El final de la Historia (I)
Como hemos podido ver, el judeo-cristianismo palestino compartía con el judaísmo una visión de la Historia fundamentalmente lineal, que había tenido un inicio en el pasado, que en el mismo se hacía recipiente de hechos de enorme trascendencia, que podía proporcionar claves para interpretar el presente y que se consumaría en un proceso definido de conclusión al final de los tiempos. La idea en si, insistamos en ello, no era original porque muestra enormes coincidencias con otras visiones judías como la de los sectarios de Qumrán o los fariseos. Sí era muy específica, como veremos, la concretización de esta visión.
En Hch, el esquema parece revestir una tremenda sencillez. Jesús volverá otra vez y su regreso significará la recompensa de sus fieles y el castigo de sus oponentes o, dicho en otras palabras, la restauración del reino de Israel (Hch 1, 6), en el que los gentiles que creen en Jesús entran en pie de igualdad (Hch 15).
Ligada a estas ideas aparecen las creencias en la resurrección general y en el juicio de vivos y muertos (Hch 10, 40 ss). El texto de Hch 7, 55-60 muestra que existía asimismo la creencia en que aquel que moría creyendo en Jesús, era recibido en el momento de su muerte por éste.
En Santiago, aún nos encontramos con referencias más someras. Jesús vendrá y con ello se producirá una situación de juicio, tras la cual los discípulos serán recompensados y los incrédulos castigados. Del versículo 6 del capítulo 3, donde se menciona la Gehenna, se desprende también la existencia de una fe en la supervivencia tras la muerte y previa a la resurrección, como sucedía, por ejemplo, con los fariseos.
Apocalipsis presenta ya un cuadro escatológico más elaborado en el que existen referencias al retorno de Jesús (c. 19) y donde, al igual que en Hch 7, se da por supuesto que los muertos en la fe no se hallan inconscientes sino en la presencia de Dios esperando que Este ejecute sus juicios (6, 9 ss).
Con todo, aparecen elementos que implican una cierta peculiaridad.
- El primero es el desdoblamiento - que no aparece en otras partes del Nuevo Testamento - de la resurrección en una referida a los mártires y situada antes del milenio (20, 4-5) y otra general al término del mismo (20, 11 ss).
- El segundo es la referencia al milenio, contenida en el capítulo 20, como espacio temporal entre el retorno de Jesús y la definitiva eliminación, atormentados eternamente en el lago de fuego y azufre (20, 10-15), de los enemigos de Dios y la creación de un nuevo orden cósmico (c. 21,1-22,5).
Que este milenio fue considerado por las generaciones siguientes como literal es algo que no puede ponerse en duda.
Entre los defensores de una postura milenarista se encontraron, entre otros, Papías (Eusebio, Hist. Ecles, III, 38) Clemente de Roma, la Epístola de Bernabé, el Pastor de Hermas, Ignacio de Antioquia y Policarpo de Esmirna todavía en el s. I o inicios del s.II. Durante el s. II y III, fueron milenaristas Justino (Diálogo con el judío Trifón, LXXX), Melitón de Sardis, Hegesipo, Taciano, Ireneo de Lyon (Adv. Haer, V, 32) y Tertuliano (Contra Marción III, 24).
En el s. III y IV, defendieron esta postura Cipriano de Cartago, Cómodo, Nepote (Eusebio, Hist. Ecles, VII, 24), Victorino, Metodio de Olimpo y Lactancio. Los excesos con que se concebía el milenio en algunos casos como el de Cerinto (Eusebio, Hist. Ecles, III, 28) así como la exégesis alegórica fueron, poco a poco, arrinconando este punto de vista hasta conseguir excluirlo de la ortodoxia. Jerónimo (In Isa LX, 1) y Orígenes (De Principiis II, 11, 2, 3) se manifiestan en contra de tal creencia y Agustín le asestó el último golpe en contra (La Ciudad de Dios XX, 7).
También resulta establecido que tal idea tenía antecedentes en el judaísmo (Enoc 93, 3-10; 2 Esdras 7, 28-9; 2 Baruc 29, 5ª6, 40, 3; etc. Es, desde luego, muy posible precisamente por su expansión ulterior, que tal visión fuera compartida por el resto del judeo-cristianismo palestino. De hecho, los "tiempos de refrigerio" de Hch 3, 21 podrían ser un paralelo a esta idea, aunque tal posibilidad no es segura en grado absoluto.
Algo similar sucede con la escatología de Pablo. Parece también hacer una referencia también a una noción de un reinado intermedio del mesías en la misma (I Corintios 15, 22-28), pero el texto es lo suficientemente escueto como para que no se puedan forzar demasiado las conclusiones.
Finalmente, aparece en Apocalipsis la idea de que la segunda venida de Jesús ha de ser precedida por un periodo de caos mundial en el que los creyentes serán perseguidos por el anticristo y al que se denomina como "gran tribulación" (Ap 7, 9 ss). Hasta cierto punto, tal idea podría estar sugerida en la parte final de la carta de Santiago pero no aparece en el libro de los Hch.
Con todo, de nuevo, los paralelos judíos son evidentes y, muy posiblemente, tal idea estuvo presente en el seno del judeo-cristianismo palestino. Es más, la existencia de Apocalipsis en los sinópticos, cuyo trasfondo inicial es judeo-palestino, hace pensar que la creencia en una gran tribulación, ligada a la aparición de un anticristo, por la que deberían atravesar los discípulos antes del retorno de Jesús era generalizada e incluso formaba parte importante de su pensamiento escatológico.
Quizá su ausencia en los discursos de Hch habría que atribuirla a que los mismos eran fundamentalmente evangelizadores y pretendían motivar a la gente para que aceptara a Jesús como mesías y Señor, algo difícilmente posible si, desde el comienzo, se ponía ante ellos la perspectiva de una tribulación "como no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá" (Mt 24, 21).
En el siguiente artículo finalizaremos este análisis y estudio del “Final de la Historia”
César Vidal Manzanares
es un conocido escritor, historiador y teólogo.
© C. Vidal, Libertad digital, España (ProtestanteDigital, 2004). |