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Más sobre teología protestante
(respuesta a Juan Simarro)
Mi admirado Juan Simarro (admirado especialmente por su demostrada vocación y dedicación a la obra social) dedica su columna habitual a discrepar de mis reflexiones en torno a la teología protestante, aparecidas en el número 35 de Protestante Digital. Está en su perfecto derecho, por supuesto. Lo que ocurre es que más que una discrepancia sobre lo escrito, percibo que, desde una lectura sesgada o precipitada, discrepa de una línea argumental inexistente en mi artículo.
Vamos por partes. A Simarro le molesta que se hable de “nuevo paradigma teológico” ; y le molesta porque centra su foco de atención especialmente en el segundo de los temas esquemáticamente tratados, diez líneas tan solo , en el que se remarca que tenemos “una gran preocupación por lo que afecta al Tercer y Cuarto mundo. ¿O es que hemos perdido esa preocupación? Efectivamente, ni en el compromiso social de los cristianos, ni en la búsqueda de nuestras raíces, ni en fundamentar nuestra salvación en los cimientos de la fe, ni en luchar por la dignidad personal y comunitaria, ni en esforzarse por encontrar una espiritualidad comprometida hay nada nuevo ¡afortunadamente! Todo eso está en la Biblia y en la práctica de algunos cristianos a lo largo de la historia (no de la mayoría) ¡y también en nuestros días! Pero en el artículo hablamos de otra cosa, amigo Simarro. Hablamos de teología, de reflexión teológica. Y la reflexión teológica, al igual que ocurre con el pensamiento filosófico, abre caminos, señala rutas, se hace eco de inquietudes, busca afianzar posturas debilitadas...
Por otra parte, se confunde, ridiculiza y desvirtúa el término “teólogos progresistas”, a quienes en el artículo comentado no se vinculan a congreso alguno, y en el que tan solo de forma tangencial se menciona a los congresos auspiciados por la Asociación de Teólogos Juan XXIII junto a “otros foros sociales y universitarios” en los que son invitados con ncierta asiduidad a participar algunos teólogos protestantes. En mi artículo tan solo una vez y, repito, de manera absolutamente tangencial, se menciona a la Asociación de Teólogos Juan XXIII (que, por cierto, acoge en su seno al plantel más destacado de los teólogos españoles contemporáneos), y sin embargo Simarro en su supuesta respuesta trae a colación ¡por cuatro veces! a la mencionada asociación. ¿A qué se debe esa fijación? ¿Tal vez a prejuicios ajenos al propio contenido de mi artículo?
Pero hay algo más. ¿Con qué derecho y bajo qué criterios determina Simarro que quienes reflexionan teológicamente no participan a la vez “en la acción y en la vivencia de un cristianismo vivido en el día a día”, y a afirmar que lo que hacen es “un mero divertimiento teológico”? ¿Y quién le dice que porque algunos de esos teólogos protestantes sean invitados a dar cursos, conferencias, participar en mesas redondas tanto en congresos como en universidades, y se les requiera para escribir artículos en revistas prestigiadas y participen como co-autores en libros de amplia difusión, están “alejados de la vida del protestantismo en España”? ¿Con qué autoridad se pueden hacer generalizaciones de ese tipo? ¿Y a qué llama estar en “primera línea de acción”?
