| La quinta fuerza
‘Todas las cosas en él (Jesucristo) subsisten.’ (Colosenses 1:17).
‘...para que sepáis cuál es... la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero.’ (Efesios 1:18-21)
Reconozco que no era la asignatura que más me entusiasmara en mis años estudiantiles; de hecho la detestaba por sus complicadas fórmulas y, a medida que pasaban los años, con el incremento de complejidad que iba adquiriendo me costaba cada vez más hacerme con ella. Por eso nunca fuimos una pareja bien avenida, pues había algo de incompatibilidad y antipatía mutuas entre nosotros. Yo, infiel impenitente, me echaba en brazos de la Literatura, de la Historia o de la Geografía, que me abrían sus intimidades y me gratificaban dulcemente; ella, cual rígida amante, me exigía atención y devoción plenas, recriminándome ásperamente mi desidia. La nuestra fue una historia de desencuentros de los que ella se vengó con un suspenso que nunca pude levantar. Definitivamente la Física y yo no habíamos nacido el uno para el otro.
Y sin embargo, había algo en ella que me seducía: Aquella fórmula cuasi-mágica de Einstein, E = m·c 2 , según la cual la energía de un cuerpo está en relación directa a su masa multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado era sencillamente algo increíble, perteneciente más al reino de la ciencia-ficción que a la arisca Física. ¿Se podía imaginar algo más asombroso? Pongamos por ejemplo una piedra, una simple piedra de las que hay trillones y trillones en nuestro mundo; pues bien, de un solo pedrusco se podría sacar energía suficiente para suplir todas las necesidades de una nación. ¡Qué inmenso campo de posibilidades se abría ante nosotros si solamente pudiéramos llevar a efecto la fórmula del genial sabio alemán! Todos los problemas del agotamiento de las energías no renovables de un plumazo se acabarían, todos los desequilibrios mundiales se corregirían automáticamente, pues con las piedras no ocurre como con el petróleo que sólo contadas naciones poseen ese recurso. Hay piedras en Siberia y en el Sáhara, en Samoa y en el Cañón del Colorado. De pronto, todos seríamos iguales, los grandes y los pequeños, los negros y los blancos, los del Norte y los del Sur, haciéndose así realidad la Utopía de Tomás Moro. La lástima es que la poesía de León Felipe, en la que canta a una sencilla piedra que es su vida, quedaría hecha añicos:
‘Así es mi vida,
piedra,
como tú. Como tú
piedra pequeña,
como tú,
piedra ligera,
como tú,
canto que ruedas
por las calzadas
y por las veredas;
como tú
guijarro humilde de las carreteras...’
Pero en fin, por el bien de todos merecería la pena vindicar a Tomás Moro aunque hubiera que sacrificar al pobre de León Felipe.
Otra faceta que me cautivaba de la Física era su planteamiento sobre las fuerzas fundamentales, según la cual todos los procesos en el Universo están regidos por cuatro, y sólo cuatro, fuerzas básicas que son, en orden de potencia de menor a mayor, las siguientes: gravitatoria, electromagnética, nuclear débil y nuclear fuerte. Esto me resultaba igualmente fascinante: Que toda la infinita variedad de acciones y reacciones que tienen lugar cada día en nuestro mundo se pueda reducir a cuatro categorías que controlan lo que ante nuestros sentidos parece ser un caleidoscopio multiforme de acontecimientos. ¡Qué maravilla! Todo, desde las galaxias, estrellas y agujeros negros hasta lo que ocurre dentro del núcleo de un átomo, puede explicarse por una de esas cuatro fuerzas. Tenía que reconocer que aunque había aspectos odiosos en la Física: derivadas e integrales, senos y cosenos, aceleración e inercia, había otros encantadores, como la genial fórmula de Einstein o la simplificadora enseñanza de las cuatro fuerzas fundamentales. Sí, compensaba la parte antipática de esa asignatura el saber, por ejemplo, que la mayor fuerza del Universo, la nuclear fuerte, se concentra en un espacio tan ínfimo como 10 -15 metros en el núcleo atómico o que la mayor parte de la materia está hueca hasta el punto de que si contrajéramos el Everest al espacio estrictamente ocupado por sus núcleos y electrones quedaría reducido al tamaño del sofá de una sala de estar.
Pero con todas las maravillas que la Física pueda enseñarnos sobre el mundo en el que vivimos hay una maravilla, aún mayor, de la que, por sí sola, no puede dar cuenta porque escapa del ámbito de su competencia. Más aún, con todas las respuestas que nos da a los porqués sobre nuestro entorno hay una pregunta que deja sin responder: La causa primera de todos esos procesos, la fuente última de donde proceden las cuatro fuerzas fundamentales del Universo. Y aquí es donde entra en juego la que yo llamo la quinta fuerza del Universo, aunque sería mejor denominarla la fuerza primordial del Universo. No es una fuerza impersonal ni aleatoria, no es caprichosa ni errática pues está sujeta a una voluntad buena. Voluntad que ha dispuesto las cuatro fuerzas fundamentales pero que también es quien está detrás de ellas mismas para que el Universo tenga cohesión, según nos enseña el primer texto bíblico arriba citado.
Si la fuerza nuclear fuerte es tan potente que puede mantener aglutinadas las cargas del mismo signo, los protones, dentro del núcleo atómico, eso no es nada en comparación con la fuerza primordial desplegada en la resurrección de Cristo, para la cual el apóstol Pablo, en el segundo texto bíblico arriba citado, se queda sin calificativos que la describan: ‘supereminente grandeza de su poder' y ‘la operación del poder de su fuerza' . La misma fuerza que resucitó a Cristo, se dice allí, es la fuerza capaz de sacar a un pecador de muerte a vida. Si las cuatro fuerzas fundamentales del Universo nos dejan sorprendidos, ésta otra fuerza nos deja pasmados porque es la única capaz de convertir lo corruptible en incorruptible, lo vil en glorioso y lo mortal en eterno. ¡Gloria a Dios!
Wenceslao Calvo es conferenciante
y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2004, Madrid, España.
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