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Número 33 - 02 de mayo, 2004
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Especial

Pobre
Alfonso Ussía ( La Razón )

Íñigo Ramírez de Haro ha escrito una pieza teatral titulada «Me cago en Dios». Se representa en el Círculo de Bellas Artes. De haberse titulado «Me cago en Alá» el Círculo de Bellas Artes se hubiera negado en rotundo a dar cobijo a la cosita.

Herir la sensibilidad de los musulmanes no es moderno, y además resulta más que arriesgado. A los tres días habrían volado el Círculo, con su director y Ramírez de Haro en su interior.

El argumento va de la educación en los colegios religiosos. He sabido que al autor le han quedado secuelas y traumas insuperables de su paso por un colegio religioso. Es el Almodóvar de la nobleza. El Círculo de Bellas Artes fue un regalo del Partido Popular a Polanco, y la Comunidad de Madrid subvenciona sus actividades con dos millones de euros anuales.

Ese dinero viene de los impuestos, y una gran mayoría de madrileños se siente cristiana y católica, más que musulmana o budista creo yo, y no ha caído muy bien lo de este almodovítar.

No el texto, que prácticamente nadie se iba a enterar, sino el título, que además de aberrante y necio es miserablemente oportunista. Lo siento, sobre todo, por su familia, a la que conozco y quiero desde mis años juveniles. Es cuñado de Esperanza Aguirre, para infortunio de la presidenta de la Comunidad de Madrid, que ha sido la primera en lamentar la infamia.

Pero Íñigo Ramírez de Haro ha conseguido ya lo que jamás habría logrado alejado del escándalo: la pública notoriedad, la satisfacción del tonto. Se ha sumado a la nueva etapa política y ya tendrá padrinos dispuestos a amparar su mediocridad. Todo ser humano tiene el derecho a sentirse herido o maltratado por una equivocada educación o los malos recuerdos.

Somos millones los que nos hemos educado en colegios religiosos sin padecer los desajustes anímicos que tanto han perjudicado a Ramírez de Haro. La madurez consiste en eso. En eliminar voluntariamente lo negativo y reconocer y asimilar lo positivo. Pero nada justifica la agresión gratuita y necia.

El título «Me cago en Dios» tiene mucho que ver con las expectativas comerciales y mercantiles. Quiere ganar dinero insultando e hiriendo la sensibilidad de la gran mayoría.

No es arrebato, sino medida falacia. La falta de talento la suple con indignidad. Cuando se apaguen los pocos aplausos que recibe se sentirá humillado y ridículo. Lo siento por él. La notoriedad efímera es mala compañía.

Puede Ramírez de Haro terminar en el programa de Sardá, pero también ahí durará poco por su grisura. Insisto que mis pensamientos vuelan hacia su familia, que estará pasando por momentos de pasmo e incredulidad. No merecen semejante humillación.

Íñigo Ramírez de Haro ha insultado y traicionado, principalmente, a los suyos. Se siente un héroe cuando no ha hecho otra cosa en su vida que depender de favores ajenos y puntuales. Aprendí en un colegio religioso a perdonar. De cuando en cuando lo consigo.

Por mi parte, perdonado está. Tampoco hay que concederle tanta importancia. Pobre hombre.

© Alfonso Ussía, La Razón, 2004 España

 
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