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Cristianismo en las escuelas públicas
“Tres clases hay de ignorancia: no saber lo que debiera saberse,
saber mal lo que se sabe, y saber lo que no debiera saberse”
François de la Rochefoucauld
Laicidad, deseo de los padres, tradición, obligatoriedad, opción, adoctrinamiento, valores… son algunos de los ingredientes del polémico debate sobre la enseñanza religiosa en los centros públicos de educación.
Sea cual sea el desenlace final de esta historia, lo cierto es que lo laico no puede sostenerse como ojeriza antirreligiosa sino como pluralidad de lo humano. En este sentido, no puede obviarse que entre un 80 y un 95 % de la población mundial se considera creyente en un ser superior y/o profesante de una religión. Guste o no guste, occidente nace de Roma y de la Biblia, por lo que el desconocimiento del génesis e influencia del cristianismo en nuestra cultura no ofrecerá jamás una plena explicación –por ejemplo- de la revolución científica, la democracia, la política, el origen de las universidades o de las ONG´s, la literatura universal, la arquitectura, la pintura, la economía, la filosofía, la tradición, el estado de bienestar, el derecho… Pasa con casi todo, pues son muchos los siglos en los que el ser occidental se ha constituido como sinónimo de ser cristiano, cuestión que pesa, explica e ilumina nuestro presente.
Este desconocimiento generalizado de la religión y del cristianismo viene provocando circunstancias cuanto menos curiosas. Sintetizo a continuación situaciones reales de enseñanzas (sic) que un servidor recibió en el instituto público durante un solo curso:
- Sobre una pintura de Daniel en el foso de los leones (Daniel 6) la profesora explicó que el personaje era un famoso mártir cristiano al que el imperio romano ajustició por su fe.
- Acerca de una escultura de Tomás y los demás apóstoles frente al Cristo resucitado (Juan 20) se nos explico en clase que se trataba de Santo Tomás de Aquino y una visión incompleta de los discípulos.
- Otro profesor, respecto a un texto que citaba las siete vueltas de los hebreos alrededor de Jericó (Josué 6), aseveró que el autor aludía a una historia de romanos.
- De los comentarios de texto sobre Unamuno, Machado y otros autores de nuestra literatura (todos ellos rezumantes de alusiones bíblicas) mejor ni mencionar los disparates expuestos por alumnos en cuanto a las interpretaciones.
- Ante la aparición del símbolo de la Estrella de David en alguna catedral (no hace falta explicar que Israel es parte de la historia de la fe cristiana) el profesor y una parte del alumnado llegaron a la conclusión de que se trataba de algún tipo de herejía o conspiración judía del momento.
Son algunos detalles que insinúan que la negación de nuestro mundo -medularmente cristiano hasta ayer por la tarde- no nos traerá un entendimiento más libre y descontaminado de nosotros mismos. Así están las cosas, pasando de las anécdotas a situaciones de mayor gravedad, como pudiera ser lo habitual que resulta que un medio de comunicación trate informaciones relacionadas con iglesias evangélicas o con la propia Biblia cayendo en el error, la imprecisión o la manipulación más dura y tergiversada. Eso sí, luego tocará escribir la carta de turno para que, por favor, señor director, rectifique. Y a veces lo hacen, pero con el daño ya hecho y la religiofobia y el prejuicio extendiéndose como el chapapote.
Y es que hay diferentes niveles de resultados obtenidos por el fundamentalismo laico; desde los que no pasan de la anécdota, hasta los que alientan la desgracia, constatándose cada día que la ignorancia religiosa puede desembocar en desestabilización social, falsedad, manipulación, desconfianza, odios e incluso sangre. Situaciones que seguramente no ocurrirían si, por ejemplo, se dejase de impartir latín o griego en la enseñanza media.
Hoy día, un típico quinceañero puede ir al cine y encontrarse con una producción subvencionada con nuestros impuestos para comprobar como -además de bodrio y negocio de unos pocos- la película tiñe de alegría el consumo de alcohol y drogas. Este mismo muchacho saldrá del cine y entrará en el Museo del Prado de Madrid para no enterarse de nada y sentirse perdido ante una ingente galería de alusiones bíblicas. Es lo que tiene la neocultura, pero el caso es que parece educativo y formativo que aboguemos por una explicación mucho más detenida del cristianismo en las escuelas. No un adoctrinamiento, sino un sincero y objetivo acercamiento a la Biblia, Cristo y el legado de sus seguidores desde sus comienzo hasta nuestros días. Quizás una asignatura obligatoria sobre el hecho religioso y con evidente énfasis en el cristianismo pueda recoger esta necesidad, aunque otra cuestión sería el quién, el qué y el cómo exponerla.
Sea como fuere, el caso es que taparse los ojos ante el hecho cristiano no traerá mejoras y tiempos de paz sin igual. Ni la cultura ni la estabilidad social avanzarán con la acelerada promoción de lo antirreligioso, sino más bien lo contrario, pues el laicismo de verdad sólo se entiende cuando ofrece cabida y fomento de lo relevante, de lo que es necesario tener claro y de todos los principios básicos de libertad, dignidad y convivencia; elementos éstos, muy de Jesucristo, de nuestro mundo y de nuestras perspectivas de futuro como sociedad laica.
Luis Marián trabaja en Madrid
como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante
de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado
al diálogo con no creyentes. |
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