Solamente dos ejemplos para aclarar un poco las confusas ideas de Simarro. Para no andarnos por las ramas, me referiré a los dos únicos teólogos protestantes españoles que, como tales, figuran en el Diccionario de Teólogos/as contemporáneos” (1) junto a otros de dimensión universal como Karl Rahner, Jean Daniélou, Raimon Pannikar, José Miguez Bonino, Karl Bath, Dietrich Bonhoeffer, etc. Me refiero a Pedro Zamora y a quien suscribe este escrito. Ahí está Pedro Zamora, un hombre de perfil humilde y de honda capacidad de reflexión y servicio, al frente del Seminario Evangélico Unido de Teología, formando hombres y mujeres para la Obra de Dios, impartiendo clases en la Universidad de Comillas y, por supuesto, comprometido con su iglesia, como no podía ser menos. Y quien esto escribe, no ha dejado de “dar la cara” desde hace 50 años que se unió a la Iglesia Bautista. Y, por cierto, lo ha hecho en frentes muy diversos, tanto a nivel de iglesia local, como de su propia denominación, como en entidades interdenominacionales y aún no ha dejado de hacerlo, sin que resulte elegante hacer aquí y ahora un detallado relato de su dedicación y compromiso. Y me consta que el nivel de responsabilidad de los pocos teólogos protestantes de reconocido prestigio que conozco están, igualmente, en primera línea de compromiso. Y me pregunto ¿con qué autoridad pueden formularse tales afirmaciones de manera generalizada? ¿O estamos tal vez hablando de cosas diferentes? Porque no te olvides, Juan, que “protestantes de a pié” somos todos, y cada uno asume los compromisos que delante de Dios considera más adecuados a su llamamiento y a su preparación, unos al frente de iglesias, otros a través de asociaciones dedicadas a la obra social, otros al frente de centros de formación, otros como escritores, como evangelistas, como testigos de Jesucristo donde Dios les coloca... Dios reparte los dones y demanda a cada uno su propio nivel de respuesta.
Vamos ahora a otro tema. Naturalmente, el concepto de “justificación por la fe”, mal interpretado ( como el del “nuevo nacimiento”, o el de la “santidad”, o el de “ser llenos del Espíritu Santo”, y tantos otros), puede hacer mucho daño. Por supuesto. Pero en mi artículo se habla de un pilar del Protestantismo sin el que no sería comprendida la Reforma ni las iglesias que a ella se sienten vinculadas: la justificación por la fe. Y no cabe más. Al menos no cabe más en el contexto en el que está escrito dicho artículo. Lo que Simarro hace son disquisiciones ajenas al sentido central del escrito en cuestión. Sobre ese tema de la justificación por la fe, me permito remitirle a mi artículo sobre el mismo tema publicada en “Diálogo Ecuménico” (2), donde analizo la enseñanza de Pablo y Santiago al respecto y concluyo que, efectivamente “la fe sin obras es muerta”, por lo que la fe no debe nunca ir desligada de las obras. Pero ese es otro debate fuera de contexto, sobre el que podriamos seguir dialogando.
Naturalmente, estamos de acuerdo en que “debemos crear nuestros propios foros y debate teológico”. Pues claro. Ahí estamos, amigo Juan, manos a la obra. Todo el que tenga algo que decir, que lo diga. Pero sin caer en el reduccionismo de contraponer el pan al agua, la reflexión a la praxis. No olvidemos el profundo sentido de las palabras del libro de Oseas: “ Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos” (4:6). Bienvenidos sean cuantos foros de debate seamos capaces de alimentar. Ahí está la incipiente Asociación te Teólogos Protestantes “Usoz y Rio” esperando aportaciones.
Efectivamente, tal y como afirma Simarro, es necesario ayudar “a los evangélicos españoles a no estar de espaldas, ni en su reflexión teológica ni en su vivencia diaria del cristianismo”. Pues en eso estamos totalmente de acuerdo. Por lo tanto, no le extrañe a nadie que a quienes, por oficio y por vocación, reflexionamos teológicamente, nos preocupe “la teología profética en medio de una sociedad en crisis”.
Mayo 2004.
[1] Editado por Ed. Monte Carmelo, en el que aparece una reseña de 243 teólogos del mundo contemporáneo.
[2] Diálogo Ecuménico, Tomo XXXVII, año 2003, número 120, “Justificación por la fe, ¿sola?”.
El autor es Secretario ejecutivo del Consejo Evangélico de Madrid; licenciado en Sociología y doctor en Teología; rector del Instituto Superior de Estudios Teológicos de España,; y miembro de la Asociación de Teólogos Juan XXIII y de la Asociación de Teólogos Usoz y Río.
(c)
Máximo Gª Ruiz, ProtestanteDigital.com, España, 2004 |
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