no era complaciente con sus contemporáneos sino que señalaba claramente el pecado, el juicio y la única vía de salida. La idea de que un creyente pudiera hacer causa común con los partidarios de legitimar un crimen como el aborto, un comportamiento antinatural y condenado por la ley de Dios como la homosexualidad o una conducta que pretendiera erosionar las bases de una sociedad resultaba absolutamente impensable. También lo era que evitara señalar el pecado, anunciar el juicio y apuntar a Cristo como única solución. Sería sabio reflexionar sobre ello.

Que tal actitud no debió provocar reacciones agradables entre sus contemporáneos a causa de su exclusivismo es algo fácil de suponer. Resulta obvio que eso fue, al menos, lo que sucedió cuando el cristianismo arraigó en territorio no-judío.

Artículos anteriores de la serie de ESCATOLOGÍA
Introducción
I.- Jesús el resucitado

II.- Jesús el que volverá

César Vidal Manzanares es un conocido escritor, historiador y teólogo.
© C. Vidal, Libertad digital, España (ProtestanteDigital, 2004).

 
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