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T. S. Eliot y el asombro del perdón
Abril es el mes más cruel, criando
lilas de la tierra muerta, mezclando
memoria y deseo, removiendo
turbias raíces con lluvia de primavera.
El invierno nos mantenía calientes, cubriendo
tierra con nieve olvidadiza, nutriendo
un poco de vida con tubérculos secos.
(La tierra baldía, 1922)
No hay mejor fechas que éstas para volver a la poesía. No ya porque los días se hacen más largos y el sol brille a veces tímidamente, dando ganas de salir a la calle con un libro en la mano, para convertir la ocasión en un acontecimiento, sino por esas grises tardes de lluvia, cuando uno observa la calle, mientras las gotas golpean la ventana, anunciando el final del invierno. Hay pocos placeres comparables a éste, pero sin duda el mayor de ellos es tener algo bueno que leer un día de lluvia, sentado cómodamente en tu butaca, a la cálida luz de una lámpara, con una suave música sugerente de fondo…
El nombre de Thomas Stearns ha pasado a
la historia de la literatura por esas iniciales que acompañan
siempre su apellido, T. S. Eliot. Premio Nobel
en 1948, este autor parece la quintaesencia de lo británico,
si no fuera porque nació en la patria del blues,
Sant Louis, bajo el cielo de Missouri. Era el último
de siete hermanos de una familia de Boston, establecida por
un calvinista emigrado a Nueva Inglaterra. Su padre tenía
un próspero negocio de hacer ladrillos, aunque su abuelo
era predicador unitario. Había sido enviado
como misionero al católico St. Louis, pero llegó
a ser rector de Harvard y fundador de la Universidad de Washington.
Aunque fue su madre la que le dio la vena poética,
ya que ella también escribía versos. Eliot publicaría
luego un libro suyo dedicado a Savonarola. Era una mujer religiosa,
que dio a sus hijos una estricta disciplina basada en la práctica
de la autonegación, por la que el poeta se sentía
siempre culpable por cualquier placer, por muy inofensivo
que fuera.
Al sufrir de una hernia congénita el joven Eliot descubrió el único placer que le parecía tolerable: los libros. Lejos de toda actividad social, deportes o juegos, no se sentía más santo por ello, sino todo lo contrario. Siempre tuvo una clara conciencia de su pecaminosidad y su culpa, que le hacía hundirse en una profunda angustia, en la que se veía dominado por el escepticismo y la desilusión, sin encontrar paz alguna. Era el principio de un siglo lleno de luchas y cambios, pero también de grandes incertidumbres.
Habrá tiempo de asesinar y de crear,
y tiempo para todos los trabajos y los días de las manos
que levantan y dejan caer una pregunta en tu bandeja;
tiempo para ti y tiempo para mí,
y tiempo aún para cien indecisiones,
y para cien visiones y revisiones
antes de tomar té con tostadas.
(La canción de amor de J. Alfred Prufrock, 1917)
Eliot fue a Harvard, donde se licenció en 1910 en literatura
inglesa. Viaja entonces a Europa, donde escribe Prufrock
y Retrato de una dama. Después de un
año en la Sorbona de París, hace amistad
con alguien llamado Jean Verdenal y sigue las clases de Bergson,
junto a otro poeta español, Antonio Machado. Vuelve
luego a Harvard para doctorarse en filosofía, interesándose
por el sánscrito y las religiones orientales. Le atrae
especialmente el budismo, pero no consigue por él paz
alguna, ni ve criterio en su pensamiento que permita una objetividad
para descubrir ese Absoluto que busca en la filosofía
de Bradley.
El poeta estaba en la Universidad alemana de Marburg cuando comienza la gran guerra. Tiene entonces que abandonar el país, para marchar a Inglaterra, donde continua su carrera académica en Oxford. En 1911 se casa con una bailarina, Vivienne, al poco de conocerla. Va a ser un matrimonio difícil. Su historia ha sido llevada ya al cine por un director británico Brian Gilbert en Tom y Viv, una película que hicieron Willem Dafoe y Miranda Richardson en 1994. La guerra va a traer la muerte de su amigo Jean en Francia. La cultura europea se ve así hundida en el barro y la sangre de una larga guerra de trincheras, que deja toda una generación rota.
