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De Argentina a Irak
Reflexiones y vivencias sobre la tiranía y la violencia desde la fe cristiana
Jorge Fernández nació en Argentina, pero lleva afincado muchos años en España. Pastorea una iglesia en Madrid, y tiene una gran inquietud por los problemas sociales. Como fruto de ello, colaboró durante muchos años con la ONG evangélica RETO, y actualmente forma parte de la Junta Directiva de Diaconía España (la que llaman la Cáritas protestante). En este artículo, que puede considerarse casi una entrevista por lo muy personal de sus reflexiones, Jorge se acerca -a nuestro entender con enorme sensibilidad y profundidad- a algunas de las numerosas e inquietantes preguntas que alrededor de la fe cristiana se nos introducen a todos en el alma, a raíz de las terribles torturas y masacres que se están produciendo en Irak por parte de todos los bandos .
Padre…, estos sí saben lo que hacen…
-¡Soldado Fernández!
-¡Ordene mi Teniente!
-¡Firmes!… ¡Conteste, ¿cuáles son sus ideas políticas?!
-Yo…, ninguna, mi Teniente… soy cristiano…
-¡¿Demócrata Cristiano…?! – interrumpió impaciente el oficial.
-No…, mi Teniente…, solamente cristiano…, cristiano evangélico…
-¡Carrera Marrr , a formar!!
Fue el final de aquel breve interrogatorio. Poco después, un cabo primero que me apreciaba me advirtió preocupado: -¡Che, pibe, tené cuidado que el Teniente Cruz ( nombre ficticio ), anda haciendo muchas preguntas sobre vos…! Está convencido de que sos rojo …, ¿sabés lo que eso significa, no? Haceme caso…, cuidate.
El pasado que vuelve (¿o es que nunca se ha ido…?)
Esta escena, y otras semejantes, vívidamente grabadas en mi memoria, vuelven de vez en cuando a mi mente, a pesar de que ya han pasado más de 25 años desde entonces. Corría el año 78 y yo me hallaba cumpliendo con el servicio militar obligatorio, como soldado del ejército argentino. Gobernaba el país la Junta Militar presidida por el Teniente General Videla.
Esta semana “Documentos TV” (TVE 2) emitió un documental con imágenes de aquella época y con desgarradores testimonios de personas que contaban cómo, mientras el país celebraba la victoria de la selección argentina de fútbol, a muy pocos metros del estadio donde se jugaba la final – en el edificio de la Escuela de Mecánica de la Armada – ellos estaban prisioneros y sufriendo todo tipo de torturas físicas y psicológicas.
Yo era, entonces, uno de aquellos millones que argentinos que celebrábamos, completamente ignorantes de lo que estaban viviendo otras personas en ese mismo momento. Ignorante, incluso, del significado que pudo haber tenido para mi vida ese breve interrogatorio al que había sido sometido apenas unos meses antes - por un Teniente paranoico que veía terroristas hasta debajo de la cama -, de no haber sido porque el Señor me guardó.
Algunos años más tarde los argentinos supimos que las torturas, los asesinatos, los robos de niños nacidos en cautiverio, los secuestros y las violaciones, fueron una práctica sistemática del régimen militar y que - como no podía ser de otra manera – muchas de las víctimas de sus crímenes, no habían cometido mayor delito que el de figurar en la agenda telefónica de un amigo que militaba en un partido político, o, simpemente el de caer bajo la sospecha o la animadversión de algún policía, militar o cura, que no viera con buenos ojos que uno no asistiera a misa - como fue en mi caso - o que suspirara públicamente por la normalización democrática (como fue el caso de profesores, maestros y algunos clérigos).
Supimos, además, que esos policías y militares torturadores, no obraban así de forma espontánea - de puro malos que eran - sino que su accionar respondía a un preciso y calculado entrenamiento que habían recibido en la ignominiosa Escuela de las Américas , en Panamá, donde los oficiales latinoamericanos eran instruidos por expertos militares norteamericanos en las “artes” de la tortura y otras habilidades con las que podrían defender “los valores de la sociedad occidental y cristiana” de las garras del comunismo.
Pienso en todo esto cuando leo y escucho sobre las torturas infligidas a los prisioneros irakíes por soldados ingleses y norteamericanos… Y me indigno, cuando los más altos jefes de gobierno de ambos países dicen no saber nada , o que acaban de enterarse hace muy poco, y de casualidad… ¡Hipócritas! ¡¿A quiénes pretendéis engañar con vuestras mentiras?! ¡Cínicos! ¿Así que el Pentágono había autorizado un número preciso y “limitado” de torturas para los prisioneros irakíes en Guantánamo? ¡Qué bárbaros tan civilizados! ¿Esperáis que aplaudamos vuestra humanidad ?
¡Me pregunto cuántos de los actuales altos cargos y asesores del Pentágono habrán dictado cátedra alguna vez en la Escuela de las Américas! ¡Me reiría – si no fuera tan triste e indignante - cuando el presidente Bush felicita el “profesional” trabajo de los mercenarios chilenos (más de uno de ellos, antiguos represores durante la dictadura de Pinochet), que cobran no se cuántos millones al día por su “trabajo” en Irak. ¿A quién le reportan sobre los detalles de su “trabajo”? ¿O es que ni siquiera tienen la obligación de reportar? (¡No se qué será peor!).
Un clamor, una exigencia…
Yo tenía 18 años de edad y apenas un año de conciencia cristiana, cuando la dictadura militar argentina. No teníamos contacto con el mundo exterior, ni sabíamos lo que era la libertad, ni la Democracia. No puedo decir lo que hubiera hecho entonces, si hubiese estado mejor informado. Pero sí sé lo que puedo hacer hoy, como cristiano consciente, ante las mismas situaciones que se repiten en todo el mundo: clamar a Dios y al mundo, rogando (y en el segundo caso, también exigiendo),… ¡JUSTICIA!.
Rogando también por mis hermanos norteamericanos e ingleses, que hoy sufren la vergüenza de estar siendo señalados y ridiculizados en el mundo por causa de las malas decisiones de sus gobernantes de turno y por las acciones de unos miserables que – como todos sabemos -, no representan en nada a los millones de norteamericanos e ingleses que, a través de los tiempos, han dado sus vidas y sus dineros por la defensa de las libertades y por la predicación del Evangelio. Unos miserables que no están a la altura de la grandeza de la historia, la cultura y la espiritualidad de sus pueblos.
Ruego, y me solidarizo especialmente con las iglesias en estos países, que han demostrado siempre a sus gobernantes la más absoluta lealtad evangélica y su patriotismo, pero que tampoco callarán – estoy seguro –, su voz profética ante la injusticia de quienes pretenden engañar a sus gobernados con la mentira diabólica de que “el fin justifica los medios”, usando el nombre de Dios en vano, para defendernos – según dicen - del comunismo ateo de ayer, o del islamismo fundamentalista de hoy.
Ruego por ellos, para que Dios levante, en medio de estas ilustres naciones, a nuevos hombres y mujeres que sean dignos de portar el testigo de los Lincoln, los Moody, los Spurgeon, los Carey, los Livingston, los M.L. King… (la lista sería interminable). ¡Nuestra generación los necesita desesperadamente!
P.D.: Si por casualidad leyeras este texto… ¡Muchas gracias, Jimmy Carter!, por salvarnos la vida a miles de jóvenes argentinos y chilenos durante el conflicto por el Canal de Beagle, en 1978 (tú sabes por qué…). Tu sincero admirador.
© J. Fdez., ProtestanteDigital.com, 2004, España |