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Número 36 - 18 de mayo, 2004
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MANUEL DE LEÓN

A propósito de "La mala educación"

La película de Pedro Almodóvar “La mala educación”, según las críticas que he leído, además de presentar los problemas del internado en colegios y seminarios católicos, supone una puesta en escena de personajes en soledad. Como si aquella época de represión, de seres humanos aislados y entrenados para luchar y vencer al mal, hubiesen cambiado su bunker de espiritualidad por un momento de deseo, por una chispa de libertad y locura. Son -según dicen los críticos- personajes con el corazón rebosante de vacío y oscuridad, en un mundo hipócrita lleno de infidelidades y de amoralidad, donde cada cual busca satisfacciones íntimas, escapes de una educación religiosa atávica y manipuladora que son capaces de autodestruirse por un momento de pasión.

Yo que he vivido en un seminario católico durante ocho años y que he visto la problemática de cerca, no puedo estar del todo de acuerdo con esta visión perturbadora y siniestra de aquella época. En primer lugar, porque la perspectiva de ahora al juzgar aquellas formas de conducta no es la que teníamos entonces. En segundo lugar porque la libertad e indiferencia hacia lo sagrado de ahora, no puede contraponerse con aquello que nos hacía vivir con ilusión para “conseguir la vida eterna” en el menor tiempo posible.

La enseñanza religiosa, con ser constante y que actuaba de anestesia, no era el mal de aquella educación espartana y esclavizante, llena de filas, de rezos, de clases y estudios interminables. El mal era quizás ese mundo reducido a cuatro paredes. Un mundo medio monástico y medieval que solo aspiraba a conseguir un sitio entre los ángeles y cantar en el coro celestial. Sin embargo en las experiencias personales de cada uno, siempre aparecía la cruda realidad de que por tus propias fuerzas no podías conseguirlo. Siempre aparecía el fantasma del pecado mortal, de la condenación sin remedio, porque no éramos capaces ni de mantener nuestra propia justicia y mucho menos la santidad que Dios exigía.

Hace tres años se publicó una novela en Asturias de Francisco Martín Angulo titulada “La escapada de los elegidos”, que aún siendo menos radical que Almodóvar, analiza los motivos por los que una mayoría de los seminaristas y clérigos escaparon, después del Vaticano II, en una estampida sin precedentes, hacia la vida civil y de forma silenciosa. Unos cien mil clérigos y muchísimos mas seminaristas huyeron de forma sigilosa, entre el dolor y la frustración. Habían visto que las reformas para el “agiornamiento” no solo no llegaban sino que a la mayoría de las resoluciones se les daba un nuevo giro conservador y, contraviniendo todo el espíritu del Vaticano II, se las ahogaba sin piedad. El resultado fue la huida. Esta crisis tan profunda y espectacular de los años 60 actuaba como una máquina de hacer ateos en la España nacional-católica. Si aquellos principales dirigentes de la iglesia estaban en tal crisis de fe, cómo estarían los demás.

Sin embargo, la sensación que uno saca de la película y el libro citados, es que aquella espiritualidad hecha a golpes del catecismo del Padre Astete, no era mas que un barniz hipócrita que ocultaba enormes pecados. Van desfilando por el libro personajes como don Pepón un cura con halo de santidad en un pueblo pequeño, que pregonaba la pobreza, pero que ya había sido cesado de profesor de latín del Seminario por pederasta. Las denuncias no surtían efecto. Los silencios y coartadas encubridoras ocultaban los otros pecadillos de la gente que salían en la confesión y que amordazaban a sus autores.

Otro aspecto de esta estampida fue la sensación de esclavitud. Era una esclavitud del siglo XX que no te sujetaba por imperativos del poder ni con el látigo, sino por la sutileza del dogma religioso, de principios interesados nacidos de los altares, de los púlpitos y de las iglesias pero que nada tenían que ver con el cristianismo. El pobre sacristán es descrito como el esclavo mayor en el mundo de los elegidos y de los modelos morales. Es el hombre que tiene la mansedumbre de perro, siempre herido, siempre maltratado, siempre pateado y echado fuera, pero que vuelve con sumisión y dedicación. En el “nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre” del artículo 4 de la Declaración de los Derechos humanos, está incluida la esclavitud clerical de los años 60. La servidumbre psicológica y moral quizás fue la causa fundamental para escapar y evadirse, rompiendo las cadenas de vasallaje de las instituciones religiosas que supusieron esa terrible pesadilla histórica.

Manuel de León es escritor, historiador, y director de "Vínculo"
(revista de las Iglesias de Cristo de España).

© M. de León, Asturias, España.

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