Ciudad irreal,
bajo la niebla parda de un amanecer de invierno,
una multitud fluía por el Puente de Londres, tantos,
no creí que la muerte hubiera deshecho a tantos (…)
Allí vi a uno que conocía y le paré, gritando: “¡Stetson!
¡Tú que estabas conmigo en las naves en Mylae!
Ese cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,
¿ha empezado a retoñar? ¿Florecerá este año?
(La tierra baldía, 1922)
Tras ver aceptada su tesis doctoral en Harvard, el poeta finalmente decide no presentarla, al tener que cancelar su viaje en el último momento por el peligro que supone cruzar un mar lleno de submarinos alemanes. Esto era algo como una señal para él, que le hizo quedarse así sin el título que buscaba, aunque luego consiguiera muchos honorarios. Vive entonces de dar clases, aunque tiene grandes problemas económicos. Comparten en esa época su vivienda con el filósofo Bertrand Russell, que empieza una relación con Viv, siempre nerviosa y sufriendo de mala salud. Su inestabilidad emocional, la convierte a menudo en una persona histérica, que Russell describe como alguien que “vive al filo de la navaja”, por lo que cree que “acabará siendo una criminal, o una santa”. Eliot le sigue siendo fiel, por lo que mantiene su matrimonio, a pesar de todas las dificultades.
“Esta noche estoy mal de los nervios. Sí mal. Quédate conmigo.
Dime algo. ¿Por qué nunca me dices nada? Habla.
¿En qué piensas? ¿Qué piensas? ¿Qué?
Nunca sé en qué estás pensando. Piensa.
Pienso que estamos en el callejón de ratas
Donde los muertos perdieron los huesos.”
(La tierra baldía)
Los problemas económicos se hacen tan graves en 1917,
que el poeta empieza a trabajar en un banco de Londres, a
la vez que sigue dando clases y ayuda a editar una revista,
El Egoísta. Virginia Woolf y su marido se
hacen amigos de los Eliot y publican su primer libro de Poemas
en 1919. El poeta se había intentado alistar al
ejercito norteamericano, pero no fue aceptado a causa de su
hernia. Su padre muere ese año, sin aprobar nunca su
carrera literaria. No comprendía por qué se
había quedado en Inglaterra, y no aceptaba a su mujer,
por lo que es prácticamente desheredado. Al acabar
la guerra, publica otros dos libros de poesía y comienza
La tierra baldía, mientras hace una nueva
revista literaria. Continua trabajando en el banco, pero Vivienne
está cada vez peor, por lo que Eliot está al
borde de la crisis.
Aquí no hay agua sino sólo roca
roca y nada de agua y el camino arenoso
el camino serpenteando allá arriba entre las montañas
que son montañas de roca sin agua
si hubiera agua nos detendríamos a beber
entre la roca uno no puede pararse ni a pensar
el sudor está seco y los pies están en la arena
con tal que hubiera agua entre la roca (…)
¿Quién es el tercero que camina siempre a tu lado?
Cuando cuento, sólo estamos tú y yo juntos
pero cuando miro adelante por el camino blanco
siempre hay otro caminando a tu lado
deslizándose envuelto en un pardo manto, encapuchado
no sé si hombre o mujer
-pero ¿quién es quién va al otro lado tuyo?
(La tierra baldia)
Por prescripción médica, Eliot se retira a
descansar al lado del mar, en Margate, aunque debía
hacerlo solo, pero no quiere dejar sola a Vivienne. Finalmente
tiene que dejarla en un sanatorio en París, para irse
él a Lausana, donde con la ayuda del poeta Ezra Pound
logra acabar La tierra baldía. Este siguiente
poema, publicado en 1922, se convierte en la voz de toda una
generación. Una generación que se considera
a sí misma ya como definitivamente “perdida”.
En las arenas de Margate.
No puedo relacionar nada con nada.
Las uñas rotas de manos sucias.
Mi pueblo humilde pueblo que no espera
nada,
la, la
A Cartago llegué entonces
Ardiendo ardiendo ardiendo ardiendo
Oh Señor Tú me arrancas
Oh Señor Tú arrancas
ardiendo
En 1925 Eliot se hace editor de la casa Faber, donde
aparecerán Los hombres huecos, un libro de
versos inspirados por El corazón de las tinieblas
de Joseph Conrad. La novela es un tremendo cuadro de
la depravación humana que ha inspirado a muchos autores,
como al director de cine Coppola, que traslada su historia
al Vietnam en Apocalypse Now (1979). El poeta muestra
así su clara conciencia de pecado, pero todavía
no ha dado el paso de fe, que le costará “no menos
que todo”.
