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Número 34 - 4 de mayo, 2004
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MANUEL DE LEÓN

Vivir peligrosamente

“Vivir peligrosamente” fue la exhortación de Nietzsche a la juventud. Jesús fue aún mas lejos y en su invitación a seguirle, expresó las mismas ideas de riesgo y aventura, para la consecución de la perla precisa, del tesoro en los cielos . Pero cuando dice Jesús, “si alguno quiere ser mi discípulo, tome su cruz y sígame” está expresando que el vivir peligrosamente significa también vivir con la soga al cuello. Discípulo de Cristo, no es el que se siente religioso, sino el que tiene el coraje de arar en tierra virgen y abrir nuevos caminos. La religión para K. Barth es incredulidad, porque la religión es para vivirla, mostrarla, interpretarla de manera que otros sientan el hechizo de Dios en su corazón. La religión no puede ser sinónimo de teología, porque la experiencia debe preceder a los credos, al análisis y la codificación de los dogmas.

Hoy, como siempre, es arriesgado vivir la bondad, la solidaridad, la abnegación y la defensa del necesitado. Como dice Santiago,” la religión pura y sin mancha delante de Dios y Padre es esta: Visitar a las viudas y a los huérfanos en su tribulación y guardarse sin mancha de este mundo”. Para algunos, esta confrontación de la realidad humana que busca enriquecer los valores humanos, con la otra misteriosa realidad superior, es lo que llaman religión. Según el teólogo alemán Albercht Ritschl. “en toda religión lo que se busca, con la ayuda del poder sobrehumano que el hombre venera, es la solución de la contradicción en que se encuentra el hombre cuando descubre que pertenece a dos mundos: el de la materia y del espíritu; y consciente de su personalidad espiritual, reclama para si el poder necesario para que el espíritu se sobreponga a lo material”.

¿Pero realmente se trata de algo ascético? ¿Se trata, acaso, de una batalla interminable contra el ser humano partido en dos mitades, una carnal y otra espiritual? ¿O se trata de que el hombre viva lo que dice Miqueas “¿qué pide de ti Jehová? Solamente hacer justicia y amar la misericordia y humillarte para andar con tu Dios”? Estas palabras de Dios a Miqueas no son idealismos espirituales sino principios eternos, normas permanentes de verdad, que muchas veces aprendemos cuando la vida nos golpea, pero que son un arte de vivir. Cuando el creyente se lanza a la gran aventura de vivir peligrosamente, de adaptar los principios eternos que él cree, es posible que a su lado vea temblar el mundo de los rascacielos, de las ametralladoras y del dinero que engendra poder, porque se convierte en un peligroso enemigo.

Han aparecido filosofías humanistas y materialistas que han intentado responder a estas grandes preguntas sobre el sentido de la vida, para qué es y a donde nos lleva. ¿Por qué he de trabajar bien y mucho, buscando el bien de la humanidad? ¿Porqué he de ser altruista y porqué he de mejorar y perpetuar la raza humana? ¿Si no somos mas que materia, máquinas de las que solo somos un pequeño diente, marionetas en la infernal e injusta espiral de una vida hacia el precipicio, entonces porqué tanto altruismo y no seguimos con el “comamos y el bebamos que mañana moriremos”? Ya se que en el mundo de hoy pocos se preocupan de esto, pero lo vuelvo a decir por si algún preocupado o desorientado lo lee. Porque somos parte de un proceso creativo de Dios, de un proceso cósmico que aunque no comprendemos con claridad, estamos persuadidos de que es de suprema importancia. Es de importancia ponernos en armonía con Dios y su voluntad, porque esta convicción justifica nuestra vida de altruismo, de idealismo y de sacrificio que también supone el vivir peligrosamente.

Así pues la peligrosidad del vivir cristiano no está basado en un humanismo, sino porque hemos entendido el sentido de lo sagrado, entendiendo también como venido de lo sagrado a Cristo Jesús. La mente mas carnal e insensible siempre habrá dado pruebas de haber percibido en su vida la presencia de algo sagrado, de algo que no debe profanarse. No deben profanarse los derechos de la persona. No deben explotarse a los hombres y los fines de lucro son un sacrilegio. La verdad para el sabio es sagrada. La libertad del hombre proclama que no debe haber esclavos. Etc. La actitud de veneración es inherente al hombre que se siente inferior y percibe que debe apreciar, admirar y adherirse a aquello superior a nosotros. Espiritualmente somos libres, no porque sujetemos a nuestra voluntad, no porque esclavicemos y dominemos al mundo, sino porque nos rendimos y adoramos. Al final siempre diremos: ¿de que le vale al hombre granjear todo el mundo si pierde su alma?

Manuel de León es escritor, historiador, y director de "Vínculo"
(revista de las Iglesias de Cristo de España).

© M. de León, Asturias, España.

 
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