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Nuevas generaciones e identidad protestante
“El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable.
Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad”
Víctor Hugo
La tradición dentro de la iglesia evangélica es objeto de foros y debates cada vez más candentes. La vertiginosa descristianización de Europa pone a la liturgia y las formas clásicas en entredicho desde la perspectiva de no pocos sectores entre las nuevas generaciones de creyentes, y no digamos ya entre quienes se resisten a abrazar la fe en Jesucristo. No hay duda de que el evangelio siempre será piedra de tropiezo para millones de personas por muy claro y contextualizado que éste se presente. Sin embargo, la propia esencia cristiana rechaza de plano aquella tradición que se convierte en bandera de identidad segregacional de denominaciones o círculos religiosos.
Se dan prácticas que están lapidando a golpes la llama de la fe en millares de almas débiles como los posicionamientos del tipo: “ mi denominación no es como las demás, nosotros somos los más equilibrados, los más apasionados, los más llenos del Espíritu, los más sujetos a la Palabra… ”. Tópicas y vacías afirmaciones que sólo provocan ruptura y orgullo para catapultar la frustración del anhelo del propio Cristo cuando angustiado suplica : ”Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno” Juan 17, 20-22. La desesperación de Jesús en esta plegaria choca de frente con el espíritu individualista de no pocas denominaciones religiosas que se aferran a su ayer y a su estilo formal como elemento diferenciador.
Las costumbres que apuntan al pasado o a culturas extrañas nunca se han asentado por artificiosas. Aunque se trata de una generalización, son sobre todo los jóvenes quienes necesitan de una identificación sensitiva y cultural propia, de un contexto donde quizás el orden tradicional del culto se altere con frecuencia, un espacio donde la creatividad de las expresiones artísticas se alternen con las formas clásicas configurando ambientes de comunión desconocidos hasta ahora. Quizás se creen nuevas congregaciones de mayoría sub-40 (por establecer una franja sociológica de ciudadano postmoderno) que llamen a su iglesia Local 47 en lugar de Iglesia del divino legado del evangelio sempiterno . Estupendo, así de paso será más fácil que quienes rechazan la religión institucionalizada entren en nuestros locales con menos prejuicios, y con la consiguiente oportunidad de descubrir al Dios que les ama desde siempre.
También cabe la posibilidad de que los nuevos grupos de comunión cristiana se convoquen en ambientes distendidos donde el evangelio se exponga a deshoras. O quizás los nuevos líderes cristianos lleven ropas grunge en lugar de corbatas... ¡yo qué sé! El caso es que la radicalidad del Cristo de la Biblia armoniza magistralmente con el desapego de formas y rutinas que ya no trasmiten lo mismo que a otras generaciones. Precisamente, la función de las costumbres no ha sido otra que la de canalizar la comunión cristiana bajo un prisma de convergencia cultural y social, siendo por esta razón por lo que las formas están abocada al continuo reciclaje.
Esta urgencia de contextualización también contribuye a que mengüen los catastróficos efectos del habitual fracaso del afrontamiento de la clásica crisis religiosa de la adolescencia, esa ignorada transición donde los hábitos extraculturales o extrageneracionales poco contribuyen al cuidado de una edad donde muchos niños cristianos abandonan las iglesias para siempre. Abandono que no se justifica, pero que se explica –entre otras cosas- a causa de la imposición de rutinas anacrónicas tan, tan, tan alejadas al hipersensible mundo adolescente.
Esta renovación y el fomento de estos espacios son buenos y no deben asustar a quien haya entregado su identidad a la obra del Espíritu Santo, no podemos permitir que el pasado nos encadene, que el futuro nos torture y que por combinación de ambos se nos escape el presente. La pluralidad evangélica se obliga a promover este marco interformal y de énfasis que no olvida la historia del cristianismo, porque renovar patrones no tiene nada que ver con desechar nuestra historia ni con ser ignorantes. Necesitamos recordar para aprender, corregirnos, y motivarnos con logros y errores que impregnan de sabias lecciones nuestra vida y que como pueblo protestante son motivo de orgullo, reflexión o ánimo. Pero nunca el pasado debe conducirnos a la idolatría, altivez, o la antinatural continuidad de lo melancólico. Harvey Cox, autor de “La ciudad secular”, nos avisa que la iglesia “ debe dejarse romper y remodelar continuamente por la acción continua de Dios ”. Eso es lo que somos, eso es ser protestante y no otra cosa..
Luis Marián trabaja en Madrid
como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante
de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado
al diálogo con no creyentes. |
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