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Dalí, Dios y la muerte
Este año se cumple cien años del nacimiento de Salvador Dalí (1904-1989). Exposiciones, libros y conferencias celebran este aniversario, al que se ha unido también esta semana Televisión Española con varios documentales realizados especialmente para la ocasión. Uno de ellos desvela una de las mayores obsesiones del pintor de Figueras: su temor a la muerte. En Vivir para no morir , Carme Páez Berga nos muestra su pánico a morir y su extraña actitud frente a la fe.
El programa de Páez comienza con las últimas imágenes de Dalí en el hospital, sentado en un silla de ruedas y alimentado por la nariz, mientras exclama patéticamente: “Los genios no tenemos derecho a morir”, a la vez que implora entre lágrimas: ¡quiero vivir, quiero vivir!”. A continuación dice, en una de sus más conocidas entrevistas: “Lo que me gustaría es la inmortalidad de verdad, no morirme, porque la idea de la muerte es lo único que me angustia”. Ya que piensa: “Prefiero hacer cuadros malos y vivir más tiempo”. Este deseo concluye no sólo el documental, sino que resume toda la vida de un artista, que como Picasso, no pudo soportar la idea de la muerte.
Dalí escribió: “He empezado por la muerte, para evitar la muerte”. Porque aunque “la muerte se explica a menudo por la imperiosa y constante compulsión por volver al lugar del que venimos, al claustro materno”, él cree que recuerda ese periodo intrauterino, “como si fuera ayer”. Y aunque pueda parecer que “era como el paraíso, tenía el color del infierno, rojo, anaranjado, amarillo y azulado, el color de las llamas, del fuego”. Ya que “sobre todo era blanco, inmóvil, caliente, simétrico, doble y pegajoso”. Y aunque la muerte le devuelva a ese paraíso, ubicado en el claustro materno: dice: “tiemblo de pensar en la muerte”.
La vida y el mito son en él difíciles de distinguir, ya que desde pequeño se fue modulando un personaje, que acaba confundiéndose con su propia persona. Dalí recuerda que hacía siempre lo que se le antojaba, porque “mi madre, a quien adoraba, me lo permitía todo, para evitar que estallara en lo ataques de histeria, que a menudo padecía”. Ya que justo nueve meses antes de su nacimiento, había muerto otro Salvador Dalí. Este hecho marcó toda su vida y la de su familia. Su padre era notario en Figueras, un hombre de carácter fuerte, con el que tuvo siempre una relación difícil.
La forma de actuar de Dalí chocaba a menudo con la incomprensión de los que le rodeaban. De hecho sólo le relajaba pintar. Cada pintura era para él, como “un cúmulo de sensaciones y estímulos”, que le “hacía diferente”. Aunque en un sentido, “cada vez que pinto un cuadro”, piensa: “me gustaría pintar siempre el mismo”. Ya que para él, paradójicamente, “no hay nada más distinto que copiar una cosa”.
Tras demostrar su talento para el dibujo, su padre le manda a hacer Bellas Artes en Madrid en 1921. Estando allí conocerá en la Residencia de Estudiantes al poeta Federico García Lorca y al director de cine Luis Buñuel. Con el primero pasará luego un inolvidable verano en Figueras, y con el segundo hará dos películas mudas en París. A pesar de su carácter introvertido, Dalí tiene la presunción de decirle al jurado de la Escuela de San Fernando que ellos no le pueden examinar sobre Rafael, porque él sabe más que todos ellos juntos, siendo finalmente expulsado de la Academia. No tardará su padre en echarle también de casa. Lo siente sobre todo por su hermana Ana María, que era su confidente. “Fue un duro golpe”, recuerda. Le parecía que nunca más podría ver el cielo que le había acompañado desde su niñez. “El disgusto fue tan grande que fui deambulando como un espectro de mí mismo”. Al iniciar ese exilio forzoso, se rapa el pelo al cero, adquiriendo una nueva imagen, buscando como siempre llama la atención.
