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¿Autosuficientes o necesitados?
Era una tarde de viernes. Quedaban dos horas para que diera comienzo mi ansiado fin de semana. No quería complicadas charlas, no necesitaba grandes reflexiones, sin embargo, ahí estábamos los tres, sentados alrededor de una mesa, intentando arreglar el mundo con nuestras armas de soñadores.
Comenzamos hablando de arte, de los maestros pintores y de cómo muchos de ellos murieron sin ver reconocidas sus obras. Seguimos en esa trayectoria, desglosando ideas acerca de la dificultad para abrirse paso en un mundo donde ya todo está muy trillado. Entre muchas idas y venidas salió el tema, y sin darnos cuenta nos encontramos debatiendo con fervor la idea de la que a continuación escribo.
Nuestro tema en cuestión era si el ser humano necesita la aceptación de otros por el hecho de sentirse mejor consigo mismo, o si por el contrario el acto de ser aceptado es algo lógico en la condición humana.
Uno de los contertulios afirmaba que aquello que decíamos acerca de la necesidad de aceptación no era tal necesidad, poniéndose como ejemplo, expresando que él vivía una vida en la cual nada de lo que opinaran los demás podría causarle el menor daño, pues consideraba muy aceptable su forma de proceder y que sólo le importaba aquello que Dios pudiese demandarle.
Me pareció muy aceptable su forma de actuar, cada cual es libre de pensar y vivir como más conveniente crea, pero ello no significa que esté de acuerdo con sus ideas. Creo que existe una diferencia entre quienes por problemas de autoestima poseen una apremiante necesidad de aprobación, y aquellos que precisan la aceptación como simple estímulo personal.
En mi humilde forma de ver la vida, necesito en ciertos aspectos que la gente a la que quiero me acepte, elogien aquello que hago y animen a seguir haciéndolo. En mi trabajo, me agrada sentir que soy útil, que la labor que ejerzo está reconocida y sinceramente, no es presunción, es un empuje que agradezco para así poder seguir ejerciendo mi tarea con más brío.
Puede que el hecho de no necesitar esas palabras alentadoras o de aprobación sea en cierta medida un aspecto de madurez, de haber conseguido un estado de autosuficiencia que declaro está aún muy lejos de mi. A veces el tener la obligación de que los demás te estimen, hace que te esfuerces por mejorar, sensibilizándote más con el prójimo .
De seguro este planteamiento tendrá una profundidad a la cual no puedo acceder, pero dentro de mi poca capacidad para obtener una conclusión clara, elaboro dentro de mi cabeza ideas que me llevan a descubrir un esbozo más o menos acertado sobre este tema, siempre dispuesta ha aportar algo con aquello que expongo... Yo sigo necesitando que me acepten. ¿Y tú?
Esa tarde concluyó, como suelen concluir las tardes de los viernes, con propuestas muy seductoras para el fin de semana. Después de nuestra charla la vida siguió siendo igual, el mundo y la locura a la cual está sometido no efectuó cambio visible. Pero alrededor de aquella mesa comprobamos una vez más el gran privilegio de tener un Dios tan grande, que nos acepta con todo el amasijo de imperfecciones que cada uno lleva, sintiéndonos agradecidos de no sólo haber sido llamados, sino también escogidos por el autor de la vida, el maestro perfecto.
Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, 2004, España |