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Número 32 - 23 de abril, 2004
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yolanda tamayo

La aventura no tiene edad

FOTO: AFP

Comenzamos a percibir el presuroso huir del tiempo, cuando miramos hacia atrás y encontramos un sendero lleno de recuerdos. Cada día deshojado nos deja una valija de acontecimientos que evocar, a veces son trivialidades aparentemente sin importancia, pero los años se encargan de convertirlas en acciones colmadas de un estimable valor. Tenemos el deber de vivir la vida plenamente, exprimiendo al máximo cada tramo de existencia, cada segundo, porque el día de hoy no se volverá a repetir.

El tiempo es esquivo, se nos escapa de las manos como un pez resbaladizo que colmado de prisas ansía retornar a su mar. Todo momento que perece no vuelve a surgir, queda enredado entre las raíces aéreas del ayer. Por ello, amar la vida es aprender a disfrutar de ella, lamerle las heridas como un perro amigo, y acariciar los instantes gloriosos para que estos permanezcan inalterables en la frágil memoria. Acunar lo positivo aprendiendo a sacarle brillo a los menos grato, hará que nuestro transitar por este mundo cobre un sentido especial.

Hay personas que se resisten a envejecer, que luchan por detener el tiempo, afanadas en buscar la manera de hacer que sus cuerpos no sufran el inevitable azotar de lo años. En cambio, existen otra clase de seres que comprenden el constante deterioro al que obligadamente todos estamos sometidos y viven ese tramo de vida con la alegría enarbolando sus mentes, disfrutando de una excelente madurez.

En este segundo grupo encasillo a una de la personas que más amo, un ser rebosante de contagiosa alegría, con una vitalidad envidiable, y sobre todo con un corazón hermoso. Es ella, mi madre, una mujer que me enseña a valorar todo cuanto me rodea, sazonando mi vida con briznas de esa valentía que siempre la ha caracterizado.

Hace meses, al ir de compras con ella, mostró interés en cierto libro, y no dudé en regalárselo. Nunca se había interesado por la lectura, pero ahora que posee mucho tiempo libre parece haber caído en la sana práctica de leer.

A su veterana edad ha descubierto el fascinante mundo de las historias ataviadas en papel. Veo como disfruta con ello y eso me hace feliz. Cada cierto tiempo me pide que le preste un nuevo libro, y yo gustosamente se lo entrego, pidiéndole a cambio que me cuente de que ha tratado el que acaba de terminar. Entonces, a su manera, me relata la trama de la historia, describiéndome a los personajes con su peculiar forma de contar las cosas.

Está claro que nunca es tarde para descubrir nuevos usos de los cuales disfrutar sanamente. La vida está plagada de acontecimientos importantes, de espontáneos espectáculos a los que gratuitamente estamos invitados. No importa qué edad tengamos, lo importante es saber encontrar cada día un motivo por el cual ilusionarnos, seguir soñando con proyectos nuevos y sentir ese cosquilleo en el corazón ante el suave tacto de un nuevo deseo cumplido. La vida está ahí, toda ella desplegada para vivirla, enseñándonos sus claroscuros, invitándonos a que paseemos por ella cual transeúntes curiosos en una ciudad desconocida.

Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, 2004, España
  

 
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