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Número 36 - 18 de mayo, 2004
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JUan simarro

Cristianos y desarrollo de los pueblos

Uno de los temas que hemos de trabajar los evangélicos en alguna consulta que se podría programar, es responder a la pregunta clave para la vida cristiana sobre si la vivencia del Evangelio de Jesús, el compromiso con los valores del Reino y el seguimiento del Maestro de Nazaret al que están llamados los cristianos, implica la búsqueda de la justicia en el mundo, en el mundo de nuestro aquí y nuestro ahora, y no solamente la justicia como justificación por la fe para salvación. Si implica que el cristiano esté atento a la promoción humana de los más débiles, la participación en la transformación de un mundo desigual, con un extremado desigual reparto de los bienes del planeta.

Deberíamos plantearnos si la predicación del Evangelio, la evangelización del mundo, tiene que ver también con la dignificación de los marginados y excluidos, con la denuncia de las estructuras sociales injustas, denuncia al estilo de los profetas a los que les fue encomendada la tarea de gritar “a voz en cuello” contra la opresión de los trabajadores y el olvido de los pobres y los marginados. Porque, si esto es así, si en una consulta seria nos diéramos cuenta que estos son componentes de la auténtica vivencia de un cristianismo integral y de un Evangelio de la gracia y de la misericordia, quizás nuestros compromisos, nuestros estilos de vida y nuestras involucraciones en la búsqueda de la justicia y de la dignificación de las personas como acercamiento del Reino de Dios a los pobres de este mundo, deberían replantearse.

Debería replantearse porque quizás la guía más adecuada para el desarrollo de los pueblos se encuentre en los valores del Reino expuestos por Jesús en tantos pasajes de los Evangelios, y fundamentalmente en las parábolas del Reino. Es verdad que el cristiano puede tener en cuenta la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Declaración del Derecho al Desarrollo, estar al tanto de los medios de comunicación que nos van dando cuenta de la situación del mundo, viajar para conocer in situ estas situaciones y los focos de conflicto, tener en cuenta la Declaración Universal de los Derechos del Niño, acercarse a los estudios sociológicos e históricos del momento... porque en ningún caso debemos rechazar la aportación de las ciencias sociales y de los acuerdos humanitarios. Pero los cristianos deberíamos tener una fuerza mayor que nos impulsara tanto a la denuncia, como a la acción, tanto a la búsqueda de la justicia como a la dignificación de los proscritos o despojados. Es la fuerza social de los valores del Evangelio, valores que no solamente hemos de conocer, sino vivir y practicar en choque cultural con los contravalores que reinan en el mundo hoy.

Si sociológica y económicamente se puede constatar que en el mundo hay alimentos y recursos suficientes para liberar al mundo de la tremenda lacra de la pobreza, pobreza que hoy es un escándalo que afecta a más de media humanidad, si creemos que una mejor redistribución de los recursos del planeta podría procurar una vida más digna e igualitaria entre los habitantes del planeta y callamos, no estamos siguiendo al Maestro.

Si constatáramos que la erradicación de la pobreza en el mundo no es solamente una cuestión asistencial en la que algunos cristianos se involucran a través de ONG's o de ofrendas esporádicas y muy espaciadas en el tiempo, muchas veces reducidas al momento en que la catástrofe entre los pobres les condena a la muerte en indignidad, sino que es un tema que debe afectar también a la transformación de las estructuras de pecado sociales, debe de influir en las estructuras políticas y económicas de un mundo que valora el tener egoísta por encima del derecho a ser de tantas personas que quedan desposeídas y reducidas al no-ser de la marginación y exclusión social, y nos callamos, estamos muy lejos del seguimiento al Maestro. Porque Él dice que el amor a Dios mismo es semejante al amor que debemos de tener al prójimo sufriente. Así, los cristianos deberían comenzar por ejercer influencia positiva en las estructuras sociopolíticas, quizás comenzando por los Ayuntamientos, siguiendo por los propios gobiernos y así hasta llegar a las mayores influencias internacionales que se puedan tener... porque los que se reconocen cristianos en el mundo son muchos y podrían tener una influencia totalmente transformadora del mundo. Nuestra influencia y compromiso podría afectar a las grandes instituciones multinacionales como pueden ser aquellas que pueden dictar políticas de ajuste que eliminan la escasa supervivencia de los pobres. Podría afectar nuestra voz a instituciones como el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial y decirles claramente que no podemos consentir que la desigualdad entre ricos y pobres siga aumentando, ni que se sigan manteniendo unos valores que están en contracultura con los valores bíblicos. Podríamos incidir en que el comercio internacional fuera más justo, que no se penalizaran las importaciones de los productos de los países pobres, que se condonara la Deuda Externa que impide el desarrollo normal de los niños del mundo pobre, que se tuvieran en cuenta los derechos de los inmigrantes, siempre que las condiciones económicas del mundo obliguen a que haya desplazados por supervivencia.

Debemos proclamar que no habrá auténtica paz en el mundo mientras no haya justicia, mientras no se cumpla la descripción bíblica en la que la justicia y la paz se besen. Debemos denunciar e influir para que haya medicamentos a bajo precio para los más pobres, como por ejemplo los medicamentos para el control del SIDA, que los cristianos demos ejemplo de un compartir solidario junto a una participación real en la promoción humana y en la transformación del mundo en un lugar más justo. ¿Estaríamos llegando así a la vivencia de un cristianismo más integral que completara nuestra relación de adoración, culto y alabanza al Dios vivo? Yo estoy convencido de que sí.

Juan Simarro Fernández, licenciado en Filosofía, escritor
y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid.
© J. Simarro, 2004, Madrid, España.

 
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