Miedo hasta en los huesos
Lo cuento tal como lo leí en la prensa. En la céntrica Plaza del Charco, en el Puerto de la Cruz, paraíso turístico de la isla de Tenerife, unos transeúntes vieron un paquete que les pareció sospechoso. Enseguida, los comentarios en alta voz, el revuelo, la gente huyendo. Alguien llama a la policía. Acordonan la zona. Llegan los especialistas. Explosionan el paquete en un acto espectacular y resultó ser.... una fiambrera vacía.
Un segundo caso. En el aeropuerto Los Rodeos, en la misma isla tinerfeña, se descubre una maleta abandonada. Se dispara la alarma. Que nadie se acerque. Que desalojen todo esa parte del aeropuerto. Cuando acuden los expertos en explosivos dispuestos a hacer saltar por los aires el bulto, llega un alemán preguntando si alguien ha visto una maleta que había dejado olvidada.
Tercer caso. Ocurrió en Ceuta en el curso de la pasada Semana Santa. Por el centro de la ciudad cargaban una imagen religiosa, llamada Cristo de Medinaceli. Unas 5.000 personas seguían la procesión. Alguien tuvo la mala ocurrencia de arrojar una piedra desde una azotea cercana. La piedra pegó en una placa que señalaba una parada de autobús. El ruido pareció a la multitud el estallido de una bomba y se desató el pánico. Cada cual corría hacia donde podía. Los asistentes sanitarios atendieron a varias personas afectadas por crisis nerviosas.
Podría cerrar este artículo relatando casos parecidos a los tres expuestos.
Se ha dicho que el miedo es libre ¿Tan libre?
Desde los ataques terroristas del 11 de marzo España vive bajo la dictadura del miedo. Se ha convertido en un país de sospechas porque se basa en la alimentación constante del miedo. Los españoles han hecho un rompecabezas con todos sus miedos y andan perdidos porque no saben cómo juntar las piezas, no saben cómo poner en orden sus emociones y sensaciones. Están tan atrapados que ni siquiera pueden huir de sus propios miedos. La peor enfermedad que está padeciendo España ahora mismo es la enfermedad kafkiana del miedo.
Hay miedo a todo: miedo a enfermar; miedo a la muerte; miedo a la locura; miedo a transitar por barrios alejados; miedo a caminar por calles con poca iluminación; miedo a las personas cuyos pasos escuchamos detrás de nosotros; miedo a perder el trabajo; miedo a no poder pagar la hipoteca del piso; miedo a las tormentas; miedo a las alturas; miedo al vacío; miedo al hambre; miedo a las guerras; miedo a las miserias; miedo al rumbo que puedan seguir los hijos adolescentes en la vida; miedo a subir en el ascensor; miedo a la sociedad; miedo a la población emigrante; miedo a perder la memoria; miedo a los terrores del fin del mundo; miedo al metro, al tren, al autobús; miedo al miedo.
Desde que Adán sintiera el primer miedo ante la presencia de Dios, la Humanidad no se ha recuperado de este azote. Ahora le está tocando el turno a España, que teme volar en pedazos cualquier madrugada y sembrar las ciudades carbonizadas con intestinos ensangrentados.
¿Es para tanto? ¿Dónde queda el Arco Iris? ¿Dónde está el sol que sale cada mañana? ¿Dónde las estrellas que iluminan las noches oscuras?
Lo digo alzando mi voz: el miedo es síntoma de la ausencia de Dios en el individuo. El primer hombre sintió miedo cuando rompió sus relaciones con Dios, no antes. A los discípulos de Jesús embargó el miedo cuando confundieron al Maestro con un fantasma que caminaba hacia ellos sobre las aguas.
En esta hora histórica que está viviendo España se han de desechar todos los miedos. Cristo continúa andando sobre el mar embravecido, sobre las olas arrasadoras. Viene a nuestro encuentro con palabras de aliento: "No temáis; Yo soy". Es El, el Hijo encarnado, la manifestación visible del Dios invisible. No es un fantasma soñado por la imaginación. Es un ser real, que ha prometido estar con nosotros todos los días de nuestra vida, todos los días de las generaciones, todos los días del mundo. Hay que desechar todos los miedos. Nublan la razón. Deforman la realidad. Paralizan las acciones. Inutilizan a las personas. Desechar el miedo y contemplar la palmera, oír el silbido de la risa, distinguir la alegría del bullicio. Hacer caso a la Biblia. No sentir miedo al mañana, porque basta a cada día su propio afán. Mañana nos puede sorprender un amanecer esplendoroso.
J.A. Monroy es un escritor y conferenciante internacional
© J. A.
Monroy, ProtestanteDigital.com, 2004 (España) |