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Alta tecnología
Asombrada ante tanta pantalla de la que emergen voces, huyo como un animal amenazado hasta un lugar que me ofrezca refugio; es allí donde comienza mi reflexión.
Es fácil caer en sus redes (les hablo de ella, la televisión). Es tan seductora, y a la vez tan cruel, que soy precavida cuando me la encuentro cerca.
Conozco su juego de ofrecimientos sin medida, su despojo de imágenes que se cuelan en mi retina con la intencióh de venderme algo, y aunque no todo lo que otorga se pueda calificar de inútil, a menudo me he sentido como un objeto que urgentemente necesita reparación, o al igual que muchos de vosotros/as, he caído en el error de pensar cuán maravilloso sería tener un cuerpo perfecto, como el que nos muestran esas chicas de sonrisa fingida, haciéndonos ver lo fácil que resulta tener ese aspecto con tan sólo tomar un yogurt. Es así como -sin darnos cuenta- se nos meten en casa señores de traje y corbata hablándonos de premios fabulosos con sólo una llamada de teléfono, o se cuelan en nuestro hogar-dulce hogar quienes nos cuentan con pelos y señales qué hace o deja de hacer mariquita o menganita.
Y al final, hay quienes, avispados, nos damos cuenta de la hipocresía que emerge de la bien definida caja tonta, y tomamos el mando, sin que este nos mande, seleccionando con cautela lo que en realidad deseamos ver. Pero aún así, de vez en cuando, me encuentro con gente que, prescindiendo de tu charla, te mandan a callar porque están muy atentos al último cotilleo, o esperando el desenlace entre Carlos Alberto y Lucrecia María.
Después de todo, esta sociedad, con su alta tecnología, nos está volviendo a más de uno altamente bobos. Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
© Y. Tamayo, 2004, España
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