| La misericordia
He leído en un libro cristiano una historia que se le atribuye al filósofo Danés Sóren Kierkegaard y es más o menos así: un teólogo, profesor de teología, se presenta ante el tribunal de las acciones humanas del Juicio Final. Personalmente me recuerda un poco a las escenas del Juicio de las Naciones de Mateo 25. Dios hacía preguntas y entre ellas le hizo una acerca de si se había preocupado del Reino de Dios, con sus valores de justicia y dignificación de los débiles, y de ayudar a sus hermanos. El teólogo tuvo que responder que no, que no se había preocupado de la dignificación de los débiles y de ayudar a sus hermanos. Pero el teólogo salió rápidamente al encuentro diciendo que sabía como se decía un versículo que hablaba del amor al prójimo en nueve idiomas. Un ángel de larga trompeta que estaba allí junto al tribunal de Dios se enfureció y gritó al teólogo: ¡Cuentista! Y le dio una bofetada tal que salió echando chispas del tribunal... supongo que derecho al infierno.
Esto que parece una historia incluso un tanto jocosa, no está muy lejos de la realidad de muchos cristianos. Nos preocupamos del conocimiento bíblico, de los razonamientos más o menos teológicos, de defender la predestinación u otros conceptos de salvación, nos sabemos muchos textos de memoria... Pero la praxis cristiana nos es algo ajeno y vivimos en el mundo de una forma similar a los que no tienen esperanza...¡Cuentistas! Eso no es vivir el cristianismo, pues no es un cristianismo reducido a dogmas, doctrinas y cumplimientos rituales. El cristianismo de la gracia es también el de la misericordia. Tenemos que predicar, vivir y practicar el Evangelio de la gracia y de la misericordia de Dios. No nos hemos de quedar sólo en el dogma y en el ritual, no sólo hemos de quedarnos en la lectura y conocimiento de la Biblia. Hay que vivirla en sus niveles éticos de praxis cristiana.
Por eso, hacer teología o vivir un cristianismo de espaldas al mundo sufriente, de espaldas a tantos oprimidos y despojados del mundo se aproxima a la historia de Kierkegaard: es un cuento, y los oficiantes de esta religión unos cuentistas y sus seguidores se encontrarán con la bofetada del ángel de la larga trompeta. Es por eso que un cristianismo vivido de forma íntegra, requiere como imprescindible que la misericordia fundamentada en la idea bíblica de projimidad, impregne todo nuestro conocimiento teológico, toda nuestra dogmática donde la haya, toda nuestra celebración cúltica o ritual, y culmine, necesariamente, en una praxis ética que nos lance a la acción misericordiosa a favor de los marginados y sufrientes del mundo. Esa praxis será la consecuencia normal de una fe que, según el apóstol San Pablo actúa por el amor.
La Parábola del Buen Samaritano pone de manifiesto lo que de “cuento” hay en los religiosos que priorizan tanto lo cúltico, el ritual y la celebración, que se olvidan de la misericordia y pasan de largo al lado del caído y del apaleado. Por eso es condenado el sacerdote de la parábola como mal prójimo: pasó de largo sin sentirse movido a misericordia: ¡Cuentista! No puede existir una persona que interiorice el cristianismo haciéndolo vida en él, que sea capaz de pasar de largo ante el sufrimiento, el hambre y la indignidad de su prójimo. Porque su cristianismo se convierte en un cuento hipócrita. No hay teología que no asuma la praxis de la misericordia. No se puede hablar de Dios quitándole su atributo fundamental. Sin la praxis de misericordia, la teología se convierte en un “cuento” en el peor de los sentidos de esta palabra. La teología no es tal si no orienta la acción misericordiosa de los creyentes. Si no orienta la acción de los que quieren seguir a Jesús para que sean liberadores, agentes de liberación en medio de un mundo de dolor. Agentes del Señor que vayan por el mundo erradicando el sufrimiento, compartiendo, liberando y dignificando. Es verdad que quizás el cristianismo no se agote en sus niveles práxicos y éticos, pero no es tal si éstos le faltan.
Por eso el seguimiento de Jesús no es sólo
de aceptación intelectual, sino que debe afectar a
todo nuestro ser, a nuestra voluntad y, necesariamente, a
nuestra acción, para que seamos las manos y los pies
del Señor en medio de un mundo de dolor. Debemos actuar
y vivir nuestro cristianismo desde un sentimiento compasivo
que, en última instancia, debe culminar en la asunción
de la línea profética de denuncia de la injusticia,
de la opresión y de la acumulación desmedida
de bienes... porque todos somos hijos del mismo Padre.
Juan Simarro Fernández, licenciado
en Filosofía,
escritor
y director de Misión Evangélica Urbana
de Madrid.
© J. Simarro, 2004, Madrid, España. |