La Vida es muy larga
Entre el deseo
y el espasmo
entre la potencia
y la existencia
entre la esencia
y el descenso
cae la Sombra
Pues Tuyo es el Reino
pues Tuyo es
la Vida es
pues Tuyo es el
Así es como acaba el mundo
Así es como acaba el mundo
Así es como acaba el mundo
No con un estallido sino con un quejido.
Después de buscar y luchar toda su vida, Eliot finalmente
se rinde a la “paz que sobrepasa todo entendimiento”. En 1926
se convierte al cristianismo, siendo bautizado en una pequeña
iglesia anglicana cerca de Oxford. Viv no le acompaña.
Ella está, como muchos de sus amigos, en contra. Virginia
Woolf le escribe a su hermana: “He tenido una conversación
muy lamentable y molesta con Tom Eliot, al que podemos considerar
muerto a partir de ahora”, porque “cree en Dios y la inmortalidad,
y va a la iglesia.” Ezra Pound le culpa al capellán
de Worcester Collage, William Stead de “corromper”
a Eliot. Su fe va a ser a partir de ahora vital para poder
entender poemas como el Viaje de los Magos.
Esto: ¿se nos llevó
tan lejos a buscar
Nacimiento o Muerte? Había un Nacimiento, es cierto,
tuvimos pruebas sin duda. He visto nacimiento y muerte,
pero había creído que eran muy diferentes; este
Nacimiento fue
dura y amarga angustia para nosotros, como Muerte
nuestra muerte.
Miércoles de ceniza (1939) es tal vez la declaración
pública más conocida de su fe. Publicada en
1930, precede a su primer volumen de ensayos, antes de volver
a Estados Unidos, donde va a seguir dando clases. Se separa
entonces de Vivienne, a quien dedica este libro, antes de
que muera en un sanatorio para enfermos mentales en 1947.
El poeta se volverá a casar con su secretaria Valerie,
diez años después.
Y ruego a Dios que tenga misericordia de nosotros
y ruego que pueda olvidar yo
esos asuntos que discuto demasiado conmigo mismo,
explico demasiado
porque no tengo esperanza de volver otra vez,
que respondan estas palabras
por lo que se ha hecho, para que no se vuelva a hacer
ojalá el juicio sobre nosotros no sea demasiado gravoso.
(…)
Ruega por nosotros pecadores ahora
y en la hora de nuestra muerte.
Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte. (…)
Enséñanos a estar sentados quietos
incluso entre estas rocas
nuestra paz en Su voluntad (…)
No me consientas quedar separado
y llegue hasta Ti mi clamor.
Su conversión no le dio una fe inamovible, que le hizo
llenarse de alegría, sino que siguió siendo
en cierto sentido introvertido, enfermizo, dubitativo y depresivo.
Pero Eliot encontró el asombro del perdón. Confió
en que por la sangre de Cristo era libre de todo pecado y
culpa. Tras una vida dedicada a la poesía, la crítica
y el teatro, acabó su carrera con unas interesantes
Notas para la definición de la cultura, que
muestran la perspectiva cristiana con la que ahora veía
el mundo. Partió con su Señor en 1965, siendo
enterrado en la famosa Esquina de los Poetas de la
Abadía de Westminster. Salió así
de esta tierra baldía, tras encontrar el agua viva
que sale de la Roca, maravillado por el milagro del perdón
“después de tal conocimiento”.
Te damos gracias a Ti que
nos has movido a edificar,
a encontrar, a formar, en la punta de los dedos y
los rayos de nuestros ojos.
Y cuando hayamos edificado un altar a la Luz invisible,
quizá podamos poner en ella las lucecitas para
las que se hizo nuestra visión corporal.
Y te damos gracias de que la tiniebla nos recuerde la luz.
¡Oh Luz Invisible, Te damos gracias por Tu gran gloria!
(La Piedra)
José de Segovia
Todos los poemas que aparecen en este artículo han sido traducidos por José María Valverde, que ha hecho una cuidada versión de las POESÍAS REUNIDAS (1909-1962) de T. S. Eliot, para Alianza Editorial.
José
de Segovia Barrón es periodista, teólogo y pastor
en Madrid.
© J. de Segovia, Madrid, España. |
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