El artista se establece entonces en Cadaqués, “un lugar que adoraba con una fidelidad fanática”. Fue allí en 1929 donde fue a visitarle el poeta francés Paul Éluard con su mujer rusa Gala, quedando totalmente prendado de ella. Ella fue el único gran amor de su vida. A partir de entonces dice: “Toda mi vida girará en torno a quien fue mi salvación”, Gala.”Ella me proporcionó la curación psicológica, dio sentido a una vida que antes nunca había vivido”, puesto que construye una concha para protegerle. Juntos van a París, donde Picasso le presta dinero para ir a Nueva York. Allí se instala en 1940, convirtiéndose en su verdadera plataforma de lanzamiento. El público americano le escucha embelesado, mientras contempla sus extravagancias. Ya que “Salvador, como su propio nombre indica, está destinado a salvar la pintura de la pereza y el caos”.
Pero Dalí no tardará en descubrir que no es propietario de su propia leyenda. Aunque en momentos de lucidez, confiesa que historias como el famoso “método paranoico-crítico”, que había inventado para enfrentarse a Breton y a su grupo surrealista de París: “ni yo mismo sabía en qué consistía”. De hecho, cuando finalmente se lo presenta a su admirado Freud, éste parece tener más interés por su pintura que por su alocada tesis, por lo que Dalí acaba enfadandose con él. El padre del psicoanálisis le comenta entonces al escritor Stefan Zweig que “nunca ha visto un prototipo de español más claramente: es un fanático”.
A partir de la década de los cincuenta, Dalí vive una etapa aparentemente religiosa, pero que sospechosamente coincide con su vuelta a España. Hace entonces un Manifiesto místico (1951) , y su interés por Santa Teresa y San Juan de la Cruz dan origen a su conocido Cristo (1951) . Es en realidad un retorno al orden, un regreso a los pintores del pasado que tanto admiraba, como Velázquez o Vermeer. Pinturas religiosas como La última cena (1955) o Corpus hypercubus (1954) pueden dar la impresión de una fe auténtica, pero en realidad no es más que un mero señuelo para volver a aparecer en los medios, como demuestra el hecho de que en ese mismo período haga obras tan provocadoras como su Joven virgen autosodomizada (1954).
Dalí vive para el momento, no lo olvidemos. La contradicción está presente en todos sus actos, pero también le lleva a pasar de estados de euforia a la angustia más desesperante. “Me siento esclavo de una angustia creciente”, dice. “No sé de dónde viene y a dónde va”. Aunque “no hay absolutamente nada que pueda asustarme, me asusto de estar asustado”. Ya que “el miedo a asustarme me asusta”. Los últimos cuatro años de su vida los pasa encerrado un una habitación, con la mirada puesta en las muros de su gran obra, el Teatro-Museo que inauguró en 1972. Allí ve “una pared erosionada por el cielo que siempre había buscado a través de la confusa carne de mi vida”. Pero este es “un cielo que sólo se encuentra en el corazón de los hombres que tienen fe”. Así que “por eso me temo que yo moriré sin Cielo”.
“Creo en Dios”, dice Dalí, “pero no tengo la fe”. Ya que “por las matemáticas y las ciencias particulares sé que es indiscutible que Dios tiene que existir, pero no me lo creo”. Esa misma paradoja, es a la que según Pablo en Romanos 1, todo hombre se enfrenta. Ya que en el fondo de nuestro corazón, sabemos que Dios existe, así que no tenemos excusa (v. 20). Pero no le adoramos, sino que nos envanecemos en nuestros razonamientos, por lo que nuestro necio corazón ahora se ha entenebrecido (v. 21). Dalí dio su corazón a una criatura, en vez de al Creador. Pero al fallecer Gala en 1982, su problema es que su amor no puede salvarle de la muerte.
La buena noticia es que hay un Amor Inmortal, cuyos lazos nos llevan más allá de la muerte. Viene de Aquel que participó con nosotros de carne y sangre, pero destruyó “por medio de la muerte al que tenía al imperio de la muerte” ( Hebreos 2:14). Por lo que puede “librar a todos los que por el temor de la muerte estaban”, como Dalí, “durante toda la vida sujetos a servidumbre” (v. 15). Por su muerte acabó con la muerte, “para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” ( Juan 3:15).
MÁS EN INTERNET:
www.salvador-dali.org
www.dali-gallery.com
www.dalibooks.com
www.secc.es
José
de Segovia Barrón es periodista, teólogo y pastor
en Madrid.
© J. de Segovia, Madrid, España. |
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