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Número 35 - 11 de mayo, 2004
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JUan simarro

Los pobres y la teología

Creo que hoy, para ningún evangélico, es desconocida la tendencia de Jesús hacia la integración y rehabilitación integral de los pobres, de los más débiles y excluidos. Sin embargo, no llegamos a hacer muchas de las tajantes afirmaciones que se hacen en el campo católico, afirmaciones que yo, personalmente, desde el área que estoy trabajando en Misión Urbana, miro con todo respeto. Son afirmaciones que usan un vocabulario que emana del léxico usado en el Concilio Vaticano II y que se pueden encontrar en infinidad de libros católicos. Así, desde el léxico de este Concilio se pueden hacer afirmaciones como que “los pobres son sacramento de Cristo, mediación viva del Señor, expresión real de Cristo, lugar preferencial para el encuentro con el Dios crucificado y sufriente...”, así como considerar que los pobres son el lugar teológico por excelencia. Desde el campo evangélico vemos en este léxico unas formas un tanto chocantes, pero no seamos demasiado críticos, no sea que nos quedemos en la vivencia de un Evangelio burgués y acomodado que no sabe acoger esta línea que en Jesús fue prioritaria.

A la base de todas estas expresiones en torno a los pobres como el lugar teológico por excelencia, se encuentra en muchos pasajes bíblicos, tanto del Nuevo como del Antiguo Testamento. Quizás el que más se acentúa sea el del Juicio de las Naciones que se encuentra en Mateo 25, en donde, para muchos, Jesús se identifica con el pobre. Así, cuando se ayuda a un pobre, oprimido o despojado, Jesús nos responde: “Por mí lo hicisteis” y, viceversa, cuando alguien pasa de largo ante el sufrimiento del hombre por su pobreza o marginación, aparece la expresión de Jesús “por mí no lo hicisteis” y se habla de la condenación eterna. Y realmente son textos para reflexionar, como si, de alguna manera, se nos estuviera anticipando el test que hemos de pasar en ese Juicio de las Naciones.

Sin embargo, y a pesar del respeto que tengo a las consideraciones que preceden, el riesgo que se corre al querer ver en el pobre al mismo Cristo, o sacramento de cristo o expresión real de Cristo, es que veamos al pobre como un simple objeto de respeto, pero al que sólo dedicamos una ayuda asistencial. Ver ese “sacramento de Cristo” al que le podamos enjugar una lágrima o darle unas monedas o algo de comer o vestir, y creer que allí se termina la acción de misericordia que hacemos al mismo Cristo. Así, la iglesia podría estar rodeada de pobres a los que casi reverenciamos o casi les besamos la mano en la que ponemos una limosna. Podemos saludarles y sonreírles. Podemos ver en ellos la presencia de Cristo mismo... una forma de ejercer la caridad. Muchos cristianos afirmarán que al servir a los pobres se sirve al mismo Jesucristo. Pero el riesgo que se corre es dejarlo todo como un objeto de casi devoción, de experimentar la presencia del Jesús sufriente en medio de los crucificados del mundo y bloquearnos para no pasar más adelante.

Así, los pobres de África o de muchas zonas de Latinoamérica, los pobres del mundo, demandan algo más que calificaciones o identificaciones más o menos claras o expresas con el Jesús sufriente. No basta el que haya pequeños actos asistenciales o proyectos de cooperación que se quedan en la epidermis. La vivencia del Evangelio y de los valores del reino, nos llaman no solamente a contemplarlos con veneración, sino a dignificarlos, liberarlos e integrarlos, si es posible, en los primeros lugares de la sociedad. Los valores del Reino demandan justicia y liberación. El ver en ellos “expresión real de Cristo”, debería ser un acicate tal, en cuanto al compartir y en la lucha por la justicia, que no nos debería dejar inactivos y pasivos, a la vez que nos lanzaría a la vivencia de un cristianismo en el que la práctica de la projimidad fuera puesta en su lugar: en semejanza con el amor a Dios mismo.

Por tanto, el concepto bíblico en general, va más allá del hecho de ver en el pobre al Cristo sufriente.. Va en la línea de “hacer justicia” al huérfano, a la viuda y al extranjero como prototipos de todos los colectivos marginados y excluidos del mundo, la liberación de los oprimidos y la libertad de los cautivos. O sea, no todo se queda en la posibilidad de sentir la presencia de Jesús en medio de los pobres, ni en socorrer de forma asistencial o limosnera a los oprimidos, sino que nos vemos lanzados a la lucha por la justicia y a la búsqueda de su liberación. Búsqueda de la justicia, la liberación y dignificación de los pobres al que hay que unir siempre el uso de la voz, gritando a “voz en cuello” como se dice en Isaías en contra de la marginación y de la opresión de los más débiles.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor
y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2004, Madrid, España.

 
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