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Número 37 - 28 de mayo, 2004
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wenceslao calvo

Torturas

‘Al músico principal. Salmo de David, cuando después que se llegó a Betsabé,
vino a él Natán el profeta.
‘Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia;
conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.
Lávame más y más de mi maldad, y límpiame de mi pecado.
Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos; para que seas reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio. He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.
He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría. Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame, y seré más blanco que la nieve. Hazme oír gozo y alegría, y se recrearán los huesos que has abatido. Esconde tu rostro de mis pecados, y borra todas mis maldades.
Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de delante de ti, y no quites de mí tu santo Espíritu. Vuélveme el gozo de tu salvación, y espíritu noble me sustente.
Entonces enseñaré a los transgresores tus caminos, y los pecadores se convertirán a ti. Líbrame de homicidios, oh Dios, Dios de mi salvación; cantará mi lengua tu justicia.
Señor, abre mis labios, y publicará mi boca tu alabanza. Porque no quieres sacrificio, que yo lo daría; no quieres holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.
Haz bien con tu benevolencia a Sion; edifica los muros de Jerusalén. Entonces te agradarán los sacrificios de justicia, el holocausto u ofrenda del todo quemada; entonces ofrecerán becerros sobre tu altar.’ (Salmo 51)


La soldado norteamericana Lynddie England se ha hecho tristemente famosa por sus fotos vejatorias con presos de guerra en la igualmente tristemente notoria prisión de Abu Ghraib en Iraq. La trascendencia de lo que allí ocurrió ha sobrepasado su persona y los mismos muros de esa cárcel, alcanzando a altos mandos norteamericanos y trayendo vergüenza sobre su Ejército y nación. Una de las tentaciones en las que es fácil caer cuando se combate al terrorismo es sobrepasar los límites de la legalidad para, a la postre, convertirse en algo muy parecido a lo que se pretende derrotar.

 

En España, donde sabemos bastante de terrorismo, se buscó la salida, a la corta y a la desesperada, para acabar con ETA en la década de los años ochenta mediante la ‘guerra sucia'; el experimento no pudo ser más desastroso, tanto desde el punto de vista moral y legítimo como también en el orden práctico, pues no sólo los resultados no fueron los esperados (no se produjo su derrota definitiva) sino que el asunto minó la credibilidad del Gobierno y le costó la cárcel al antiguo Ministro del Interior y a altos mandos de la cúpula de ese Ministerio, además de a los policías directamente implicados en la trama. De allí se salió con la lección bien aprendida: En el camino hacia la derrota del terrorismo no hay atajos. Esta enseñanza se podía haber aprendido de forma preventiva si se hubiera hecho caso de la antigua y verdadera máxima que dice que el fin no justifica los medios, pero la presión era tan grande y las ganas de deshacerse de ETA tan inmensas que cualquier cosa parecía buena con tal de llegar a obtener el resultado. La verdad es que el Gobierno de entonces no fue el único responsable moral de aquellas torpezas; si se pudo hacer lo que se hizo fue porque se contaba con la aquiescencia explícita o implícita de buena parte de la opinión pública. Claro que cuando hubo que dar cuentas a la Justicia por los desmanes realizados la inmensa mayoría escurrió el bulto, dejando a un puñado de individuos ante los tribunales, cumpliéndose así, una vez más, el dicho del general Guderian: ‘La victoria tiene cien padres, la derrota es huérfana.'

Pero de la soldado England me llamó la atención algo más; cuando habló con su familia para dar explicaciones por lo que ocurrió se justificó de esta manera: ‘Estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado.' Luego, ante la prensa, se escudó en la obediencia debida para justificar sus actos porque, en su opinión, los verdaderamente responsables eran sus superiores que planificaron y ordenaron las vejaciones. Ella, y sus compañeros, eran meros ‘mandados' que se limitaron a obedecer. Desde luego para un militar la obediencia debida forma parte de sus obligaciones castrenses y sin la misma sería imposible la existencia de ningún Ejército; la obediencia debida es la base de la autoridad y de la disciplina, cuestiones fundamentales en la vida militar. Sin embargo, cuando los acusados nazis en Nuremberg se auto excusaron y sus abogados quisieron exonerarlos de los cargos que se les imputaban basándose en el principio de la obediencia debida, el Tribunal en su sentencia rechazó esa argumentación porque “lo importante no era la existencia de las órdenes superiores inmorales, sino si la no-ejecución de las mismas era de hecho posible o no”.

Por lo tanto, lo que England ha hecho al pretender excusarse de su responsabilidad y echarla sobre otros es algo muy humano, o sea, algo muy propio de los seres humanos, pues ya fueran los responsables de la ‘guerra sucia' en España, los del Holocausto en Alemania o los de las torturas en Iraq, todos tienen un denominador común: Echar balones fuera y no asumir la culpabilidad personal que les corresponde.

Y sin embargo, admitir la responsabilidad personal es la condición sine qua non para encontrar una verdadera salida al delito cometido, tal como nos lo enseña el texto bíblico arriba citado, que fue escrito por alguien culpable por partida doble: adulterio e inducción al asesinato. Se podría dividir en cuatro partes:

•  Invocación. Esta es la única vía por la que un pecador puede dirigirse a Dios, apelando a su gracia y misericordia únicamente. Aquí no hay derechos que reclamar porque no hay nada derecho en él. La culpabilidad se expresa con tres palabras rotundas: rebelión, maldad y pecado.

•  Reconocimiento. Hay conciencia de la ofensa, confesión e inexcusabilidad de la misma. David asume plenamente la responsabilidad de sus actos y las consecuencias derivadas de los mismos. Y eso que el adulterio fue cometido por ambas partes y del asesinato él fue el autor intelectual, pero no la mano ejecutora. Sin embargo, no se esconde tras esas argumentaciones sino que todo el Salmo está impregnado de una profunda confesión personal de pecado.

•  Procedimiento. Pero aunque se pida misericordia al Tribunal y se reconozca la culpa propia, la justicia debe seguir su curso y castigar el delito. Humanamente no hay otra salida. Pero, y aquí está la grandeza del evangelio, el pecador que se arrepiente tiene de parte de Dios una provisión que se llama expiación. La expiación es el procedimiento instituido por Dios para castigar el delito librando, al mismo tiempo, al trasgresor arrepentido. Ello es posible porque hay sangre expiatoria por medio, es decir, hay un inocente que ha asumido y pagado las consecuencias judiciales a las que debía hacer frente el pecador. Ese inocente no es otro que Jesucristo y su sangre es la evidencia de tal sustitución.

•  Resultados. Se anuncia a otros el perdón experimentado. Se bendice a Dios con gratitud humilde. Se intercede por el pueblo de Dios.

Este es el camino que la soldado England ha de recorrer si quiere reconciliarse con Dios y con ella misma. El mismo camino que ha de recorrer todo ser humano, pues cada uno es culpable, lo mismo que ella, ante los ojos de Dios.

 

Wenceslao Calvo es conferenciante y pastor en una iglesia de Madrid.
© W. Calvo, 2004, Madrid, España.

 
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