Epístola a Mercedes Rico
Señora Mercedes Rico Carabias: Por la prensa supe que el Consejo de Ministros celebrado el pasado 7 de mayo, aceptando la propuesta del ministro de Justicia, la nombró a usted directora General de Asuntos Religiosos.
Recibo el nombramiento con alegría. Es usted la primera mujer que accede a este cargo. Deseo que lo desempeñe mejor que todos los hombres que la han precedido.
Leía las crónicas que su madre, Josefina Carabias, mandaba desde París al diario YA . Disfrutaba con los artículos de su hermana Carmen Rico.
Tengo una pregunta, que no espero me conteste: ¿Por qué los medios de información, con la prensa escrita como primera culpable, han dado tan poco relieve a la noticia de su nombramiento, cuando la Dirección General de Asuntos Religiosos es un departamento de primer orden y en muchos aspectos clave en la actual administración política del país?
Verá usted: Soy uno de los históricos del Protestantismo español. He mantenido contactos –con unos más que con otros- con todos, absolutamente todos los Directores Generales que la han precedido. Desde Alfredo López en 1967 hasta Alberto de la Hera en días pasados. Alfredo López se hizo cargo de los asuntos religiosos, los referidos a los protestantes, a raíz de la Ley de junio de 1967 que regulaba el derecho al ejercicio civil de la libertad religiosa. López era entonces subsecretario de Justicia. Yo era miembro en la Permanente de la Comisión de Defensa Evangélica. En una ocasión Alfredo López hizo que se me impusiera una multa de 25.000 pesetas por escribir que Judas pudo haber sido espía del Sanedrín judío. Otra vez mandó a retirar un ensayo mío sobre el tema de la homosexualidad. Y a mi regreso de Ginebra, donde me invitaron a dar una conferencia sobre el Papa a raíz de su visita a la sede de la Organización Internacional del Trabajo, me llamó a su despacho y me armó una bronca tremenda. Con todo, Alfredo López, miembro del Opus Dei, siempre actuó como un caballero en su relación con los protestantes.
Después, los Directores Generales se fueron sucediendo. Unos dejaron mejores recuerdos que otros. Sin hacer caso a Cervantes –Josefina Carabias escribió un libro sobre él- en eso de que las comparaciones son odiosas, yo no tengo más remedio que comparar.
Los más cercanos a nosotros fueron Eduardo de Zulueta, Eugenio Nasarre, Suárez Pertierra (el mejor) y José María de Zabala. También hemos mantenido relaciones fluidas con Alberto de la Hera.
Luis Apostúa fue nefasto. Además, nos engañó abierta y descaradamente. Cuando en junio de 1982 se creó la Comisión Asesora de Libertad Religiosa, a los protestantes nos correspondía un representante. En una comida que miembros de la Comisión de Defensa Evangélica mantuvimos con él, a petición suya, propusimos que el representante fuera José Cardona. No conforme, Apostúa dijo que lo consultaría con las Iglesias inscritas en la Dirección General. Lo hizo. El 95 por 100 de las respuestas que obtuvo señalaban a Cardona. Pero Apostúa era un mandado de los obispos católicos, que querían a uno que fuera miembro del Consejo Ecuménico de las Iglesias, con sede en Ginebra. Apostúa obedeció. Ignorando la voluntad del pueblo protestante y al mejor estilo hitleriano nombró a un ecumenista, Daniel Vidal, un hombre bueno. Puesto que no podía ignorar a Cardona, Apostúa hizo una trampa. Enterado de que pertenecía a la carrera judicial, ya que era secretario en un juzgado de Madrid, lo incluyó en la Comisión como experto en representación del Estado. Que descanse en paz donde quiera que esté.
Desde 1967 hasta hoy he estado en primera fila del protestantismo español. He presidido dos veces la Comisión de Defensa y otras dos veces la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España (F.E.R.E.D.E. Negocié y firmé los Acuerdos de 1992 entre el Estado español y las Iglesias evangélicas. Conozco los entresijos de la FEREDE y se lo que los protestantes españoles esperamos del nuevo rumbo. La FEREDE informará a usted de los problemas que tenemos pendientes. Es la única voz autorizada para el diálogo con la Administración del ejecutivo.
Pero utilizo este espacio para recordarle que los Acuerdos firmados con el Estado necesitan ser desarrollados y aplicados con urgencia. Aún se clausuran templos protestantes, se limita nuestro derecho al culto público, está sin regular nuestra asistencia religiosa a centros públicos tales como hospitales, cárceles y centros militares. Nuestros pastores aún no pueden cotizar a la seguridad social con los mismos derechos y prestaciones que tienen los sacerdotes católicos, nuestros templos no están exentos del IVA, como lo están los católicos. Y aunque llevamos años reclamando y años llevan prometiéndolo, aún no hemos tenido acceso a una asignación en los Presupuestos Generales del Estado, como lo tiene la confesión mayoritaria.
Estos días se habla mucho de financiar a las confesiones musulmanas para controlar el radicalismo de algunos de sus líderes. ¿Qué pasa, señora Directora General? ¿Tendremos que poner bombas los protestantes para que el Estado se entere de que existimos y se avenga a concedernos lo que nos corresponde? No se preocupe, es sólo una frase. Nosotros somos personas de paz.
J.A. Monroy es un escritor y conferenciante internacional
© J. A.
Monroy, ProtestanteDigital.com, 2004 (España) |