Los libros
La semana pasada, viernes día 23, los editores y libreros de toda España celebraron el Día del Libro. Los establecimientos de la Casa del Libro, de Madrid, regalaron 50.000 ejemplares de EL QUIJOTE a sus clientes. Con esta iniciativa la cadena de librerías quiso anticiparse a la conmemoración del Cuarto Centenario de la aparición de la primera parte de EL QUIJOTE, que tuvo lugar en Madrid en 1605, impresa por Juan de la Cuesta.
En Cataluña el acto revistió caracteres más románticos. Los varones regalaron a las féminas una rosa y ellas a ellos un libro. La mujer busca lo perpetuo. El hombre es transeúnte. El libro regalado por la mujer permanece; sigue hablando cuando su dueño ya ha callado. La rosa, joya viva de infinito, alma vaga perfumada, polen de la luna,estrella solemne (Lorca), nace hoy y muere mañana.
Aquél mismo día, viernes 23 de abril, el rey entregó el premio Cervantes al poeta chileno Gonzalo Rojas. Tiene 86 años. Y continúa soñando. "Debo andar con el seso vivo y fresco- dijo en su discurso de recepción-; creo en la lozanía y no en el asco de la decrepitud". Citando a Milton, Rojas confesó que los libros no son cosas muertas. Contienen en ellos una potencia de vida tan activa como el alma de donde provienen.
Los libros nos permiten dialogar con personajes extraños y deslumbrantes, nos dan una nueva visión de las cosas, las relaciones y los sentimientos. Al tocar un libro con la yema de los dedos se tiene la sensación de que las manos se vuelven pálidas, entran en contacto con vidas humanas.
Pocas cosas nos proporcionan tanto encanto como un buen libro. Ya lo advirtió alguien a quien Eliot admiró con largura, Groucho Marx: "Fuera del perro, el libro es el mejor amigo del hombre. Dentro de un perro está demasiado oscuro para leer".
No hay mejor universidad que una buena colección de libros. Cuando llegué a Madrid procedente de Marruecos hace 39 años, mis libros apenas sumaban unos doscientos. Creía yo ingenuamente que en aquél puñado de libros se compendiaba el mundo. Todos cupieron en una pequeña estantería. Con el tiempo se fueron multiplicando. Un anaquel más, luego otro, aquél hueco en la pared, una nueva estantería. En una multiplicación invasora los libros han motivado que cambie cuatro veces de casa. Ahora son unos cinco mil.
Algunos trepan desordenadamente por las estanterías con una doble o triple fila que en algunos casos extienden sus raíces hasta el techo. Ni aunque viviera doscientos años sería capaz de leer todos los libros que he ido almacenando. Pero esto no importa. Alguna vez me abro paso por entre la manigua de libros que me secuestran el tiempo y tropiezo con viejos tomos en los que hay párrafos subrayados y notas a pie de páginas.
Fomentar los libros, premiar los libros es una tarea responsable y esencial. Los libros son, en buena parte, la plasmación en imágenes y en palabras de los latidos de la existencia, del pulso, acelerado o lento, de los días. Mérito de los libros es haber inundado la Historia de mundos que nos llevan y nos traen, mirados para nuestra mirada, hablados para nuestras palabras.
Los libros son los despiertos compañeros de viaje en el urgente pasar de los días. La tarea de los libros no se limita en hacernos percibir el palpitar del instante. Más allá del nervioso correr de las horas, deja cauces de luz en la memoria.
Los libros son, en fin, el medio que utilizan los maestros para hablar y mirar, jugar y crear, plasmar en palabras los latidos de la existencia, del pulso, acelerado o lento, de los días, ante la exclusiva pantalla de la vida.
J.A. Monroy es un escritor y conferenciante internacional
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Monroy, ProtestanteDigital.com, 2004 (España) |