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Escalera hacia el cielo
En estos últimos días, hemos mirado hacia los cielos para toquetear el asombro y la perplejidad de lo inaccesible. El vetusto y privilegiado telescopio espacial Hubble ha captado imágenes de lo que los medios de comunicación han denominado como escalera hacia el cielo . Con peldaños y todo, nos hemos subido a esta nueva y espectacular nebulosa roja de la Vía Láctea, curiosa por ser “única en su forma y color" (según la Agencia Espacial Europea). Y así, descubrimos un Universo que alberga caprichos que nos deslumbran y que a buen seguro hubieran servido de inspiración a los salmistas bíblicos.
En estos días de contemplación vertical y tortícolis mediática también hemos echado la vista arriba para ver como, por primera vez, la fuerza aérea de un país entregaba material OVNI a una cadena de televisión. Los telediarios y prensa de España se hicieron eco y pudimos ver, ante los comentarios exaltados de los pilotos, imágenes de varios objetos luminosos que se movían y alineaban a velocidades sorprendentes. Así es la idiosincrasia OVNI, cosas que vuelan y que se desconocen, probable razón por la que el grupo de amigos que vimos la noticia decidimos no opinar. Una vez más, lo inaccesible nos deja el desconcierto olvidándose de traernos los parámetros de juicio. Otra vez será.
Pensando en estos sucesos, uno se acuerda del Dios del Antiguo Testamento, del Yavé que desprendía el mismo aire con el que vienen envueltas estas noticias: sobrecogedor, misterioso, localizado, inaccesible… En la antigüedad, el pueblo de Israel veía a Dios manifestarse de forma material con relativa frecuencia: como una nube, columna de fuego, zarza ardiendo, teofanías o las propias rutinas sobrenaturales como el abastecimiento del maná son características de un tiempo en el que todos sabían donde se encontraba Adonai. Cuestión donde el Lugar Santísimo del Templo cobraba especial protagonismo, pues allí, en el espacio reservado para el sumo sacerdote, habitaba Yavé.
Cualquiera, con temor, podía decir: “allí está nuestro Señor”. Pero pasaron los siglos y se rompió con una situación un tanto irreal. La torpeza e inmadurez del pueblo escogido obligaba a Dios a establecer durísimas leyes o a mostrarse con una agresividad contraria al deseo de su corazón. El Señor de Israel, como buen Padre que es, nunca disfruta cuando solicita que a un hijo suyo le abran las carnes con cuchillos… para ser operado de cáncer. Pero a menudo no hay otra solución.
Con la venida del ansiado Mesías se revelaba un tiempo desbordante de desconocida naturalidad. El cosmos al completo llevaba milenios deseando oír el desgaje de la cortina del Templo, acontecimiento que arramplaría también con la claustrofóbica idea del “Dios que está allí o allá”. La venida del Espíritu Santo desciende como el cenit de un nuevo orden universal en el que Yavé se muda de los Templos para habitar en ventrículos y aurículas . La imperfecta pero amada Iglesia de Cristo es ahora la boca, manos, oreja y pie del propio Jesús (1ª Corintios 12). Había llegado el ansiado tiempo en el que “nosotros somos el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular” (vs. 27). De repente, la gente veía a Dios a través de sus hijos.
Los cristianos de los últimos siglos no hemos tenido ningún problema en integrar esta realidad en nuestros credos. Y los que rechazan a Cristo también lo entienden y por eso nos vigilan. Esta nueva situación nos obliga a velar y a chillar cuando involucionamos para convertirnos en meros sermoneros, asistentes a reuniones religiosas o sonrientes de los lunes por la mañana. No, no somos eso. Cuando miran a nuestros ojos las personas se preguntan: ¿dónde está Dios?, ¿lo veo?, situación que nos acongoja y nos lleva a afirmar que los errores de la Iglesia no tienen nada que ver con Jesucristo, e incluso llegamos a aseverar que Iglesia y Creador son cosas diferentes… Argumentos con algo de mentirijilla ante la luz de la Escritura.
El caso es que desde el estratosférico descendimiento del Espíritu Santo es como si la Trinidad y los incrédulos se aliasen contra la Iglesia para decirnos que si Dios es real debemos ser como el telescopio Hubble, instrumentos de lo alto cuya misión consiste en recoger el reflejo -en medio de tanta nebulosa- de la respuesta de Cristo hacia una humanidad que rastrea el espacio en busca de señales de vida… en busca de Jesús, la escalera hacia el cielo.
Luis Marián trabaja en Madrid
como documentalista en la Universidad Carlos III,
y Coordinador de la Biblioteca Protestante de Madrid. Es estudiante
de periodismo y cofundador
de www.delirante.org un portal juvenil cristiano enfocado
al diálogo con no creyentes. |
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